El conflicto en Irán desnuda nuestra peligrosa dependencia del petróleo

 

La crisis en el Oriente Medio, agravada por la agresión injustificada de Estados Unidos e Israel contra Irán, ha sacudido el escenario mundial y sus efectos perniciosos han cruzado océanos.

El genocidio en Gaza, la ofensiva israelí contra el Líbano, y el conflicto con Irán han tenido –y tienen– un devastador e inaceptable costo en vidas humanas, especialmente de civiles, entre ellos numerosos niños. La crisis ha convertido el derecho internacional en papel mojado, las Naciones Unidas en una organización ineficaz, y la armonía entre los países en un sueño lejano.

Otro efecto de la crisis también ha tenido una grave repercusión mundial: la brusca subida de los precios del petróleo, causada por la guerra, la inestabilidad de los mercados, y el bloqueo del estrecho de Ormuz, una ruta vital para el transporte internacional de combustibles.

En Miami, donde vivo, los precios de la gasolina se dispararon de la noche a la mañana desde unos 2,80 dólares el galón hasta más de 4 dólares en la mayoría de las estaciones de servicio. En Los Ángeles, el precio se acerca a los 6 dólares el galón, y en algunas áreas de la ciudad californiana supera esa cifra.

El conflicto en Irán ha puesto de manifiesto nuestra enorme dependencia del petróleo. Tras décadas de alertas de los científicos sobre las nefastas consecuencias de la quema de combustibles fósiles para el medio ambiente, todavía más del 90 por ciento del transporte mundial se abastece de petróleo, tanto el transporte terrestre, como el marítimo y el aéreo.

El petróleo, el gas y el carbón siguen constituyendo la base de la matriz energética mundial. A pesar de los planes y las propuestas para reemplazar el consumo de hidrocarburos con recursos de energías renovables, la industria aún depende en gran medida de los combustibles fósiles para el transporte pesado, la aviación y la fabricación de productos plásticos y petroquímicos.

La secuela de este uso disparado de combustibles de elevado nivel contaminante ya es más que evidente: un cambio climático que se siente en todo el planeta con la elevación del nivel del mar, amenazando con inundar vastas regiones costeras y las ciudades que se alzan en ellas; fenómenos meteorológicos extremos más frecuentes, entre ellos huracanes de más poder devastador, y un aumento de la contaminación ambiental.

Es obvio que nuestro modelo de desarrollo necesita una transformación radical. Se calcula que el petróleo, al nivel de consumo del año 2024, durará unos 47 años. Pero antes de que se agote esa fuente energética cuya posesión desata guerras imperialistas, es urgente pasar a un modelo más racional, que dé marcha atrás a la contaminación del planeta y permita empezar a limpiar nuestro mundo para hacerlo menos peligroso y más habitable.

En Estados Unidos, el país que más hidrocarburos consume en todo el orbe, con casi el 20 por ciento del consumo mundial, los cambios serán tan difíciles como sumamente necesarios. Los ubicuos automóviles –la mayoría movidos por gasolina– deben ceder su primacía en el transporte a un sistema de trenes y autobuses eléctricos que conecten los barrios residenciales con los centros de trabajo, de comercio y de ocio.

El trazado de las áreas urbanas, con excepción de ciudades como Nueva York, Chicago, Boston y unas pocas más, se ha basado desde hace décadas en la construcción de extensos suburbios, con una separación estricta entre las áreas de viviendas y las comerciales. Esta separación ha aumentado la distancia entre la casa y el trabajo o la escuela, o entre la casa y las tiendas y los mercados, causando que el automóvil personal sea el medio principal de transporte de la gente, con un incremento constante del consumo de gasolina para beneficio de los intereses particulares de la industria. Estados Unidos necesita ciudades más caminables y mejores sistemas de transporte público, no más vehículos personales que causan polución, además de accidentes, ruinas financieras, lesiones y muertes.

El mundo entero, empezando por los países que más contribuyen al cambio climático, debe adoptar un modelo racional donde los hidrocarburos sean reemplazados por las energías renovables, como la solar y la eólica. Los conflictos desatados por la posesión del petróleo, con su secuela pavorosa de tragedias humanas, serían un penoso episodio del pasado. Tenemos la ciencia, la tecnología y las herramientas necesarias para lograr ese cambio salvador. Pero la pregunta es: ¿tenemos la voluntad política?

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