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El presidente más latinoamericano de Estados Unidos

A pesar de que en la mayoría de los países democráticos hemos logrado librarnos de la figura del caudillo salvador que puede solucionarnos todos nuestros problemas, al observar cómo cada cuatro años se exaltan las pasiones en la elección presidencial, de una forma que va en duro contraste con la cuasi indiferencia que se manifiesta en la de congresistas, diera la impresión que todavía no hemos logrado librarnos del todo.

El presidente o la presidenta del país sigue siendo ese “elegido” en el que recaen todas las miradas. El heredero o heredera de lo que alguna vez significó el Trono. No hay lucha política más encarnizada que la de los candidatos a la presidencia. Sin embargo, siempre he admirado la forma como en los Estados Unidos esa lucha se mantiene dentro de unos parámetros de respeto, como el ajedrecista con su tablero y reglas inquebrantables.

Hoy de repente esos parámetros han volado por los cielos, aunque afortunadamente la prensa y el público en general no ha salido a culpar a ambos candidatos, sino al que se ha encargado de incitar el odio y la violencia, que se hizo famoso en un reality show, y ya me aburre escribir su nombre.

Nunca pensé que tantos millones de personas, así no sean la mayoría, en este país, pudieran guardar tanto resentimiento. Más, cuando no hacen parte de ninguna minoría o género que históricamente haya sido perseguido o disminuido por una clase dominante. A no ser que se trate de una cuestión económica, pero en tal caso ¿cómo es que a quien enarbolan como su salvador, es un millonario, hijo de millonario, que ni siquiera es capaz de mostrar su declaración de impuestos; se especula que puede ser porque no paga un centavo?

Mientras gran parte de la nación se mueve hacia un futuro de más libertades, cumpliendo la promesa de que todos tenemos los mismos derechos en estas tierras, e intenta crear un modelo afín a las nuevas tecnologías y a la globalización (paradójicamente dos resultados del inimaginable progreso de este país), existen suficientes personas, capaces de elegir al candidato de uno de sus dos principales partidos, que quieren dar marcha atrás.

Y de qué manera. Por ejemplo, en una encuesta realizada en enero durante las primarias republicanas en Carolina del Sur, por YouGov y The Economist, se encontró que un 20% de los seguidores del hoy candidato republicano, no aprueban ¡qué se haya liberado a los esclavos! También se encontró que un 74% de todos los que votaron en esas primarias, están de acuerdo con que se prohíba la entrada al país a los musulmanes.

La idea de que la historia se mueve hacia el progreso, parece no ser tan cierta. Si así fuese, una elección del país más poderoso del planeta en el año 2016, debería contener más dialéctica, ideas de fondo y políticas, desde ambos lados, y no de uno solo; el otro se dedica el noventa por ciento del tiempo a acusar mintiendo, a atizar el miedo, y a insultar a todo el que lo contradiga.

La democracia en los Estados Unidos ya debió pasar hace décadas su etapa de infancia, dando paso a un sistema adulto, que tampoco muestre sus falencias, cuando, otro ejemplo, la animadversión hacia la persona de un presidente, o su raza, crea un candado que actualmente tiene hasta a la Corte Suprema en ascuas, y no ha hecho más que perjudicar a los ciudadanos.

La tan excelente división de poderes, se convierte entonces en una parálisis, que también puede ser la razón por la que muchos escogieron un candidato que parece un dictador.

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