El Chac Mool

Lo primero que hice antes de irme a vivir a Puerto España fue revisar la ubicación del país en el internet. Sabía que estaba en el Caribe, enfrente de las costas de Venezuela, pero no estaba seguro de qué otras islas habían alrededor de Trinidad y Tobago. Era el mes de septiembre de 2007 y estaba sin qué hacer en mi casa de Ciudad del Carmen, Campeche. Tenía 16 años y el cabello largo; era un adolescente con un cuadro de acné crónico; estaba obsesionado con la música de The Beatles, The Doors y grupos de rock alternativo y post-hardcore como Taking Back Sunday, From First to Last y Funeral for a Friend y no tenía un rumbo claro en la vida. Había reprobado cinco materias en segundo semestre de preparatoria, incluyendo Historia del Arte. Jamás conocí a alguien que la hubiera tronado. Me dieron de baja en el bachillerato. Toqué fondo. Por ese entonces, también había cortado con mi novia, Sara. El exilio en tierras trinitarias duró desde el primero de octubre hasta unos días antes de Navidad. Mi permanencia en Trinidad cambió mi manera de ver el mundo. Tomé clases de inglés en una academia británica, la Angels Academy; retomé el francés, en la Alianza Francesa y me inscribí a un equipo de natación. Viajé por toda la isla de Trinidad y visité Tobago. Era la segunda vez que vivía fuera de México.

  El inconveniente sucedió durante mi último día en la isla. Había tenido varios debates con mi familia acerca del mejor momento para volver a México. Mi madre quería que volviera hasta después de las fiestas decembrinas. Nunca le pregunté por qué. Finalmente, mi papá consiguió mis boletos de regreso con la agencia de viajes de la empresa para la que trabajaba. Los tenía para el viernes, 14 de diciembre de 2007. Puerto España-Toronto (Caribbean Airlines), Toronto-México D.F. (Air Canada) y México D.F. – Ciudad del Carmen (Aeroméxico). Batalló varios días para encontrar una ruta que me permitiera salir de Trinidad y llegar a México antes de Navidad. No había vuelos directos de Puerto España a México D.F. ni a ninguna ciudad mexicana. En la agencia de viajes le decían a mi papá que los vuelos de salida a Venezuela, Panamá y otros países de Centroamérica estaban agotados. Los únicos disponibles para el mes de diciembre eran vía Miami, Houston y otras ciudades de EE. UU. No tenía visa estadounidense. Así fue como tuvo que considerar Toronto como ruta de escape.

Llegó el día de partir. Salí del departamento del noveno piso de la torre Ciboney, en la zona residencial de Westmoorings, el que fuera mi hogar durante esos meses. Disfrutaba mucho la vista del Golfo de Paria, de la costa Trinitaria y de los barcos que permanecían anclados frente a las costas de la capital. Desde el balcón, en los días muy despejados, podía ver la Isla de Patos, en Venezuela. Mi padre me llevó al Aeropuerto Internacional de Piarco antes de irse a trabajar. Nos reencontraríamos una semana después en Ciudad del Carmen, el día 21. En el trayecto, venía con mucha nostalgia, pero ilusionado de volver a México. Había dejado muchos asuntos pendientes. Sara y yo habíamos regresado. Sucedió unos días antes de que partiera de Ciudad del Carmen con rumbo al Caribe. Continuamos nuestra comunicación por el Windows Live Messenger. Iba reflexionando sobre mi estancia en el Caribe: dejé de fumar y tomar descontroladamente, y había retomado el deporte. Aprendí (o reaprendí) dos idiomas. Aspiraba a entrar a un equipo de natación en la universidad, y quería continuar practicando el alpinismo. Con excepción de la celebración del Diwali, y de dos o tres fiestas en los clubes nocturnos de Puerto España con mi entonces amigo venezolano Javier Piva y mis amigos de la Angels Academy, no había ingerido ni una sola gota de alcohol ni fumado nada.

Seguía meditabundo mientras documentaba el equipaje y pasaba la fila de seguridad y los detectores de metal. Ahora sí podía decir que hablaba inglés y que entendía francés. También, podía decir que hablaba Trini: el inglés local. Mis amigos trinitarios me habían adoptado y me enseñaron muchísimo vocabulario. Tenía un acento a ratos Trini, a ratos gringo, a ratos inglés, pero siempre mexicano o latinoamericano. Llegué a la puerta de embarque. Tomé asiento. Iba tranquilo. Me esperaban alrededor de ocho horas de vuelo a Toronto, y después otras cinco o seis a la Gran Tenochtitlan. Aterrizaría a eso de las 2:00 a.m. Pernoctaría ahí, y al día siguiente tomaría el vuelo de poco más de una hora a Ciudad del Carmen. Estaba desesperado por ver a Sara. Como dirían en EE. UU., éramos high school sweethearts. A ella no le habían dado de baja en la prepa, y en ese momento estaba cursando tercer semestre. Era mejor estudiante que yo. Por mi parte, volvería a la preparatoria de la Universidad Autónoma del Carmen en febrero del 2008 para comenzar de nuevo segundo semestre. Ella iría en cuarto para ese entonces. En lugar de estudiar álgebra, trigonometría, dilatación de metales, vectores, o tópicos selectos de química (que eran las materias en donde me habían hecho pedazos), lo único que tenía planeado hasta el último detalle era llegar a casa de Sara tan pronto como aterrizara en Carmen. Llegó la hora de abordar. Era zona cuatro o cinco. De los últimos. Iba hasta atrás, pasando la fila 20.

La señorita de Caribbean Airlines me pidió el boleto y el pasaporte. A un lado de ella, se encontraban dos hombres de seguridad aeroportuaria, y recuerdo nítidamente que llevaban chalecos de color amarillo fosforescente tipo chíngame la retina. Le entregué los documentos a la chica. Uno de los hombres se me quedó viendo con cara de pocos amigos; se me acercó y le pidió mis documentos a la mujer. Los revisó unos instantes. Me ordenó que me hiciera a un lado para dejar abordar al resto de los pasajeros, que estaban impacientados. El hombre, de casi dos metros de altura, agarró una lámpara portátil de luz ultravioleta y revisó mi pasaporte, página por página. Se quedó unos segundos estudiando cuidadosamente la primera, en donde aparecía mi fotografía de cuando tenía 13 y mi información personal. En aquel entonces no tenía acné, y la foto me la tomaron antes de irme a París con mi papá en el 2004. Después, el sujeto se quedó revisando la última página con su lámpara. Se demoró más que en la primera. Yo calculaba que habían pasado unos 10 minutos. Ahora sí me sudaban las manos. Ya habían abordado todos los pasajeros.

“¿De dónde sacaste este pasaporte? ¿A quién se lo compraste? ¿Cómo lo obtuviste?”, me preguntó en inglés Trini, casi gritando. No podía entender todo lo que me decía exactamente, pero eso es lo que recuerdo. No digería su acento del todo por la adrenalina y la sensación de saberme en peligro. No pude responderle. No me salían palabras de la boca. Balbuceé. No me dejó siquiera terminar de enunciar una oración. Me bombardeó con más preguntas, ahora sí, gritándome. Recuerdo haberle entendido con más facilidad. “¿En dónde lo obtuviste? ¿A qué mafia perteneces? ¿A qué cartel de droga perteneces? Contesta. No tenemos todo el día. ¿Para quién trabajas?”, terminó de hablar y me fulminó con la mirada. Mientras tanto, el otro guardia hablaba por un walkie-talkie e informaba de la situación. “Me lleva la chingada”, pensé, tronándome los dedos de las manos. Le contesté lo que para mí era obvio, pero que jamás había tenido que explicarle a ningún oficial de migración en ninguna parte de México o el mundo. Le dije que me lo expidió la Secretaria de Relaciones Exteriores en Ciudad del Carmen, Campeche, México. Le di mi dirección y le expliqué lo que estaba haciendo en Trinidad. Ahora que lo decía en voz alta, sonaba irreal. Estudiaba inglés, francés y practicaba natación. No iba a la escuela, es decir, no estaba inscrito en el bachillerato, tenía 16 y estaba con mi padre, pero él no viajaba conmigo. “¿Por qué viajas a México vía Canadá? ¿Llevas droga en la maleta? ¿Ingeriste cápsulas con droga y las llevas en alguna parte del cuerpo?”, me preguntó el inspector. En aquellos tiempos, no tenía celular. Era parte del castigo que me habían puesto mis papás por reprobar categóricamente segundo semestre. Me hacía falta. Le hubiera podido mandar un mensaje de texto a papá, o mejor aún, hablar por teléfono. Estaba solo.

La chica de la aerolínea cerró la puerta de abordaje. Me miraba con compasión. Quizás con ternura. No sabía por qué rayos, de toda la gente que le puede caber a un avión, me habían seleccionado a mí para la inspección secundaria. A lo mejor me detuvieron porque llevaba el cabello largo o porque me veía muy chavito. Tal vez me seleccionaron por no tener aspecto trinitario ni europeo. De seguro me vieron la cara repleta de granos, y pudieron haberlo atribuido a un nerviosismo crónico propio de un criminal púber que se dedica al narcotráfico. Probablemente fue que me vieron muy bajo de peso y pensaron que no había comido en unos dos o tres días, lo cual lo pudieron haber asociado con rutinas delictivas de aeropuerto. Medía 1.78 m. y pesaba 55 o 57 kg. Tenía mucha hambre porque no me había dado tiempo de desayunar. “Ya me cargó el payaso”, me dije.

“Nos va a tener que acompañar”, me dijo el segundo guardia, mientras hablaba por el walkie-talkie y explicaba que tenían a un sospechoso detenido. No dijo de qué. Les pregunté qué sería de mi equipaje que había documentado, si me lo devolverían. Les reclamé por mis boletos y vuelos de conexión. Me había costado mucho trabajo hablar y convencer a mi papá de que me consiguiera un vuelo para salir de Trinidad cuanto antes. Fueron días de gestión y persuasión con mis padres y horas de insistencia sentado enfrente del agente de viajes para ver qué vuelos me encontraba. Se me trababa la lengua. No entendían muy bien lo que decía. Terminé vociferando frases en español. Quejándome en español. Gritando en español. También en el poco inglés que en ese momento podía enunciar. No me prestaban atención. Me miraban enojados, como si me quisieran golpear. Era doloroso ser testigo de mi propia ruina aeroportuaria y legal; saber que mi tan ansiada llegada a México quedaba indefinida. Uno de los guardias me pidió que le entregara mi equipaje de mano: una mochila Adidas de color negro que usaba para ir a la escuela. Llevaba La noche de Tlatelolco(1971) y Nada, nadie. Las voces del temblor (1988), de Elena Poniatowska; un reproductor Phillips de CD y discos en formato mp3; un estuche con discos de Molotov, Natalia Lafourcade, Julieta Venegas, Avril Lavigne, Green Day, Good Charlotte, Linkin Park, System of a Down, blink-182, Hilary Duff, Ashlee Simpson y Eminem, y otro estuche con álbumes de música no comercial; un reproductor digital Samsung de 528 megabytes que me había regalado mamá cuando tenía 14; un paquete de pilas Energizer AA y otro de AAA; un diario con la figura del Demonio de Tasmania en la caratula y un osito de peluche de mi niñez al que había rebautizado como Josie en honor a la canción de blink-182. Josie era un regalo para Sara. Eso era todo lo que había podido rescatar y esconder cuando me castigaron mis padres por haber reprobado. Sólo me quedaba lo que traía puesto, además de mi cartera, que hasta ese instante no me habían pedido. La llevaba en una de las bolsas del pantalón de mezclilla. Uno de los guardias se dirigió a mí y me dijo que tenía derecho a guardar silencio. La gente que caminaba alrededor se me quedó viendo.

“¡Tengo derecho a una llamada! ¡Lo que están haciendo es un gravísimo error!”, les grité a los guardias mientras uno de los inspectores me empujaba por la espalda y, agarrándome del hombro, me decía que caminara. Me tuve que poner flojito y cooperando. Tenía que encontrar la manera de comunicarme con mi papá, o con algún representante de la embajada de mi país. Entre los dos sujetos me escoltaron a las oficinas de seguridad del aeropuerto. Me rugían el estómago y los intestinos. Me temblaban las piernas con cada paso que daba. Caminamos al lado de un Kentucky Fried Chicken, y después de un Church’s Chicken. Durante mi estancia, había aprendido que los Trinis son fanáticos del pollo frito.

Mi arresto sucedió alrededor de las 2:00 p.m. Estuve un larguísimo rato detenido. A las 4:00 p.m., seguía sin comer, pero se me había pasado el hambre. Me escurrían gotas de sudor por la frente, y sentía dolor en los cachetes, como si varios de mis granos estuvieran a punto de reventar. Mi custodio no se me despegó ni un momento. Me tuvieron de pie, contra la pared. Tuve que dar mi declaración. Me entrevistó una señora, que tenía pinta de estar aburrida. Estaba sentada detrás de una computadora. Yo no sabía con qué frecuencia tenía que entrevistar a viajeros detenidos. Supuse que, a juzgar por su cara, lo hacía muy seguido. Le llamaron al Embajador de México en Puerto España varias veces, sin éxito, hasta que por fin devolvió la llamada. Mandó, vía fax, un oficio en donde se constataba que mi pasaporte lo había expedido el gobierno mexicano. En todo el rato que llevaba detenido, sólo estaba con mi custodio y la señora que me tomó la declaración. No tenía idea de qué más estaba sucediendo en torno a mi caso. Le pregunté varias veces a mi guardia y a la señora, pero me decían que guardara silencio o no me respondían. Mandaron llamar a un oficial de migración trinitario. Le pidieron por teléfono al Embajador que mandara un oficio con el sello de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México. Para ello, tenía que ponerse en contacto con las oficinas en la Ciudad de México para que le mandaran dicho oficio. Todo por un sello. Tuve que esperar otra hora y media. No sentía las piernas. No me dejaban tomar asiento. Quería hacer pipí. Por más que les insistía, no me prestaban un teléfono para comunicarme con mi padre. Si eran las 5 p.m., en México eran las 3 p.m. De seguro estaban tardándose en mandar el oficio porque era la hora de la comida. Muy probablemente estaban echándose la torta y la Coca Cola. Finalmente los convencí y accedieron a llamarle por teléfono a mi papá para notificarle que había sido detenido. Este, a su vez, se puso inmediatamente en contacto con el Embajador. Ambos hicieron acto de presencia en el aeropuerto a eso de las 5:30 o 6:00 p.m. El Embajador era un hombre como de unos 35 años, de aspecto bonachón y llevaba un traje azul marino, camisa blanca y corbata roja. Iba algo enojado. Habló unos cinco minutos con el guardia que me tenía bajo custodia y con la señorita que me tomó la declaración. Se les impuso, y les ordenó que me soltaran. Mi papá permaneció serio, callado y me saludó con gestos, parado a un lado del Embajador. Ambos me preguntaron si estaba bien, si no me habían maltratado. El Embajador me dijo que, si se habían pasado de la raya, ese era el momento de decirle. Este, a su vez, nos explicó que ya había arreglado el problema con el gobierno de Trinidad y Tobago, pero que el gobierno de Canadá exigía que me presentara a rendir mi declaración en su embajada al día siguiente. Nos explicó cómo tenía que responder a los interrogatorios. Podían entrevistarme una, dos, o tres veces. Las que ellos quisieran. Recuperé mi mochila Adidas y el resto de mi equipaje; me aseguré de que estuviera todo. Volví con papá al departamento de la torre Ciboney, en Westmoorings, Puerto España.

Al día siguiente, el sábado 15 de diciembre de 2007, a las 8:00 a.m., el Embajador nos habló por teléfono. Me recordó cómo tenía que responder a las preguntas. Tomé apuntes en mi libreta del Demonio de Tasmania. Papá y yo llegamos minutos antes de la hora del citatorio a la embajada canadiense. Eran alrededor de las 8:45 a.m. cuando entramos y pasamos la fila de seguridad y los detectores de metal. Tenía la cita a las 9:00 a.m. El plan consistía en lo siguiente: mientras yo respondía a los interrogatorios ante los funcionarios de la embajada, papá estaba encargado de arreglar mis boletos con las aerolíneas vía telefónica. Su objetivo era que por lo menos me los cambiaran para dentro de unos cinco días, de tal suerte que nos diera tiempo de arreglar mi situación internacional. Estuvimos sentados algunos minutos. No recuerdo si había mucha gente. Sacudía mi pie. Luego el otro. Los dos. Revisé mis apuntes con las instrucciones del Embajador. Papá se tuvo que salir de la embajada para comenzar con las llamadas. Estaban prohibidas dentro del edificio. Dijeron mi nombre. Pasé a una sala y cerré la puerta. Había dos sillas de oficina y una ventanilla enfrente de mí, detrás de la cual se encontraba sentado un funcionario: era un viejito, calvo, de barbas blancas, e iba vestido elegantemente. Llevaba un moño rojo y tirantes. Me pidió el pasaporte. Comenzó el bombardeo de preguntas en inglés, las cuales, de acuerdo con mi memoria, fueron estas:

– ¿Cuál es su nombre completo y cuál es su fecha de nacimiento?

– Ollin García Pliego. Nací el martes, 2 de julio de 1991.

– ¿Cuál es su nacionalidad? ¿Cuántas nacionalidades tiene? ¿Dónde nació?

-Soy mexicano, y nací en Naucalpan de Juárez, Estado de México, en el hospital de la Cruz Roja. Sólo tengo la nacionalidad mexicana.

– ¿A qué se dedica?

– Soy estudiante de inglés y francés.

– ¿Por qué no estudia el bachillerato?

– Me tomé medio año sabático para aprender idiomas.

– ¿Por qué estudia inglés si lo habla?

– Es porque llevo aquí desde el primero de octubre y estoy en la academia de inglés Angels Academy. También lo estudié en la escuela, en México.

– ¿Qué hace en Trinidad y Tobago?

– Vine porque mi padre trabaja aquí en Puerto España. Yo estudio inglés y francés, y estoy en un equipo de natación.

– ¿Quién le pagó el viaje?

– Mis padres.

– ¿A qué se dedican?

– Son ingenieros geólogos. Mi papá trabaja como consultor con Schlumberger, en las oficinas de Repsol. Mi madre trabaja en Pemex, la compañía petrolera de México.

– ¿Ha estado en Canadá?

– No.

 – ¿Por qué quiere viajar a Canadá?

– Porque necesito llegar a México para pasar Navidad y Año Nuevo con mi familia, y no hay más vuelos disponibles por otra ruta. Intenté por Panamá.

– ¿A qué ciudad de Canadá se dirigía?

– Toronto, en Ontario.

– ¿Por qué lo detuvieron en el aeropuerto?

– Al principio no sabía. Me explicaron que mi documento tenía un holograma de un Chac Mool defectuoso en la última página.

– ¿Ha vendido drogas?

– Jamás.

– ¿Cuándo comenzó a vender drogas?

– Nunca he vendido drogas

 – ¿Pertenece a algún cartel del narcotráfico?

– No.

 – ¿Trabaja para el Cártel de Sinaloa?

– No.

– ¿Qué hacía antes de trabajar para el cártel?

– Nunca he trabajado para ningún cártel. Soy estudiante, tengo 16 y estoy aprendiendo lenguas.

– ¿Ha estado en la cárcel?

– No, nunca.

– ¿Se le ha acusado de algún crimen y les ha pagado a las autoridades para evitar su encarcelamiento?

– Nunca he cometido ningún delito, y nunca me han acusado de nada. Tengo 16 y…

– Cuénteme. ¿Cómo y dónde obtuvo su pasaporte?

– Me lo expidió la Secretaria de Relaciones Exteriores de mi país, en Ciudad del Carmen, Campeche, México. Hice el trámite en el mes de agosto del 2004.

– ¿Qué hizo el día que tramitó su pasaporte?

– Salí de la secundaria. Iba en segundo año. Me recogieron mis papás. Fuimos a la oficina de Relaciones Exteriores. Ya habíamos hecho el depósito en el banco para pagar el trámite. Llené unos formularios, y llevé las fotos que me pedían. No tuve ningún problema.

– ¿Con quién estaba la mañana en que tramitó su pasaporte?

– Ese día me levanté y mis padres me llevaron a la escuela. El resto de la mañana estuve en clases, con mis maestros y amigos.

– ¿Le pagó a alguien para que le consiguieran su pasaporte en el mercado negro?

– Cómo cree. Le acabo de explicar cómo lo obtuve.

 – ¿Por qué consiguió su pasaporte de manera ilegal?

– Le repito que me lo expidió el gobierno. El Embajador de México, aquí en Puerto España, me comunicó hace unos minutos que ya mandó el oficio en donde certifica que mi pasaporte fue expedido por las autoridades mexicanas. En este momento debe estar en manos de su Embajador.

– ¿A quién se lo compró?

– Le repito, su Embajador ya debe tener copia del oficio donde dice que mi pasaporte me lo dio mi gobierno.

– ¿Para qué tramitó su pasaporte?

– Porque estaba por viajar a París con mi padre, a una conferencia de empresas petroleras en el Novotel, Tour Eiffel.

-¿Cuánto tiempo estuvo en París y qué hizo?

– Estuve ocho días e hice turismo con mi papá.

-¿A dónde más ha viajado con este pasaporte?

– Volví a Francia durante el 2005 y el 2006. Viví en Pau, Francia. Me movilicé mucho por el sur del país: Lourdes, Biarritz, Saint Jean-de-Luz, Guéthary, y estuve en Versalles y París. Con este pasaporte también entré a España. Viajé por Madrid, San Sebastián, Bilbao, Huesca, Boltaña, Aínsa y Zaragoza.

– ¿Qué hacía usted allá y a qué se dedicaba su madre?

– Yo estudiaba el grado de quatrième en el colegio BeauFrêne en Pau, Francia. Mi madre trabajaba para la empresa petrolera Total.

– ¿Ha sido militante del algún partido comunista?

– No, señor, tengo 16 años y soy menor de edad.

– ¿De alguna guerrilla?

– No, le repito que soy menor de edad.

– No necesita ser mayor de edad para pertenecer a ninguna guerrilla. Usted está mintiendo. ¿Qué edad tiene?

– Le repito, 16.

– ¿Se ha hecho cirugías en el rostro?

– No me hecho cirugías ni en el rostro ni en ninguna parte del cuerpo.

– ¿Cuándo fue la última vez que se hizo una cirugía?

– Nunca me han operado.

– ¿Ha recibido entrenamiento para el manejo, la fabricación y la detonación de explosivos?

– No, señor. Jamás he tocado un arma.

– ¿Tiene usted nexos con el EZLN?

– No señor.

– ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en Chiapas y qué hizo?

– Fue en marzo del 2005. Estuve en Tuxtla Gutiérrez, Chiapa de Corzo, en el Cañón del Sumidero y Palenque. Fue un viaje familiar.

– ¿Peleó usted con el Ejército Zapatista?

– Señor, nací en 1991, tenía dos años y medio cuando lo de Marcos.

– ¿Ha estado en contacto con el Sub Comandante Marcos?

– No.

– ¿Peleó usted en Nicaragua con el Frente Sandinista de Liberación Nacional?

– Señor, tengo 16, nací en 1991.

– ¿Pertenece usted al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional?

– No, señor. Soy mexicano, y jamás he estado en El Salvador.

– ¿Pertenece a las FARC?

– No. Jamás había escuchado hablar de eso.

– ¿Ha estado en Cuba?

– No.

– ¿Fue entrenado en Cuba?

– Nunca he pisado la isla.

 – ¿Apoya usted a Fidel Castro?

– Soy mexicano, menor de edad, no tengo claro ningún panorama político. Estoy en contra de las dictaduras.

– ¿Qué opina usted de Castro?

– Señor, soy menor de edad, y no tengo claro ningún panorama político.

 – ¿Ha estado en Venezuela?

-En el aeropuerto de Caracas, el día 1 de octubre de este año. Unas horas. Venía en un vuelo de la aerolínea Aeropostal, México D.F.-Caracas. De ahí tomé un vuelo a Puerto España.

 – ¿Apoya a Hugo Chávez?

– No lo apoyo.

– ¿Qué opina usted de Hugo Chávez?

– No sé nada de él. Tengo 16, y no tengo claro ningún panorama político.

– ¿Es espía?

– No.

 – Confiese. ¿De quién es espía?

-De nadie.

– Si confiesa usted ahora mismo, podemos ayudarlo con su condena. Lo puedo ayudar. Si no se deja, tendrá graves consecuencias. Acepte mi oferta.

– No tengo nada que confesarle. Todo lo que le digo es verdad. Están en un grave error.

– ¿Trabaja para el Kremlin?

– ¿Qué es el Kremlin?

– ¿Ha estado en Rusia?

– Jamás.

 – ¿Qué opina de Vladimir Putin?

– Sé que es el presidente de Rusia. Nada más.

 – ¿Lo apoya?

– No.

– ¿Ha solicitado alguna visa canadiense?

– No, nunca.

– ¿Qué hizo el día en que solicitó su visa canadiense?

– Le digo que nunca la he solicitado.

– ¿Ha solicitado la residencia canadiense?

– Le dije que no.

– ¿Ha estado de ilegal en Canadá?

– Nunca he ido a su país.

– ¿Ha solicitado visa de los EE. UU.?

– Por el momento no.

– ¿Le han rechazado su solicitud?

– Cómo me la van a haber rechazado si no la he solicitado.

– ¿Ha estado usted de ilegal en EE. UU.?

– Para nada.

– ¿En qué lugar ha estado de ilegal?

– En ninguno.

– Usted miente y por lo tanto no puede viajar a Canadá.

Detrás de la ventanilla, y con mi pasaporte en mano, el funcionario del gobierno canadiense agarró un sello, lo mojó en la camilla de tinta roja y estampó mi documento. Decía: Not Authorized to Travel to Canada. Access Denied. Así terminó mi entrevista.