El retrato de Dorian Gray

España debe de ser uno de los pocos países del mundo en donde los que han sido presidentes del gobierno no se retiran sino cuando literalmente se les entierra. Una vez que dejan el cargo, siguen en la palestra, pontificando desde sus estrados y tienen un peso considerable en los respectivos partidos sobre todo por el apoyo mediático que les otorga más fuerza de la que tienen. Felipe González, acuñó para referirse a ellos, que son jarrones chinos, molestan en cualquier casa por el miedo que tiene uno al pasar por su lado y romperlos. Pese a esa definición, el expresidente del gobierno no ha dejado de ser nunca un jarrón chino. Otros, como José Luis Rodríguez Zapatero, con más buenas intenciones que efectividad, se dedican a arreglar entuertos internacionales con diversa fortuna. Y luego está Aznar 

Han pasado 17 años del mayor atentado terrorista de la historia de España en respuesta a la insensata deriva de José María Aznar, el presidente que metió al país en el avispero iraquí pese a la contestación masiva de toda una sociedad que tomó las calles para pedir que esa aventura diseñada por el trío de las Azores no se llevara a cabo. Oídos sordos al clamor popular y a su propio gobierno. Casi doscientas víctimas civiles a sumar a la docena de militares muertos en Irak. Macabro balance en la pechera de un egocéntrico compulsivo que en esos días perdió la razón si es que la tuvo en algún momento. 

En una reciente y excelente entrevista de Jordi Évole, un periodista irónico e incisivo de una televisión privada, el que fuera presidente del gobierno hizo un eficaz autorretrato de sí mismo sin que el entrevistador tuviera que meter cuña de forma especial. El entrevistado se bastaba para desacreditarse en profundidad con sus palabras, sus subrayados, como si estuviera impostando (lo estaba), y con su lenguaje corporal. El soberbio exinspector de Hacienda se cree por encima del bien y de mal y pontifica desde su estrado con su siniestra expresión, su risa de hiena y ese dedo acusador. Parecía la reencarnación de Dorian Gray 

A la pregunta de por qué se sumó a George W. Bush y Tony Blair a la invasión de Irak, esa aventura postcolonial que se saldó con cuatrocientas mil vidas, un país destrozado y un terrorismo extremo, cuando el director del CNI, la CIA hispana, le había advertido de que no había evidencia alguna de la existencia de esas famosas armas de destrucción masiva (las hubo, claro, las que compró a Occidente y ya gastó asesinando a los kurdos el sátrapa Sadam Hussein ante el silencio internacional), José María Aznar contestó que tenía un multitud de informes que le decían que esas armas existían. A la pregunta de por qué razón su ministro del interior, Ángel Acebes, el que sudaba sangre en cada comparecencia porque ya no sabía qué cara poner para hacer creíbles sus mentiras, una hora antes de que la policía atribuyera la autoría de los atentados del 11M a una célula islamista (y toda la prensa internacional, incluida la estadounidense), seguía diciendo que  ETA, la organización terrorista vasca, estaba detrás de la masacre, el cerebro de las FAES se limitó a decir que en aquellos momentos las informaciones apuntaban en esa dirección. Y se quedó tan tranquilo apuntalando esas dos mentiras que costaron las elecciones a su partido político.  

José María Aznar es más que un mentiroso, es un cínico sin entrañas que niega una y otra vez lo evidente y es incapaz de decir estas dos breves frases: me equivoqué y pido disculpas. El más nefasto presidente de la democracia española, una especie de  Fernando VII (rey felón que entregó el país a los franceses en tiempos de la invasión napoleónica y liquidó luego a los guerrilleros que le ayudaron a recobrar el poder), que no dudó en ponernos a todos los españoles en riesgo por hacerse esas vergonzantes fotos con Tony Blair y George W. Bush, el JM señalado en los papeles de Bárcenas (la contabilidad en B del Partido Popular, uno de los mayores casos de corrupción política europea), aunque una y otra vez afirmara que nunca cobró sobresueldos, es un ególatra tan mediocre como enfermizo que uno espera ver sentado alguna vez en el banquillo de los acusados junto a los otros dos de la foto, Tony Blair y George W. Bush