Camus, 100; 13:55

Pablo Brescia

Hace 100 años Camus apareció en nuestro mundo. El 4 de enero de 1960, a la 1 y 55 minutos de la tarde (hora marcada en el reloj del Facel Vega Sport en el que se estrelló), se fue de él, físicamente al menos. Ya era premio Nóbel. Ya había escrito El extranjero, con uno de los comienzos más inolvidables de la literatura. Tal vez por esa novela me hice fanático de The Cure y su canción —tantas veces malentendida— “Killing an Arab”. Hubo otras obras maestras, como La peste y el personaje que busca la frase perfecta; El malentendido y el triángulo de seres desafortunados; y La caída, su mejor texto, esa larga conversación sobre la ética y el cómo actuar y ese final espeluznante: “¡Pero tranquilicémonos! ¡Ahora ya es demasiado tarde, siempre será demasiado tarde! ¡Felizmente!”. Cuando leí que se cumplían los 100 años, fui a la biblioteca por mi ejemplar de El mito de Sísifo. No lo encontré y me desesperé. Finalmente apareció, con una página marcada hacía, quizá, veinte años. Leí: “En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mira de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando”. Me pregunto si Camus hubiera pensado que ese perro que se salvó del accidente y que nadie encontró constituía el final perfecto de una novela que no alcanzó a escribir.

Y el pescador dijo: “Habla y abrevia tu relato

porque de impaciente que se halla mi alma

se me está saliendo por el pie”.

Las mil 

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