El Clan (del horror)

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La familia Puccio mandó a construir una celda en el sótano de su casa para torturar y matar a sus mejores amigos.

¿Serías capaz de secuestrar y matar a tus mejores amigos por dinero? Al viejo Arquímedes Puccio los números no le cerraban. El bar no cubría las cuentas de esa familia de clase media con ínfulas de grandeza. Vivían desde 1960 en una casa de dos plantas en San Isidro, un barrio tradicional de la Provincia de Buenos Aires. Al principio le costó a Alejandro entender el plan, después de todo iban a ser sus amigos del Club Atlético San Isidro, pero la orden era de su padre, es decir de la autoridad.

El resto de los hijos como su esposa no se atrevieron a contradecir al viejo. Había que cumplir la ley. Además, era otro negocio de familia. Probablemente difícil de explicar, aunque eso sería sólo un detalle macabro.

El 22 de julio de 1982 Ricardo Manoukian tenía que encontrarse con una amiga. Aunque tuviera 23 años ya administraba  parte de la empresa  de su padre, una cadena de supermercados en la zona norte de Buenos Aires. En el camino se topó con Alejandro, que le hizo señas para que detuviera el automóvil. En pocos minutos Manoukian comprendió que era hombre muerto: conocía a sus captores.

Su familia recibió una carta firmada por el “Comando de Liberación Nacional”. Exigían 250 mil  dólares por la vida de su hijo. No debían llamar a la policía ni hablar con otros amigos y familiares. El rescate se pagó puntualmente. A los pocos días en un terreno baldío se encontró el cadáver del joven atado de pies y manos, y con tres tiros en la cabeza.

El plan había salido muy bien. El viejo Puccio se endulzó con el dinero fácil y entonces quiso perfeccionar los secuestros. Así llamó a antiguos amigos e hizo construir en el sótano de su casa una celda a la que revistió con diarios y cartones para ahogar los posibles gritos de las víctimas. Con el resto del dinero, también, abrió en su domicilio el local “Hobby Wind” que vendía accesorios de  windsurf y esquí. Si muy pronto el dinero caería por montones había que tener una coartada. La chusma del barrio nunca perdona el éxito, y siempre es envidiosa.

La mañana del 5 de mayo de 1983 el ingeniero industrial Eduardo Aulet, un joven 25 años que hacía muy poco se había casado, nunca llegó a su trabajo. En el camino se encontró con un amigo de toda la vida, Alejandro Puccio. La familia pagó un rescate de 150 mil dólares. Su cadáver recién sería hallado en 1987, en un descampado en las afueras de Buenos Aires.

Cuando el clan Puccio se confió que nada interrumpiría su empresa familiar del crimen, los equívocos  empezaron a surgir. Emilio Naum era un empresario textil exitoso. De casi 40 años, conocía desde chico al viejo Puccio. Esta vez fue él quien detuvo el BMW que conducía Naum. Antes que lo quisieran secuestrar, el empresario entendió el plan y sacó un arma. Sirvió de muy poco: recibió un tiro en el pecho.

No se podían cometer más errores. La prensa se había encargado del asesinato de  Emilio Naum y eso ponía nervioso a cualquiera. Eligieron a la empresaria Nélida Bollini de Prado. De mediana edad,  la mujer había hecho dinero con la compra y venta de automóviles. La secuestraron la tarde del 23 de julio de 1985. Exigían por su liberación 500 mil dólares, pero las negociaciones venían difíciles.

Luego de 32 días de cautiverio, una  madrugada por fin se pautó la entrega del dinero. A pocos metros del estadio de fútbol del Club Atlético Huracán el automóvil en que iba Arquímedes  junto a su hijo Daniel y otro cómplice, fue detenido por la policía. En la campera de Daniel encontraron un papel arrugado con los números de teléfono de los hijos de la empresaria.

Del clan Puccio sólo fueron condenados Arquímedes, Alejandro y Daniel. Según la policía las mujeres de la familia –esposa e hijas– no tuvieron mayor participación en los secuestros. Los tres Puccio como el resto de la banda se los encontró culpables del asesinato de Manoukian,  Aulet y Naum.

Algunos de los delincuentes murieron en prisión y otros como el viejo Arquímedes, al cabo de 25 años, en libertad… Daniel, en cambio, nunca fue encarcelado. Desde 1985 se convirtió en un fugitivo–hay quienes dicen que lo vieron por Australia.  En el 2013 se presentó ante un juzgado de Buenos Aires y consiguió la libertad: porque logró esconderse más tiempo que su condena –15 años por secuestro– la ley argentina le dio esa extraña oportunidad. Hoy tiene 55 años y tal vez lea estas líneas.

httpv://youtu.be/n7kpI79cPBk