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El legado trascendental de Carlos Alberto Montaner

   Consecuente hasta el final con sus ideas y sus principios, el escritor y periodista cubano exiliado Carlos Alberto Montaner, quien falleció en Madrid el pasado 29 de junio a los 80 años de edad, decidió cuándo, cómo y dónde terminaría su existencia.

     Tenaz defensor de las libertades individuales, Montaner expresó hace mucho tiempo su firme creencia en el derecho de las personas a tener una vida digna y a ponerle fin cuando el deterioro causado por una enfermedad se hiciera irreversible e insoportable. Aquejado por la parálisis supranuclear progresiva, un mal neurodegenerativo, Montaner —que era ciudadano español— se acogió a la ley que permite la eutanasia, aprobada en 2021 por el Congreso de los Diputados de España. El 29 de junio, rodeado por su esposa, sus hijos y sus nietas, Montaner dijo adiós de una manera apacible en su apartamento frente al Parque del Retiro.

     Lamento profundamente no haber podido viajar a Madrid este año para darle un último abrazo. Me queda el consuelo de habérselo dado en Miami, poco antes de que viajara a España.

     Conocí a Montaner hace 40 años, en Madrid, a las pocas semanas de haber aterrizado en Barajas procedente de La Habana, mi ciudad natal. Llegaba a España sin un centavo en el bolsillo y con la cabeza llena de ilusiones y la esperanza de poder dedicarme por fin a mi vocación de escribir, limitada en Cuba por desavenencias con la ideología imperante.

     En mi búsqueda de trabajo en un país plagado por el paro, un amigo periodista me indicó que llamara a Playor, la editorial que Montaner había abierto en la capital española. Así lo hice, y Montaner tuvo la gentileza de recibirme al día siguiente. Escuchó con gran atención mi relato de mis peripecias para salir de Cuba y mis comentarios sobre la vida cotidiana en la isla. Más tarde supe que Montaner siempre tendía una mano solidaria a los exiliados cubanos —y de otros países— que llegaban a España para labrarse un nuevo futuro.

     En ese momento no tenía plazas vacantes en la editorial, pero me propuso trabajar de manera independiente, desde mi domicilio, mecanografiando trabajos de diversos autores que llegaban a Playor escritos a mano (en esa época las computadoras estaban en su fase incipiente). Poco después, cuando fundó la agencia de prensa Firmas Press, me llamó para ofrecerme un empleo fijo. Allí, en una oficina en pleno centro de Madrid, me dedicaba cada semana a copiar, revisar, traducir y ayudar a distribuir a numerosos medios de prensa los artículos de decenas de escritores y periodistas, entre ellos Gastón Baquero, Fernando Arrabal, Hugh Thomas, Federico Jiménez Losantos, el propio Montaner y su hija, Gina.

     Firmas no solo fue un trabajo sumamente grato para mí, sino también una escuela donde aprendí el arte de escribir columnas. El día que Montaner leyó uno de mis primeros intentos y me comentó: “Así se escribe un artículo”, me sentí como cuando uno se gradúa de un curso universitario.

     Luego emigré a Estados Unidos para reunirme con mi familia, pero siempre mantuve los lazos con Firmas Press y la familia Montaner. Unos años después, cuando lo nombraron director de las páginas de opinión del diario el Nuevo Herald, de Miami, Montaner me invitó generosamente a integrar el equipo editorial. Acepté y volví a trabajar con el maestro.

     Durante cuarenta años he leído cada semana la columna de Montaner. Lo primero que se destaca en sus artículos es su defensa constante e incondicional de la libertad. El lector puede estar de acuerdo o no con las valoraciones que hace Montaner de determinadas situaciones políticas o encrucijadas históricas, puede estar de acuerdo o no con su defensa del liberalismo y la economía de mercado, pero es imposible discrepar de su posición de respeto a la libertad y a los derechos intrínsecos de las personas, entre ellos el derecho a la libre expresión.

     Montaner siempre estuvo dispuesto a escuchar las opiniones contrarias y a debatirlas civilizadamente. En vez de la palabra exaltada y el discurso tronante contra sus adversarios, Montaner empleaba en sus columnas un conocimiento profundo de la historia y de la actualidad que nunca era pedante y sí muy instructivo y ameno, mezclado con una fuerte dosis de ingenio y humor. Mucho antes de su fallecimiento, mucho antes de anunciar su retiro, su obra como columnista ya formaba parte, por mérito propio, del legado periodístico cubano. Y sus novelas, como Perromundo, Trama o La mujer del coronel, entre otras, ocupan un lugar destacado en la literatura del exilio cubano.

     Fue un firme opositor del gobierno de Fidel Castro, y en 1990 creó la Unión Liberal Cubana, parte de la Plataforma Democrática Cubana, un abanico de organizaciones que buscaba una vía pacífica hacia la democracia en Cuba. Montaner había sido testigo de la transición en España tras la muerte del dictador Francisco Franco, y soñaba con un cambio similar en la isla, una transición sin violencia a un sistema democrático que incluyera a todos los cubanos y les diera la posibilidad de construir un futuro mejor. Lamentablemente, la tozudez del gobierno castrista e incluso de líderes políticos del exilio ha impedido el triunfo de esa iniciativa.

     Montaner ha partido, pero nos deja un valeroso ejemplo de entereza y de coherencia con las ideas que sostuvo. Eligió la ciudad que tanto quería y en la cual se sentía feliz, Madrid, como el lugar para terminar sus días, ejerciendo el derecho a la libertad y a vivir de acuerdo con sus ideas, un derecho que debe tener todo ser humano.

     También nos deja un legado imperecedero en la literatura y el periodismo de Cuba y de su cuantioso exilio, y en las letras hispánicas en general. Su copiosa obra periodística —una columna semanal durante más de medio siglo, que se difundió en numerosos medios de América Latina, España y Estados Unidos— debería ser tema de estudio en las universidades por su estilo magistral, por la manera ingeniosa y original de expresar y defender sus firmes convicciones en torno a la libertad del individuo, y por ofrecer un retrato poderoso y revelador de la época que le tocó vivir.

     Su obra siempre será leída y recordada. Ese es un objetivo esencial de todo escritor, y Carlos Alberto Montaner lo consiguió plenamente.

Los invito a leer mi novela La espada macedonia y mi ensayo Biden y el legado de Trump, publicados por Mundiediciones.

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