El rostro del maldito (Lautréamont)

220px-Lautreamont1Basta desafiar a San Google para que se instale otra vez aquel extraño escozor: la vida privada ha quedado sepultada en el siglo XX. Teléfonos, compras en Amazon o tiendas pequeñas, comentarios apresurados en las redes sociales –y que hoy permanecen gracias a la inmortalidad electrónica–, fotos incómodas de años lejanos o con gente que hoy preferiríamos nunca haber conocido, todo permanece a sólo un clic del mouse, rápido para consumir en el escenario que hoy es el mundo donde quedan pocos espectadores y los artistas deben soportar el mote de “celebrities”.

El misterio es cosa del pasado. Tal vez algún día este presente perpetuo quede oculto en ruinas digitales, aunque por ahora parece difícil.

Si uno escribe J. D. Salinger inmediatamente sabremos mucho de lo que el escritor se encargó pacientemente de ocultar. El blindaje de su vida está hecho, comprobamos, de frágil acero. El fantasma que intenta Thomas Pynchon –otro escritor americano que se esfuerza en alejarse de las luces– se puebla de objetos y talking heads.

De aquellos misterios literarios hay uno que es mi preferido, tal vez porque resistió décadas y aún hoy su encanto contiene mucho de su esplendor: el Conde de Lautréamont.

Es difícil no caer ante su seducción; unos breves datos dibujan su vida. Hijo de inmigrantes franceses, su verdadero nombre fue Isidore Ducasse. Nació en Montevideo en 1846. Perdió a su madre siendo un niño. A los catorce años viajó a Francia para estudiar como interno en el Liceo Imperial de Tarbes. En 1863 fue admitido en la clase de Retórica en el Liceo de Pau, donde estudió hasta 1865. A los dos años regresó por unos meses al Uruguay, pero decidió hacer su vida definitivamente en París. Bajo el seudónimo de Conde de Lautréamont imprimó en una edición ínfima un delgado libro llamado Les chants de Maldoror. En 1870, mientras la capital era sitiada por el ejército prusiano, murió solo y pobre en una habitación de hotel –la número 7– del barrio de Montmartre. Tenía 23 años.

Ese poema en prosa, conocido en castellano como Los Cantos de Maldoror, forma junto a Les fleurs du mal (Las flores del mal) de Charles Baudelaire, y Une saison en enfer (Una temporada en el infierno) de Arthur Rimbaud, el rosario negro de la poesía moderna francesa.

Como escribió Ruben Dario en Los Raros –libro que en 1896 daba a conocer a los lectores de América Latina a los poetas malditos– “León Bloy fue el verdadero descubridor del Conde de Lautréamont”. En otro pasaje de su ensayo, el poeta nicaragüense alertaba: “No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kábala: «No hay que juzgar al espectro, porque se llega a serlos». Y si existe autor peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese a encarnarse en este mundo?”.

Diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso, otros adjetivos que Dario utilizó para describir a Lautréamont.

Los dominios del Conde, claro está, se expanden hacia el siglo XX. André Bretón lo cobijó como otro santo en la iglesia laica de los surrealistas. Antonin Artaud escribió en la revista «Les Cahiers du Sud» un artículo en que hacía eco de su espíritu malogrado: «Murió una madrugada, en el confín de una noche imposible. Sudando y mirando a su muerte como por un orificio de su ataúd, el pobre Isidore Ducasse frente al rico Lautréamont. (…) Insisto en que Isidore Ducasse no era un alucinado ni un visionario. Era un genio que en toda su vida no dejó de ver con claridad cuando miraba y removía las brasas del yermo del inconsciente todavía no utilizado. Isidore Ducasse murió de rabia por querer conservar su individualidad intrínseca, como Edgar Poe, Nietzsche, Baudelaire y Gérard de Nerval, en vez de convertirse en el embudo del pensamiento de todos, como Víctor Hugo, Lamartine, Musset, Blaise Pascal o Chateaubriand”.

Ramón Gómez de la Serna, que en materia artística siempre supo lo que hacía, sentenció: «Lautréamont es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros no estamos locos, pero podemos estarlo. El, con este libro se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó».

Nadie conocía el rostro del poeta maldito, no había pinturas o fotografías de ese muchacho venido de tan lejos, lo que acrecentaba su leyenda. Algunos artistas lo dibujaron como un ángel de alas negras.

Julio Cortázar fue más lejos y lo hizo personaje de “El otro cielo”, relato incluido en Todos los fuegos el fuego. En un París amenazado por los prusianos y un asesino de prostitutas que merodea la zona de la Galerie Vivienne –esa que el uruguayo frecuentaba– un extraño sudamericano sin esperanzas es una presencia más terrible que la verdad. Aunque nunca se le de nombre, es fácil deducir el homenaje de Cortázar: el epígrafe del cuento es un verso de Los Cantos de Maldoror.

El rostro del misterio quedó descubierto recién en 1977 por el investigador francés Jean-Jacques Lefrére. Se tenía el dato que hacia 1867 –¿un paréntesis mágico de casi un siglo?– se le había tomado una fotografía. Con un azar de aventura, alguna vez la foto había llegado a la Argentina. Los hermanos Guillot-Muñoz dijeron haberla tenido, pero en 1925, luego de una mudanza, la extraviaron…

Lefrére siguió los pasos de Lautréamont por Francia, sobre todo la vida de provincia que llevó mientras era estudiante. En un desván de los parientes de Ducasse en Tarbes, en un álbum olvidado, encontró una fotografía amarillenta. Por las fechas y las otras que la acompañan, indudablemente es el poeta.

Aparece vestido con la convención de quien usa ropa de visita. Está apoyado sobre una columna, al lado de algunos libros. Tiene una melena negra, su piel es cetrina, y un fino bigote de adolescente. Sin embargo lo que se roba todo de esa imagen es su mirada desafiante, como del que espera.

Junto con la fotografía se encontró un libro que perteneció al joven Ducasse. Es el segundo tomo de la Ilíada, traducida al español por José Gómez Hermosilla, que se publicó por la librería Bouret de París en 1862. El libro incluye una sorpresa: lo único que escribió el poeta en su idioma natal: “Propiedad del señor Isidoro Ducasse nacido en Montevideo. Tengo también Arte de hablar del mismo autor. 14 de avril (sic) 1863.”

Su poesía, el misterio de su extraordinaria belleza, aún perdura.