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Descubriendo a Charles Willeford

El misterio de la dentadura postiza

“Solo diga la verdad y lo acusarán de escribir humor negro”, sostuvo alguna vez Charles Willeford, autor de una larga lista de títulos en la que supo combinar el género policial, la literatura regional y la literatura a secas. Willeford había nacido en Little Rock, Arkansas, en 1919, y falleció de un ataque al corazón en 1988 en Miami, cuatro años después de haber publicado Miami Blues (1984), novela protagonizada por el detective Hoke Moseley que tuvo un éxito inmediato, fue llevada al cine con la actuación de Alec Baldwin y lo obligó a abrir una saga con otros tres títulos.

La tuberculosis había matado a su padre en 1922 y a su madre en 1927. Willeford, con ocho años, pasó a vivir con una de sus abuelas en un barrio de Los Angeles, de donde huyó cinco años más tarde, en plena Gran Depresión, subiéndose a un tren y convirtiéndose en una suerte de vagabundo. A los dieciséis deambuló durante meses por la frontera con México hasta que se alistó en el Ejército mintiendo sobre su edad. Estuvo dos años en Filipinas conduciendo camiones de bomberos, luego revistó en la caballería estacionada en el Presidio de Monterey, California, y poco después fue enviado a Europa, interviniendo en la sangrienta batalla de las Ardenas y ganando varias condecoraciones por su valentía en combate. Terminada la guerra, fue destinado a Japón, donde condujo un programa de radio para una de las emisoras del Ejército estadounidense, hasta que finalmente abandonó filas para irse a Perú. Intentó, sin ningún título previo, cursar un posgrado de historia del arte en la Universidad de Bellas Artes de Lima, de donde fue expulsado. Volvió a su país y se alistó en la Fuerza Aérea, permaneciendo en sus filas desde 1949 a 1952.

Y al modo de un James Salter o un J.D. Salinger, entre cuarteles y peligrosos destinos, comenzó a publicar una obra compleja, variopinta e irregular. En 1948 publicó un libro de poesía, Proletarian Laughter, y en 1953 dio a conocer su primera novela, The High Priest of California. Meses después, y durante dos años, volvió a la Fuerza Aérea, siendo destinado a Palm Beach, Florida, estado en el que pasaría el resto de su vida y donde obtendría un máster en Literatura Inglesa en la Universidad de Miami, transformándose luego en docente y ejerciendo la crítica literaria en diversos medios, entre ellos el Miami Herald.

      Robando al viejo pintor

En 1962 Willeford publicó la novela Gallo de pelea (editorial Sajalin, Barcelona, 2016), la historia de Frank Mansfield, un treintañero que ha hecho un voto de silencio que solo romperá si obtiene el título de “Gallero del año”. Su aventura trascurre en los estados del Sur, Florida, Georgia y Alabama, donde se lleva a cabo un famoso torneo de riña de gallos en el que se persigue prestigio y dinero de apuestas. La novela es casi un manual de entrenamiento para los interesados en tan controvertida actividad, que aún se sigue practicando en casi todo nuestro continente: páginas de descripciones y consejos mixturadas con algún que otro escarceo sentimental de Mansfield, construida en lenguaje llano y calmo que, contra lo previsible, no aburren en momento alguno, incluso teniendo en cuenta lo obvio del desenlace. Gallo de pelea (Cockfighter) fue llevada al cine más de una década después con dirección de Monte Hellman y actuación protagónica de Warren Oates.

Nueve años es lo que también demoró Willeford en publicar su siguiente título, que algunos críticos consideran su novela más lograda, The Burnt Orange Heresy (algo así como “La herejía de la naranja quemada”), traducida al castellano por la editorial RBA bajo el anodino título de Una obra maestra (julio 2020) y también llevada al cine recientemente, con las actuaciones de Claes Bang, Donald Sutherland y Mick Jagger. Un prestigioso crítico de arte recibe una propuesta de un coleccionista: este tiene la manera de hacerlo llegar a Jacques Debierue, un enigmático, célebre y anciano artista plástico, e incluso de gestionarle una entrevista consagratoria, pero a cambio le pide que robe una obra del pintor. El libro, que permite a Willeford explayarse sobre diferentes escuelas y corrientes estéticas, va acercándose al género policial a medida que el oscuro pacto se afianza.

Las novelas Pick-up (1955), The Black Mass of Brother Springer (1958), Lust Is a Woman (1958) y The Hombre from Sonora (1971), además de libros de investigación, ensayos y memorias como Something about a soldier, I Was Looking for a Street y Writing and Other Blood Sports son algunos de los otros títulos que completan la bibliografía de Willeford.

       Nuevos horizontes

Dos son los protagonistas centrales de Miami Blues: el detective Hoke Moseley, personaje extravagante y solitario, que se jacta de una perfecta dentadura postiza que le colocó en una sola jornada un dentista amigo, y Freddy Frenger Jr., un ratero menor que acaba de salir de una prisión de San Francisco, California, y viaja a Miami con varias tarjetas de crédito robadas, buscando nuevos horizontes para sus fechorías. Pero su llegada no es todo lo afortunada que hubiera deseado. Encarado por un hare krishna que pide limosna en el aeropuerto de Miami, Freddy le quiebra el dedo corazón y se marcha. Unas horas después el muchacho está muerto a causa del dolor y del estrés.

El absurdo no está indexado solo por este incidente fortuito, casi ridículo, sino que parece acompañar cada paso que Freddy y Hoke dan durante los pocos días en que se cruzan en la Miami de comienzos de los 80, recién invadida por los marielitos, inmersa en el tráfico de drogas y en todas las actividades ilegales que se puedan imaginar. Freddy se ennovia con Susan, sin saber que se trata de la hermana del joven hinduista, y se tropieza una y otra vez con Hoke, hasta que en un sorpresivo incidente le da una paliza, le roba la placa, la pistola y la dentadura postiza, que tira luego bajo uno de los tantos puentes que atraviesan la ciudad.

La construcción de la novela es estupenda y su estilo, cortante, sorprendente, es un homenaje a los notables Jim Thompson y David Goodis. No en vano Elmore Leonard, uno de los grandes maestros del noir, opinó que nadie podría escribir una novela policial mejor que Willeford, y Quentin Tarantino confesó que su película Tiempos violentos (Pulp Fiction) debe muchísimo a Miami blues. El éxito le llegó, pues, tardíamente al escritor, quien fue instado a mantener con vida a Moseley. En la segunda de las novelas, Grimhaven, el detective mata a sus dos hijas y a su exesposa, pero los editores se negaron a publicarla, por lo que Willeford la olvidaría y escribiría otras tres entregas: New Hope for the Dead, Sideswipe y The Way We Die Now. Ninguna de ellas ha sido traducida al castellano; es hora de esperarlas con avidez.

       Miami Blues, de Charles Willeford, editorial RBA, Barcelona, 2019, 254 páginas. Traducción de Íñigo García Ureta

 

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