En la frontera

Los cabellos de ceniza le cubren la cara. Con las manos gastadas y el gesto irremediable, se sube a un carruaje. Toma las riendas, impulsivo, y azuza al caballo que corre, imparable. Al rato, alcanza la frontera. Allí, más allá del río que divide los países, hay una batalla ilustre que quema los zapatos de la gente: el país es una hoguera bulliciosa.

Él ha luchado por un país menos cínico. No lo ha logrado. Es un pobre soldado envuelto en los alardes de las balas y las palabras. Su figura bélica, incomparable, tiene el temple de acero de los soldados de sus cuentos. Las historias, breves y eufóricas, hablan de la fibra que late, incandescente, en su corazón.

Ahora, parado en el desierto de México, se alista en el ejército. Nadie lo reconoce. Y él piensa que esa es la mejor forma de enfrentar la muerte.

  Sin temor, con un rifle en las manos callosas, avanza en el campo de batalla. Los ademanes vacíos del ayer ilustran su mente y la pueblan de fantasmas infelices. Para combatir el dolor, como el mayor acto de independencia, camina hacia las tropas enemigas. El cuentista desconocido, el cronista memorable, se interna, solitario, en la furia sonora de las balas como el destino único de un anarquista exquisito.

Cuando rugen las bocas sucias de los cañones, Ambrose Bierce busca la muerte. Tierno, impetuoso, pone el pecho y relata para sí, en un murmullo, el último verso de un poema.