El vaquero y la cocaína

El Cartel de Medellín llenó de cocaína a los Estados Unidos en los años ochenta. La operación la coordinó desde Miami Jon Roberts.

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No era una tarde feliz la del 6 de abril del 2008 en el American Airlines Arena; los Miami Heat caían ante los Pistons de Detroit en un juego clave para su trayectoria en el campeonato de la NBA. A pesar de ello, desde la cabina, el comentarista animaba al público anunciando la presencia de una celebridad en las tribunas, mientras las cámaras apuntaban a un hombre en sus mediados cincuenta, corpulento, de cabellera cana alisada hacia atrás, en compañía de su hijo. Quince años antes, ese sujeto, Jon Roberts, con dinero producto del tráfico de drogas, lavó una fortuna de 150 millones de dólares que puso en manos del presidente panameño Noriega, enterró bolsas con miles de dólares por los suburbios de Miami, adquirió propiedades, autos, botes y caballos por cientos de miles de millones; y un afiche de su cara, con una leyenda al pie que decía FBI Most Wanted, empapelaba el país.

Jon Roberts nació en New York en 1948 –descendiente de italianos, su apellido paterno era Riccobono y lo cambió–. La primera vez que presenció un asesinato fue a los siete años; el arma la disparó su padre, a quien deportaron cuando Jon era niño, y por eso, en buena parte, se crio con sus tíos en el seno de la mafia siciliana de Little Italy. La suya fue una infancia de expulsiones de escuela, de pandillas liándose a puños y armas de fuego, de esquinas encapotadas con humo de marihuana y pequeños actos delictivos que se tornaron en crímenes mayores hasta que fue encarcelado por secuestro e intento de asesinato. Pero a Roberts se le privó de su libertad por poco tiempo, acaso meses: las fuerzas armadas estaban reclutando jóvenes para combatir en Vietnam, una carnicería que terminó por trastornarlo –son conocidas sus declaraciones en entrevistas de cómo lo ataban de los pies para que fluyera más sangre al cerebro y hubiera más dolor, o cómo colgaban soldados enemigos de los árboles y les quitaban la piel–. En 1968 Jon Roberts regresó a New York, en pleno estallido de la ciudad como meca de la vida nocturna, e incursionó en el negocio de las discotecas y se posicionó en el jet set. Las luces de neón y los trajes caros fueron únicamente la pantalla para abrir la puerta al comercio de las drogas y su hampa, del cual, dos años después, tras un asesinato, escapó para no caer en manos de la policía.  Su destino fue Miami: un paraíso de bikinis y mar turquesa al que llegó en su auto, con seiscientos dólares en el bolsillo y su perro.

Los primeros trabajos en Miami fueron de supervivencia, pero el intento por alejarse de los malos hábitos no llegó a buen puerto y se relacionó con contactos que lo llevaron hasta el cubano Alberto San Pedro, el capo del tráfico de drogas. Roberts entonces se volcó de lleno al negocio, a nivel local primero y luego en otras ciudades, y así volvió a su estilo de vida de mujeres, fiestas, vicio y glamour, y trazó un antes y un después en él y en el país: la era de los Cocaine Cowboys y el Cartel de Medellín. Los hermanos Ochoa, cabezas del cartel, buscaban expandir su distribución de cocaína en Estados Unidos trayéndola desde las Bahamas –la marihuana era ya algo trillado, no muy rentable para una corporación de esa magnitud–, pero no habían encontrado cómo, y Roberts tenía un bote de carrera anclado en su casa, sabía de mareas, de buen y mal tiempo, conocía fabricantes de botes y marineros –él mismo era uno experimentado que iba a Bimini habitualmente a desayunar sandwich de langosta– y también estaba conectado con el lado corrupto de la policía de North Bay Village. La combinación de estos factores resultó clave para que las lanchas de los Ochoa pudieran venir desde las Bahamas y desembarcar clandestinamente en Miami, por el litoral de North Bay Village, cargadas de cocaína, sin problemas con las autoridades.

A los Ochoa le siguieron Pablo Escobar y Griselda Blanco, y aunque Roberts conocía el lujo y la opulencia de primera mano, ese siguiente peldaño de orgías interminables en The Forge y el Mutiny Hotel, con cocaína colombiana, conejitas de Playboy, políticos, deportistas y figuras, entre otras Don Johnson, protagonista de Miami Vice y estrella número uno de la televisión, lo ubicaron en el nivel más alto en la pirámide del poder, e incluso sirvió a la Casa Blanca en el transporte ilegal de armas para apoyar a las fuerzas contrarrevolucionarias de Nicaragua. Del otro lado de la moneda, sin embargo, Miami se había convertido en la ciudad con la tasa de crímenes más alta del país y el epicentro mundial de las drogas, y el gobierno libraba una guerra encarnizada contra los cárteles y sus capos que obligó a Roberts nuevamente a escapar. El periplo esa vez fue largo, tediosos cinco años, no lo esperaba un paraíso frente al mar, y finalmente cayó preso con una condena sobre su cabeza de trescientos años que se redujo a tres por colaborar con la justicia.

El encierro en la Dade County Metro Jail pasó factura a Jon Roberts: ya no tenía una edad en la que solo se mira hacia adelante; al salir procuró reivindicar el camino y formó una familia de la que disfrutó poco porque el cáncer se lo llevó en el 2011.

 

 

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