El resplandor de una desaparición

 

El padre Alberto Rochester cerró la puerta de madera del templo, levantó su mirada al cielo y vio que allí, alrededor del sol, continuaban volando aquellos pájaros infaustos de plumaje negro. Lo hacían en círculos, con orden y exactitud, y sin perder la distancia entre ellos. Habían permanecido volando sobre Texarkana por más de tres semanas. Nadie había podido comprender de dónde venían, qué querían o a dónde se dirigían. El padre Rochester había pasado toda la mañana parado frente al templo con su telescopio, observándolos.

Vivía en una pequeña casa al lado del templo. Había heredado esta parcela de su padre, y allí había levantado su hogar y el templo de Texarkana. Cerró la llave de la manguera con la que rociaba los tomates de su jardín y empezó a caminar en dirección a County Road, iba para el pueblo. En la intersección con Euclid Street dobló a la derecha y continuó por la orilla del camino, en dirección al centro. No tenía un plan específico. Simplemente, había recorrido este camino cada día a la misma hora, por más de veintidós años, como un ritual para pensar. Caminaba sin afán, el sol de la tarde golpeándole el cuello; llevaba sus hombros tensos como un ladrillo y el botón superior de su camisa manga corta sin abotonar. Había olvidado ponerse el protector solar y por eso, después de caminado medio kilómetro empezó a sentir ardor en la piel por la quemadura. Pensaba en la ausencia de lluvia de los últimos meses, en las desapariciones de las últimas semanas, en el calor asfixiante de septiembre, pero, más que nada, meditaba sobre aquellas aves que volaban en círculos como si observaran en silencio cada movimiento de los habitantes de Texarkana.

Se detuvo. Volvió su mirada hacia su parcela. Podía ver el techo triangular y negro del templo. Por primera vez, en más de cuarenta años de servicio a Dios, sintió una duda en su corazón. Sintió como si una fuerza más poderosa que la fuerza de Dios se hubiera instaurado en el pueblo, una fuerza que le costaba comprender. Siguió andando por la orilla de Euclid Street. Decidió que cuando regresara se sentaría en la mecedora a la sombra de su porche a leer las epístolas de Pablo que, a su juicio, eran las más profundas de todos los libros de la Santa Biblia. Le habían empezado a arder las ampollas que se le habían ido formando en los talones a causa de su diabetes. Las piernas también le dolían. Su doctor le había prohibido permanecer mucho tiempo de pie y, sin embargo, el padre Rochester había hecho lo que había querido.

Esta vez se detuvo al frente de una parcela seca. Miró sobre el alambre de púas oxidado en dirección al norte, y sus ojos se encontraron con el cuerpo de un coyote, que observaba a un venado joven a unos veinte metros de él. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Se humedeció los labios, y de un manotazo aniquiló a un zancudo que se le había parado en el cuello. Se agachó con cautela para entrar a la parcela por debajo de la cerca, pues debía cruzarla para llegar a su destino. Observó al coyote seguir con su mirada al venado desprevenido, parecía como si se alistara a atacarlo. El padre Rochester se escondió detrás del tronco seco de un árbol, levantó una piedra y, sacando fuerzas de donde no las tenía, se la lanzó en dirección al predador. Al escuchar el ruido de la roca al caer en el prado seco, el venado se lanzó en una carrera. El coyote se vio sorprendido y se escabulló, con pánico también, entre la maleza.

El padre Rochester siguió su camino. En veinte minutos ya había entrado a Washtenaw Street, la calle principal. No vio a nadie, en la calle había un silencio espectral. Siguió hasta Jefferson Street. Samir Grocery Store había mantenido sus puertas abiertas ese lunes festivo. Uma, la hija de Samir, estaba sentada en una silla de plástico blanco al lado de la puerta de entrada. El mes anterior se había graduado de la escuela y, según le había contado su familia al padre Rochester, la semana anterior se había ganado una beca para estudiar en Harvard. Ahora tenía la atención puesta en un sudoku.

El padre Rochester se detuvo al frente del local.

—¿Te has dado cuenta de su vuelo, últimamente? —dijo, señalando las aves en el cielo—.

No parecen pájaros.

Uma se inclinó hacia adelante, levantó su botella de agua y bebió.

—Son solo pájaros, padre —dijo ella, con el sudoku sobre sus piernas, la botella de agua en una mano y el lápiz en la otra. Se veía encartada.

—Hay algo misterioso en ellos —dijo el padre—. Los he observado todo el día, por momentos arrojan un resplandor. Parece como si volaran muy cerca del sol… y muy lejos de nosotros. Uma observó al padre con cierto estado de confusión, incredulidad y asombro. Dijo:

—Si volaran cerca del sol, ya se habrían quemado. Volvió a beber de su botella de agua.

—¿Tienes Pepsi? —dijo el padre.

Uma se puso de pie, dejó el sudoku en la silla de plástico, entró a la tienda y regresó con una lata de Pepsi. Se la entregó. El padre pagó.

—¿Crees en fuerzas sobrehumanas? —continuó él, con su mirada puesta en el firmamento, protegiéndose de la luz del sol con la mano en la frente.

—¿Se refiere a Dios?

—No.

Esta vez Uma lo observó con más incertidumbre y con cierta cautela, como si el padre Rochester estuviera tendiéndole una prueba de fe.

—Todos los que han desaparecido en las últimas semanas han regresado horrorizados —dijo el padre—. Nadie ha podido explicar a dónde han ido, por qué han desaparecido, mucho menos por qué se han suicidado después de regresar.

—¿La policía…?

—La policía no ha encontrado ninguna explicación razonable, ni entiende qué es lo que está pasando —interrumpió él.

—Míralos —dijo él, y dirigió su mirada al firmamento—. Parecen de otro mundo. No baten sus alas, tienen forma de triángulo, son más bien plateados, parecen de titanio o de aluminio.

Uma se sentó. Miró la hora en su teléfono celular, y volvió a dirigir su atención al sudoku. El padre Rochester destapó su Pepsi. Dirigió su atención al otro lado de la calle. Varias personas habían salido de una casa. Un niño soplaba burbujas de una vara con jabón, mientras otros dos niños lo miraban como si estuviera haciendo magia. Era la casa de los Gonzáles, cuya hija había sido bautizada hacía pocos meses por el padre Rochester. No lo advirtieron. Miró calle abajo. A unos treinta metros, en la misma acera, dos hombres y una mujer hablaban. Eran los Vargas. El padre de Milena Vargas tenía un periódico abierto en sus manos. Milena Vargas y su marido tenían su atención puesta en el firmamento. Milena Vargas lanzó una mirada hacia donde estaba el padre Rochester. Sus miradas se encontraron. Era una mirada con un halo de esperanza.

—Me gustaría ayudarlos —dijo el padre, parado al lado de Uma—, pero esto no tiene que ver con Dios.

—¡Cinco! —gritó Uma, y escribió el número cinco en su sudoku—. ¿Qué dijo, padre?

El padre Rochester, sin embargo, ya se había dado media vuelta, y ahora se disponía a regresar a su casa. Lo haría por el camino de tierra aledaño a la calle principal. Justo cuando pasaba por la antigua estación del tren escuchó un sonido que venía de detrás de un vagón. Se detuvo, miró alrededor, pero solo vio el vagón abandonado del tren de carbón. El sonido venía de atrás de este vagón, de eso estaba seguro. Era un maullido agudo, alto, como un chirrido. El padre Rochester se dirigió a la parte posterior del vagón. Entre la maleza vio una bola de pelos amarrillos pardos. Era el cuerpo de un gato. Estaba encogido. El padre Rochester se inclinó para verlo de cerca, y advirtió una herida en su anca derecha. Todavía emanaba sangre, se había ido secando alrededor de la herida. Puso la mano detrás de la pata delantera del animal. Los latidos del corazón del felino eran lentos, hondos. Su respiración era dificultosa. Al lado del gato había una navaja con sangre seca en su cuchilla, también una botella de whisky vacía y una caja de cigarrillos. Solamente un animal sin corazón podría haberlo atacado, pensó el padre Rochester. Levantó la mirada hacia el oriente; a lo lejos, dos hombres, ayudándose uno al otro para no perder el equilibrio, se alejaban por el ferrocarril.

—¡Hey! —gritó el padre Rochester.

Los hombres siguieron su camino. Se levantó y se propuso alcanzarlos, pero antes de dar el primer paso miró al felino agonizante, y todo lo que hizo fue levantarlo, apretarlo contra el pecho y llevárserlo a casa. Siguió por el camino de tierra con el gato entre sus brazos. Su camisa blanca se había ido llenando de manchas de sangre. Parecía como si lo hubieran atacado a él. El animal jadeaba, su piel estaba fría, maullaba. El padre Rochester siguió andando, apuró el paso hasta llegar a su parcela. Subió los tres escalones del porche de la casa, empujó la puerta con el brazo y acomodó el cuerpo del animal en el piso, al lado del televisor. Fue a la cocina, llenó una vasija de agua y la trajo a la sala. El gato no movió la cabeza. Encendió el televisor y sintonizó las noticias. Fue al baño, sacó una gasa y el mertiolate, regresó a la sala y se arrodilló enfrente del animal. Untó la gasa con el líquido desinfectante y la colocó en la herida. El animal lanzó un maullido como si lo hubieran atacado de nuevo. Fue a la cocina. Se paró al frente del lavaplatos, y dirigió su atención al paisaje exterior, detrás de la ventana. Podía escuchar las noticias que llegaban desde la sala: la desaparición de otro hombre la semana anterior, su regreso el viernes en la noche y su suicidio ayer por la mañana.

El sol había descendido, ahora brillaba más cerca de la tierra y dejaba un tono bermejo a su alrededor. El padre Rochester sabía que esos pájaros no eran pájaros. No pertenecían a este mundo, representaban algo mucho más poderoso que la fe, algo que no podría explicar. A lo lejos, por el camino de tierra, por el que había regresado del pueblo, se veía un Chevy blanco que viajaba hacia el norte levantando polvo. Eran los García. Habían venido al templo el fin de semana anterior para hablar con él. Abandonaban Texarkana, aterrorizados por los últimos acontecimientos. Los maullidos del gato se convirtieron en un silencio ubicuo. Regresó apurado a la sala. Vio el cuerpo inerte del animal cubierto de sangre. En sus más de cincuenta años de existencia había visto cientos de hombres y mujeres pasar por la puerta que conecta la vida con la ausencia. Sintió un relámpago gélido en su corazón: un odio fulminante por aquellos dos borrachos que había visto en la carrilera. Levantó el cuerpo inerte del gato, salió al jardín y lo enterró. No oró por su alma. No fue un ritual. Se quitó la camisa, levantó la manguera, abrió la llave y la dirigió hacia su rostro. Subió al porche, se quitó los zapatos, y se sentó en su mecedora de mimbre a contemplar el fin del día.

 

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