En Port Bou

Está parado frente al soldado de la compañía francesa. Le ofrece los documentos y pide, sin ganas, la visa. El soldado ignoto lo mira. No sabe quién es. Un amigo interviene y logra lo imposible. Salen de la oficina y caminan juntos por el polvo. Él mira las luces tenues y fugaces en la lejanía.

Ingresa a la habitación que lo expulsa del mundo. Abre un libro gastado y lee, como todas las noches, una página. Afuera, la neblina se mezcla con el aire espeso de la calle y con los pasos sincopados de las botas enemigas.

El mundo empieza a propalar el silencio entre las paredes. Él siente el fantasma de Europa en sus espaldas. Se toca los hombros. Las horas, tenaces, no lo calman.

Retoma la lectura. Siente que ese es el mejor homenaje a las noches insomnes frente a los libros antiguos. Por un dolor en la espalda, se levanta de la silla y observa, por la ventana, cómo crece el furor de la futura batalla.

Se sienta. Carraspea. Espera, sentado, con la tableta en la mano, el lento curso de la noche. Cuando la nimia claridad enciende el horizonte, Walter Benjamin levanta su brazo y traga la morfina. Acorralado por los estertores misteriosos de la muerte, siente el suave río de la morfina en sus entrañas. Una hora después, su cuerpo, exangüe, es una fiesta para las moscas de la historia.