El Quijote en la novela de Cervantes. Tercera parte.

 

Se ha hablado acerca de la obra en cuanto a personajes, aspectos sociales e históricos, pero no se ha tocado el tema de el supuesto autor: Cide Hamete Benengeli. Según Cervantes, no fue él quien escribió la historia sino el autor arábigo y manchego (I, 22) como lo llamó alguna vez. Lo curioso de esto es que Cervantes siempre puntualizó la autoría de la historia al árabe. A este sentido, Ludovik Osterc tiene una interesante hipótesis acerca de la falsa paternidad de la obra Benengeli, la cual consiste en lo siguiente:

“…constituye[1] un artificio literario mediante el cual pudo decir ciertas verdades incómodas para la sociedad de su tiempo, envolviéndose en el supuesto autor arábigo. Confirmándolo también el hecho de que denomina con mucha persistencia a su obra: historia…”. (Osterc, Ludovik. El pensamiento social y político del Quijote, pág. 298).

 Por tanto, al analizar páginas más adelante, se encuentran más datos que aumentan el interés por el conocimiento de su hipótesis, por ejemplo, argumenta que Cervantes transfiguró su nombre a otro, es decir, bajo el seudónimo del árabe porque precisamente aquél tenía un profundo conocimiento de la lengua árabe hablada en Argel, en donde estuvo cautivo por cinco años. Además, señala el significado de Benengeli que es Hijo del ciervo, pero lo desglosa poco a poco de la siguiente manera:

“¿Significa Benengeli de veras: hijo del ciervo, cerval o cerventeño, como lo traduce el orientalista Díaz Conde? En efecto, a raíz de nuestras investigaciones hemos podido comprobar que, en el árabe de Argel (…), Ben quiere decir lo mismo que Ibn en el árabe de Egipto, o sea, hijo. Y ciervo en el dialecto argelino se traduce  con Ayel.”(Osterc, Ludovik, El pensamiento social y político del Quijote, pág. 300).

 Luego de lo anterior se pregunta por cómo cambió del árabe al español la traducción de los nombres, y concluye a que se debió a los cambios fonéticos y filológicos, además de que en ese entonces la ortografía no estaba estructurada del todo. Por tanto, Osterc concluye con que Benengeli traducido al español significa: “El señor Hamed, Hijo del ciervo, o sea ¡nada menos que Cervantes!” (Ídem, pág. 301).  Todo lo anterior se explica en la existencia del Santo Oficio, pues como en la novela existen críticas duras acerca de la sociedad, de la moral, pero sobre todo a la Iglesia, Cervantes – con un buen conocimiento de la lengua árabe – brillantemente se encubre bajo el seudónimo de Cide Hamete Benengeli porque precisamente un árabe es ajeno a la religión católica y, por lo tanto, la represión no era la misma a como pudo serle a un español o cristiano de alguna otra nación. A esto se añade que Cervantes ya había tenido problemas con las autoridades por haber sido culpado de hacer funciones ilícitas cuando fue empleado de la corte, y por ese motivo, el escritor no quería algún otro problema. Por ese artificio, se deslindó de toda posibilidad para que el Santo Oficio le recriminara.

Por otro lado, Cervantes siempre anheló con ser un gran poeta lo cual no logró por razones desconocidas, pero tuvo otro logro: ser un gran prosista. Delineaba con trazos precisos a los personajes, a las descripciones lograba darles belleza excepcional, a tal grado que describió como si fuera un pintor realista, entendía muy bien que a un personaje no debe forzársele, sino que él mismo marcaba el ritmo para hacerlo hablar y mover. Sin embargo, el don versificado no se le dio como él esperaba. En compensación, logró hacer un crítico profundo, un lector analítico del entendimiento humano, o en palabras de Stephen Gilman:

 “En algunas ocasiones sus críticas se dirigen a su propia obra. Desde este punto de vista, la visión ahistórica de la narratividad ya no sirve más. Lo que necesitamos hacer es emprender un análisis pormenorizado no de la biblioteca de don Quijote, sino de la crítica que Cervantes hace de sí mismo, tanto en el curso de su obra de ficción, como en su prosa de reflexión y en su poesía, por ejemplo, en los Prólogos, y más importante aún, en la extensa meditación en verso, acerca de su edad avanzada, y que lleva como título El viaje del Parnaso (1614).” (Gilman, Stephen, Gilman. La lengua según Cervantes, pág. 79).

Si bien es cierto que no fue un poetastro de los que hay a caudales, no fue bueno, sólo entre medio y un poco más, pero nada comparable con los poetas del siglo de oro, los cuales rebasan los límites de la poética hasta entonces existente.

Ahora bien, en la segunda parte de la novela se observan cambios considerables, de los cuales algunos habían sido hablados, por ejemplo, hay un personaje, Roque Guinart, que según Martín de Riquer es el único que opaca  al caballero por ser muy valiente y  defensor de las causas justas, además de ser el único personaje histórico en la obra: fue bandolero en Barcelona, robaba plata a las indias, y mantenía una muy estrecha relación con Francia y los hugonotes. Por tanto, sorprende cómo Cervantes lo pinta como muy valeroso cuando se le adjudicaban los actos ya referidos. Por ejemplo, de Riquer menciona lo siguiente:

“Todo este capítulo[2]se llena con la figura del bandolero catalán, hombre de acción, valiente, noble, justiciero a lo romántico y jefe con excepcionales dotes de mando. En todo el episodio, el lector advierte, con cierta pena y con desilusión, que don Quijote se eclipsa, se apaga y se transforma en un mero espectador.” (Aproximación al Quijote, pág. 130).

 Se encuentra una explicación en ese eclipsamiento por parte de don Quijote en el hecho de ya estar cansado por las constantes fatigas y pendencias que tuvo.

En síntesis, El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha es la obra más fundamental de la literatura castellana, la obra capital que debe ser leída y releída; también, es la primera novela moderna en sí de la historia literaria aunque se hayan tenido desde antes atisbos con el Lazarillo y las novelas italianas. Sus personajes tienen vida propia, pululan en la literatura en la pluma de muchos autores, son modélicos para el estudio psicológico, arquetípicos para la sociedad, pertenecen al idiolecto de cada persona y al sociolecto de algunos sectores sociales, representan, hablando en sentido estricto, a la libertad de los pueblos. Sólo queda por decir que al leer de nueva cuanta la obra se hace una relectura del mundo en todos los aspectos, y vuelve a comenzar el magnifico deleite de escuchar: “En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme.”[3]

[1] Aquí se refiere al encubrimiento de Cervantes en el historiador arábigo.

[2] II, 60.

[3] I, 1.