El sentido del tiempo  

 

a Holmfrídur Gardarsdóttir

 

El cielo negro tapa las nubes y el infinito.

Un cúmulo de luces dispersas se empujan en la negrura. Es la península del oeste.

Hóffy Gardarsdóttir es profesora de español en la Universidad de Islandia y traductora. Nos busca en auto, temprano. El cielo es un espejo tímido en el otoño boreal. La ruta está llena de pequeños charcos turbios y una lluvia finísima desliza las ruedas en el asfalto.

Después de unos minutos vemos un mastodonte hecho de acero, torres con humo y cuencas de líquidos irreconocibles. Es una empresa que fabrica aluminio. Hóffy aclara que es una multinacional. Fue fundada en los ochenta, antes de que se discuta el problema de la contaminación del medio ambiente. Allí trabajan algunos islandeses y muchos polacos que se mudan un tiempo, hacen su dinero y luego vuelven con los dólares a su país. Cerca de un pueblo del este hay otra multinacional y al norte una tercera. Las tres anunciaban mano de obra para los islandeses. Pero la promesa capitalista es un espejismo en medio de la lava de los volcanes.

Hóffy pasa con su auto por un pueblo costero. El frente de algunas casas de chapa y techo a dos aguas emulan el modelo noruego. Hóffy dice que en cada pueblo pesquero el corazón es el puerto. En la lontananza se divisan algunos edificios altos, ásperos y grises, y unas nubes bajas amurallan el cielo.

La luz es oscura y el cambio hacia una claridad espesa y goyesca empieza a pintar de un blanco extraño, indescifrable, el horizonte.

En la entrada a Reykjiavík descubro unos edificios relativamente altos y unos autos que se amontonan en la ruta. Ellos van a trabajar a las 9, dice Hóffy, y ya van tarde.

La gente aquí tiene un nivel alto de vida, agrega Hóffy, y sin embargo se quejan. Le digo que hacen eso porque no conocen América Latina. Hóffy sonríe y asiente. Ella sí conoce y sabe de lo que hablamos. Pienso que el humano tiene la queja clavada como una estaca negra en el cuerpo y que es difícil modificar la injusticia entre los pobres y los ricos, aunque eso siga siendo lo más importante: buscar la igualdad de oportunidades entre las personas. ¿Qué oscura claridad nos envenena la sangre?

Hóffy señala una torre alambicada y grande en el horizonte. Dice que pertenece a la iglesia luterana. Aunque los islandeses no son muy religiosos tienen muchas supersticiones. Algunos pescadores no salen a pescar los martes por temor a una catástrofe. Las creencias y las prudencias se relacionan con el mar. ¿Qué es ese monstruo para los islandeses? Aunque indague en las miles de bocas de la ciudad, la respuesta será enigmática e imprevisible. El mar es tan antiguo como la isla: es un cofre inconmensurable y heraclíteo, un profundo paraíso de agua que parece piedra, un secreto guardado en los corazones vikingos.

Yo no he venido a develar ningún arcano sino a escuchar el sonido del viento. Me desplazo en la mágica lengua de la última Thule y me basta con oír el latido del tiempo entre las piedras: es el sentido que va y vuelve entre las rocas grises y las olas blancas.