José Benegas

El Papa es capaz de pedir a la Iglesia que deje de dar prioridad a los postulados morales más irritantes para convertirla en un “hospital de campaña” donde asistir a los heridos. También de indignarse por las consecuencias de migraciones prohibidas en nuestro mundo tan civilizado, como el hundimiento de barcazas llenas de gente en Italia. Sería bueno que profundizara sobre el valor moral de que el ser humano sea etiquetado con la marca nacional, que se lo adscriba a un territorio que define si tienen unos derechos o ninguno. Porque las barcazas se hunden mucho después de que las cosas han sido definidas de esa manera.

A la vez Francisco revitaliza la idea del demonio y de las posesiones diabólicas que pide que no se confundan con problemas psíquicos. «Debemos ser vigilantes siempre contra el engaño, contra la seducción del maligno» insistió el Papa en una homilía el pasado 10 de octubre.

Una visión más pedestre, justamente la que controvertía Su Santidad, es la explicación de las catalogadas posesiones diabólicas como enfermedades mentales. Wikipedia habla de las manifestaciones de este fenómeno sobre el poseído: “memoria o personalidad «borrada», convulsiones, respiración agónica, aversión a lo sagrado, aparición de enfermedades sin causa aparente, acceso a conocimientos sobre sucesos distantes y ocultos (gnosis) y a lenguajes extranjeros (glossolalia) o hablar y entender lenguas desconocidas por el sujeto, muchas de ellas están «muertas«.

Hay aspectos bastante curiosos a destacar, como que al demonio le cueste tanto aprender otros idiomas y habiendo tantas posiciones que pudiera tomar en general se apodere de gente insignificante y lo haga de un modo tan ostensible.

El Papa apuntó a no menospreciar en particular los exorcismos hechos por el propio Jesús de acuerdo a las escrituras y resistir las interpretaciones médicas. Cristo, dijo Francisco, no fue un sanador.

Por un lado la personificación del mal tiene consecuencias en el modo en que tratamos a las personas que no comparten nuestros puntos de vista morales. El Papa citó palabras de Cristo “o estás conmigo o estás contra mí”. Aquél que no es propio, que no pertenece a nuestro círculo de creencias es un contrincante, por lo menos, y uno que está ganado por una forma de mal absoluto que le impide apreciar el bien, que vendríamos a ser “nosotros”.

¿Cómo se define la posesión y se la diferencia, por ejemplo, del enojo? A lo mejor se siente por alguna forma de  revelación que alguien que grita en nombre del diablo está tomado en lugar de estar metido en alguna forma de delirio. Pero cómo estar seguro de la diferencia. ¿Los líderes políticos que exhiben su corrupción pero pasan por el besamanos papal y se fotografían a su lado están poseídos o son simplemente inmorales? Como no asociarlos a palabras de Jesús en el Nuevo Testamento que hablan de la serpiente:  “cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Juan 8, 44)[1].

Qué cosa no se justificará hacer a favor del poseído si está siendo víctima del gran conspirador universal y sus actos no le pertenecen a él sino al que lo está dominando.

Otra tesis sobre los problemas psíquicos no es menos crítica con la noción médica aplicada a las cuestiones de conducta de lo que es respecto de la visión sobrenatural. El psiquiátra Thomas Szasz, autor de “El mito de la enfermedad mental” fallecido el año pasado, insistía en la inconsistencia de tratar a la mente (no al cerebro, que si puede funcionar “mal”) como un objeto de estudio de la medicina y de hablar de comportamientos sanos o enfermosen lugar de hablar de problemas morales o de estados de ánimo que pueden explicarse de manera mucho más concreta. Con la apariencia de ciencia también se puede mistificar. Decía Szaszs “Si tú hablas a Dios, estás rezando; si Dios te habla a ti, tienes esquizofrenia. Si los muertos te hablan, eres un espiritista; si tú hablas a los muertos, eres un esquizofrénico».

El sistema alternativo para lidiar con los problemas de conducta es análisis sobre los valores, el contexto, la responsabilidad y la libertad. Lo sobrenatural da todas esas cosas como resueltas, la aparente ciencia trata a las personas como si fueran objetos y a lo que no se puede entender desde esa perspectiva y no se comparte, como enfermedad. Así se “cura” a lo que se rechaza o si se quiere, se cura al demonio, que no es muy distinto. Si definimos tocar el piano como una enfermedad del alma, un somnífero potente la cura y la invocación del dios anti-piano tal vez termine por sugestionar al pianista y deje de tocar. Pero en la definición hemos hecho todo el trabajo. Si una persona está ostensiblemente alterada con la mitología no nos preguntaríamos nunca si no tendrá algunas buenas razones para estarlo.

La consciencia es individual y los resultados de lo que hacemos son inevitables. Ambas cosas nos permiten aprender y sacar conclusiones generales que en algún momento podrán entrar en crisis y tendremos que encontrar otras ideas más generales o asumir costos en función de un beneficio esperado. También convivimos con otros que pueden estar interesados en el mismo proceso o responder a lo que su estómago les pide en el momento. Incluso tenemos normas para tratar con ellos que no parece sensato que sean las mismas con las que utilizamos con nuestra abuelita.

El bien y el mal pueden ser vistos como valores y antivalores que resultan de un proceso de aprendizaje o como ángeles y demonios. La lucha de deidades con valores negativos en cambio las hace iguales y a nosotros víctimas. Lo cual tranquiliza a mucha gente. Algunos que asumen una posición paternalista piensan que esas simplificaciones son la mejor forma de mantener a la gente más sencilla en el camino “correcto”.

Personalmente me siento mejor sabiendo que cuando respondo a la ética que elijo lo hago por mi mismo y cuando me equivoco nadie más que yo soy responsable, lo cual tiene remedio.



[1] Ver Inos Biffi “Cómo hablan del demonio las escrituras”. L’Osservatore Romano

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