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En esta casa ya no hay espacio

     El día en que Julio Cortázar murió, Jorge Díaz estaba leyendo en la poltrona de terciopelo verde de su biblioteca. Era el doce de julio de 1984. Se enteró por el noticiero que oía todas las tardes en la radio por la frecuencia de AM. Dejó el libro encima de la mesita que tenía a su lado, se paró y empezó a dar vueltas por el poco espacio que le quedaba en su casa.  Entró a la cocina y se sirvió un vaso de agua. La empleada doméstica que iba todas las semanas entró en ese momento.

     —¿Está usted bien, don Jorge? —le preguntó—. Se ve muy pálido —le dijo; pero él no respondió, abrió la puerta y salió tambaleando. Estaba en shock.

     Su amor por Julio Cortázar empezó cuando tenía veinte años. Hacía poco había entrado a la universidad a estudiar Derecho, y aunque le gustaba, la literatura era su verdadera pasión. El bibliotecario de la universidad al verlo ir cada tercer día a sacar un nuevo libro, le recomendó que leyera un cuento que había salido publicado hacía ya unos años en la revista Los Anales de Buenos Aires, cuyo director era Jorge Luis Borges. Casa Tomada, se llamaba; su autor era Julio Cortázar.

     Se llevó la revista sin muchas expectativas, pero cuando terminó de leer el cuento estaba maravillado. Esa noche lo leyó una y otra vez, buscando el significado de aquellos murmullos que oían en su casa los hermanos protagonistas de la historia, esa presencia invisible que los fue obligando a dejar poco a poco el refugio que era su casa. Quedó fascinado con el estilo y la narrativa de realidad fantástica del escritor. Al día siguiente volvió a la biblioteca y sacó todos los libros que tenían de Cortázar. Se sumió en ellos.

      Al cabo de un tiempo, Jorge Díaz se convirtió en un experto de la obra de Cortázar. Le recitaba de memoria a su esposa pasajes completos de Bestiario o de Rayuela, y ella al comienzo se lo celebraba. Jorge conocía el contexto y el lugar donde el autor había escrito cada una de las piezas literarias. Las guardaba todas completas en una gran biblioteca de roble donde las podía apreciar. Tenía de otros autores, claro, pero Cortázar ocupaba más de la mitad de la estantería. En sus viajes se metía en las tiendas de libros usados buscando las primeras ediciones. Si tenía la primera, ¿cómo no tener la segunda, o la tercera, o la cuarta?, se preguntaba. Las quería todas. Luego pensó que sería interesante leer su obra en otros idiomas. Empezó con las traducciones al francés, que dominaba, luego inglés. Se metió en clases de alemán para poder leerlo en esa lengua. Ya después no le importó no hablar el idioma. Las buscó en portugués, en italiano, en ruso y en todos los idiomas en los que había sido traducido. Fue adquiriendo ediciones de lujo, de bolsillo, pastas blandas o de cuero. Participaba en subastas, perdía dinero. Pero no le importaba.

     Con el tiempo la biblioteca se hizo pequeña. Los libros que iba adquiriendo los iba poniendo encima de su escritorio, sobre las mesas de la sala, en su mesa de noche, en el piso al lado de su cama, no fuera ser que se desvelara y necesitara uno de sus libros a la mano.  Un día su esposa se disponía a hacer la cena y al abrir la nevera la encontró llena de libros. Explotó de furia:

     —¡No aguanto más tus libros regados por todas partes! —le gritó saliendo de la cocina y dando un portazo—, «Me das risa, pobre» —le respondió Jorge—. «Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia» —dijo recitando una frase del cuento El río, que hacía parte de Final del juego, uno de sus favoritos. Se le estaba convirtiendo en una costumbre eso de recitar párrafos o frases de alguno de los cuentos o novelas del autor.

     No le bastó con tener la obra completa de Cortázar. Empezó a adquirir hábitos que copiaba de su ídolo: cambió el café por el mate, la música clásica por el jazz y como si fuera poco, adoptó un par de gatos callejeros, —como los que tenía el escritor—, que con el tiempo se hicieron parte del mobiliario de su casa. Andaban sigilosos entre los libros y no molestaban a nadie, aunque la esposa de vez en cuando tropezaba con ellos y se llevaba un gran susto.

     Comenzó a leer a los autores traducidos por Cortázar. Se inició con Edgar Allan Poe; también de este quiso conseguir primeras ediciones, leerlo en la lengua original para luego leer la traducción al español, solo para darse cuenta de que era mucho mejor la traducción que el original. Cortázar había mejorado la obra de Poe, pensaba Jorge.

     Compró toda la literatura fantástica y a todos los autores del realismo mágico para compararlos con él. Ninguno lo superaba. Buscaba diarios viejos tratando de encontrar todas las entrevistas que le habían hecho en las páginas culturales. Había un arrume de recortes de periódico en las esquinas de su casa con párrafos subrayados de rojo y clips en las páginas dobladas.

     —¡Ya no hay ni por donde caminar en esta casa! —le dijo un día su esposa fuera de control, al tiempo que le pedía que le bajara el volumen a ese «jazz espantoso» que le había dado por oír. Cada vez tenía menos espacio para sus cosas, se desesperaba al ver el reguero de papeles y libros por toda la casa. Lo que antes le había parecido una afición romántica de su esposo, era ahora una macabra obsesión

     —¡Estoy harta de ese desorden; tu afición por Cortázar es enfermiza! —le dijo—¡Además, toda la plata que ganas te la gastas en libros! —gritó enfurecida. Pero a Jorge parecía no importarle lo que ella le dijera. Se limitó a contestar—: «Cada vez sospecho más, que estar de acuerdo es la peor de las ilusiones». —Era una frase de Rayuela, su esposa lo sabía. Más rabia le dio.

     En la medida en que las torres de libros en el piso iban creciendo, Jorge Díaz salía menos de la casa. Allí se sentía protegido. Se volvió huraño, hosco, no hablaba con nadie, metido en su propio mundo. Para él los libros eran su refugio; para la esposa, representaban un infierno. Tomó la decisión de dejarlo un día en que se fue a acostar y su cama estaba llena de libros. No le cabía uno más. Esa noche tuvo que dormir en una pequeña silla que había en la habitación. Al otro día empacó su ropa en un par de maletas y se fue. No se llevó nada más. No quería nada. Solo quería huir de ese laberinto de libros que habían ido tomando gradualmente su casa a través de los años.

     Jorge la vio salir; se quedó en silencio pensando, y se sorprendió al oírse decir para sí mismo: «Había demasiada distancia, demasiadas imposibilidades entre usted y yo». Era una frase de Alguien que anda por ahí, publicado por Editorial Hermes en 1977, primera edición, que estaba en la segunda tabla de su estantería. ¡Dios! Se dio cuenta de que sí, estaba un poco obsesionado. Cada pensamiento que tenía, cada cosa que quería decir lo llevaba a alguna frase de Cortázar. No lo podía evitar. Vivía para él.  Vivía por él.

     Por eso el día que murió Julio Cortázar algo en Jorge Díaz también murió. Estaba aturdido. Se sintió huérfano. Se propuso leer de nuevo, como si fuera la primera vez, cada uno de los cuentos, ensayos y novelas del autor. Dejó de comer, de afeitarse, de bañarse. Se sumió en una profunda depresión, hasta que una semana después, su empleada lo encontró en el piso, enterrado entre sus libros con la vieja revista de los Anales de Buenos Aires abierta en la página del cuento Casa tomada. El primero y el último que había leído de Cortázar. Solo lo acompañaban sus dos gatos.

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