Cuando el destino nos alcance

Robo el  título de una espléndida película de ese gran artesano que era Richard Fleischer y que interpretó Charlton Heston, adaptación de una novela de Harry Harrison, un gran escritor distópico como Richard Matheson o Philip K. Dick que ahora serían simplemente realistas. Después del Covid 19 el mundo no va a ser el de antes, y se ven en el horizonte cambios más drásticos que después del 11S, y eso resulta ya una obviedad. Después del atentado de Nueva York el mundo fue a peor (más guerras, más expansión del terrorismo, más países destrozados cuyas poblaciones quisieron llegar a Europa). La crisis del 2008, la gran estafa global bancaria, la sufrimos los que nada tuvimos que ver con ella y dejó un oculto rastro de cadáveres por el camino (no hay una estadística de los que se suicidaron como consecuencia de ella). Todos estos estallidos, bélicos, financieros, ahora sanitarios, han ido modelando la sociedad en estado de shock.

Si algo positivo se saca de esta atrocidad que nos está diezmando es que el mundo sigue funcionando a otro ritmo con casi toda la humanidad metida en sus casas y que la tímida implementación del teletrabajo (en mi país al menos), va a crecer tan exponencialmente como el maldito virus. La actividad presencial en los centros de trabajo se va a reducir al mínimo indispensable, y que un alto porcentaje de la humanidad trabaje desde sus casas, y emplee menos horas, no solo va a ser bueno para el ahorro de energía y la reducción de gases contaminantes, sino también muy beneficioso para las empresas ya que muchas de ellas podrán prescindir de sus locales o reducirlos a la mínima expresión. Entonces, seamos optimistas dentro de tanta desgracia, la humanidad necesitará cubrir esas horas de ocio tras resetearse, y ahí está la cultura y sus agentes para cubrir esa necesidad.

El mundo del libro ha sobrevivido a sucesivas crisis (la del 2008 fue de una letalidad espantosa, y entre el pan y la lectura la gente se inclinó por lo primero) y, soy optimista, quizá puede salir reforzada de esta. Los que leemos, pocos en este país en el que me encuentro, España, estamos aprovechando estos días de confinamiento para devorar los libros que teníamos atrasados o releer a los clásicos que nos fascinaron en nuestra juventud. El aumento de horas de ocio (vuelvo al teletrabajo) generará espacios de tiempo libre para que cada uno los administre como quiera, y ahí puede estar el libro, en papel y digital  compitiendo en casa con el audiovisual. Las editoriales, en esta tesitura, no deben ralentizar sus publicaciones sino todo lo contrario, lanzar al mercado novedades y hacerlas llegar a los lectores tanto en papel (sigo abogando desde una perspectiva romántica por el libro como artefacto perfecto que se lee, se presta, se lega) como en digital. Y de esta crisis socio sanitaria, y del mundo que se avecina forzosamente diferente del que nos ha tocado vivir hasta ahora, saldrán, no tengo duda, un rosario de novelas notables que van a beber de las experiencias vitales de miles de escritores sumidos, como toda la sociedad, en una situación excepcional y completamente distópica.

Más complicada va a ser la gestión política y la tentación autoritaria que ya se está viendo en algunos países como en Hungría en donde Orban, aprovechando la coyuntura, se dota de poderes excepcionales durante seis años (lo de Duterte en Filipinas, dando la orden de disparar a matar, es peor). La monitorización de los ciudadanos (Orwell a la enésima potencia) insinuada por algunos países  provoca no pocos recelos en la ciudadanía, especialmente la europea reacia a perder cotas de libertad. Tanto China como Corea del Sur han demostrado que ese sistema es eficaz para controlar la expansión de la pandemia, pero los europeos lo vemos como una intrusión violenta en nuestra privacidad, un ataque frontal a nuestra libertad, y ahí hay un dilema democrático, el de si para el bien de la comunidad deben recortarse derechos cívicos. Yo me resisto, claro, porque luego puede haber una tentación de perpetuar ese estado de cosas.

La crisis afecta a la tan mitificada globalización, alabada por políticos y economistas, que se ha demostrado no soluciona problemas urgentes en tiempos de emergencia sanitaria. No tener una industria sanitaria potente in situ (mascarillas, batas, tubos para respirar) promueve una especulación brutal en el bazar mundial y provoca un mayor  índice de letalidad en los países que dependen de la compra de esos suministros a terceros. También la globalización turística, ese turismo lowcost que va de un lado a otro del planeta como abejas enloquecidas, y que sin lugar a dudas ha propiciado la transmisión fulgurante del virus, va a tener que replantearse. El Covid 19 va a suponer una bunkerización de países, con cierre de fronteras (Macron habla de sellar Europa) y un control en la libertad de desplazamientos que va a ser muy difícil de asumir. Estados Unidos, país que lidera contagios y fallecidos, va a quedar muy tocado como modelo social y económico, pero su presidente parece dispuesto a asumir el alto coste de vidas humanas que le supone no disponer de una sanidad pública.

De la economía no hablemos. Ha saltado por los aires. La crisis del 2008 no es nada comparada a esta que algunos comparan ya con el crack del 29. El mundo baja su ritmo de producción enloquecida, que genera una cantidad de residuos industriales imposible de asumir del modelo inviable de usar y tirar, y se ralentiza. Algunos países europeos, como el mío, van a implementar la renta mínima universal para que nadie se quede en la estacada como consecuencia de esta emergencia internacional.

Quizá esta crisis sanitaria global, que también va a afectar a nuestro comportamiento cotidiano y a la forma de relacionarnos, nos haga deslindar lo esencial de lo accesorio, rechazar ese desaforado consumismo que devora todos los recursos del planeta y ver que se puede vivir y ser feliz con muchísimo menos. La naturaleza nos lo agradecerá.