Cuando creí que podía ser un sujeto original

 

Durante el tiempo que viví en Europa, cuando era todavía un muchacho impresionable, lleno de ilusiones y proyectos, de esperanzas para mí y para los míos, se me ocurrió que aquello de Gaudí en España, los duomos de Italia, la Costa Azul, la torre Eiffel, el Museo Británico—se me ocurrió que todo eso estaba muy visto, que mis ojos no serían capaces de ver esas cosas de manera distinta a como las habían visto, a lo largo de cientos de años, otros ojos, cientos de miles de otros ojos; que sólo sería capaz de remedar momentos pasados, calcados a otros momentos pasados, sin aportar apenas otra variación que no fuera la del cambio de generación y de nombres propios. En definitiva, me di cuenta de que seguir ese camino equivalía a aceptar mi banalidad, mi condición estadística. Y también supe que si yo realmente quería experiencias nuevas, que pudiera llamar propias, lo que tenía que hacer era meterme de lleno en el corazón de los países pobres, los patitos feos de Europa.

Mi intención, que nunca seguí al pie de la letra pero que tampoco me permití olvidar, era tratar de vivir al menos un mes en cada sitio, para engañarme a mí mismo con la idea de que no era un turista más, de que podía llegar a empaparme de una rutina —ojalá aburrida— que habría de hacerme pertenecer. Como un objeto más del paisaje, indistinguible de los demás objetos.

Tracé mi itinerario sobre un mapa gastado, ilegible a ratos por las muchas manchas de café y de ketchup que en él había ido dejando, y salí una mañana lluviosa de mayo desde la estación de Sants, seguro de mí mismo y de mi proyecto. Empecé en Francia porque era lo que me quedaba más cerca. Y no paré durante los próximos dos años de vagar, siempre teniendo el este por norte.

En dos años siempre pasan muchas cosas, por muy aburrida que pueda ser la vida de uno, pero a mí me parece que no me pasaron tantas. Sólo éstas:

  1. En París fui a ver a Jodorowski, que leía el tarot gratis en una plaza pública, en compañía de su compañera. Cuando le conté mi historia, se ofreció a leerme el ano. Le agradecí el ofrecimiento pero decliné su oferta, sabedor —consumado lector de anos yo mismo— de que era otra cosa la que buscaba en mis pantalones. También sabía entonces: que ese tipo de lectura puede llegar a volverse adictiva; que teniendo un pasado pobre y un presente mundano, yo no tenía ningún futuro en el cual me interesara escarbar; que los viajes hay que hacerlos a tientas; que ya volveríamos a encontrarnos, Jodorowski y yo.
  1. En la estación de trenes de Bruselas fui asaltado por un grupo de skinheads que, tomándome por un judío errante al ver mi camiseta amarillenta y mi remedo de barba sucia y desaliñada, procedió a golpearme hasta que perdí la conciencia, y con ella un par de muelas. Curiosamente, los golpes que recordaba como los más dolorosos —los puntapiés tele-dirigidos a mis costillas— no me dejaron ninguna marca.
  1. En otra estación de trenes, esta vez en Varsovia, me encontré con un grupo de judíos ortodoxos, los que, al vislumbrar los contornos de mi tatuaje, la ausencia de pelo en mi cabeza y mi recién afeitado rostro, me creyeron nazi. De nada sirvió que intentara razonar con ellos, y sospecho que tampoco ayudó a mi situación el que, en ese momento de confusión, sólo atinara a hacerlo en mi alemán chapurreado, maquinalmente aprendido en el Liceo Alemán. Supongo que aquello les provocó alguna reverberación interior, ya que procedieron a golpearme con más fuerza, si cabe. Esa vez no perdí ningún diente, eso sí, y de hecho hasta conseguí ponerme de pie con cierta dignidad y despedirme de ellos con el brazo derecho en alto.
  1. En Sarajevo, cuando todavía caían bombas y las fronteras estaban cerradas literalmente a fuego de metralla, me topé con el diablo (o con alguien que me pareció que podría ser el diablo, si éste existiera, si tuviera que estar en algún lugar de la tierra). Y me sonrió. Vestía una chaqueta militar verde, unos pantalones negros, un bastón enchapado en plata, y no tenía bigotes ni cola. Yo estaba con una camiseta sin mangas y unos jeans gastados. Tampoco tenía bigote, aunque en mi caso no era algo que pudiera remediarse. Dijo llamarse Senad. Senad Slatina. Nos tomamos una copa juntos —un coñac, él; una cerveza tibia, yo—, en un bar de la calle Ferhadija cuyo nombre jamás conseguí pronunciar y ahora he olvidado. Y él pagó después de darme su correo electrónico. Nunca me atreví a escribirle.
  1. En Estambul fui a ver un partido de fútbol entre el Fenerbahçe y el Galatasaray y nunca, ni antes ni después de aquello, he sentido tanto terror. Terror de que las gradas cayeran al vacío, y yo con ellas; terror de que fuera ésa mi última noche en esta tierra; terror de que al abandonar el mundo nadie fuera a echarme de menos. Sobreviví, y conmigo el recuerdo de esos terrores. Había soñado antes con cómo sería morir, comparando a la muerte con el vacío negro de una noche sin sueños perdurables. En Turquía me pareció que no era necesario soñarla, a la muerte; ya no más. En Turquía sentí que por un momento la había contemplado.
  1. En Sofia no encontré la estatua de Hristo Stoichkov. Y tampoco encontré nada con qué conformarme. Bulgaria me pareció un país frío de gente que no terminaba de ser bella.
  1. En Bratislava conocí a Maria, amante de las películas de Martin Scorsese. Vivimos juntos durante dos semanas, en las que llegamos a ponerle nombre a los hijos que tendríamos (Dayanira y Constantino). Peleamos porque ella nunca pudo reconciliarse con la idea de que a mí no me gustara Mean Streets pero sí Bringing Out the Dead. Ahora que han pasado muchos años y ya no llevo conmigo el velo del resentimiento (llegó a decirme, durante la última y definitiva pelea, que yo era una mierda, que ya no existía para ella, que no me conocía, que me perdiera), soy capaz de reconocer que tuve mi cuota de responsabilidad en el quiebre. Habrán de entenderme: yo era joven y engreído y no fui capaz, les juro que no fui capaz, de soportar que alguien de Europa del Este nunca hubiera visto nada de Kieslowski. Me resultaba tan absurdo, tan imposible de creer, como que un chileno no estuviera familiarizado con la obra completa de Iván Osnovikoff y Bettina Perut. Así que nos despedimos como enemigos íntimos, y estoy seguro de que todavía nos odiamos.
  1. En Chisinau se me acabó el dinero sin darme cuenta de que se me había acabado el dinero. Llevaba una semana sin revisar el saldo de la tarjeta, temeroso de enfrentar una verdad que de todos modos terminaría por presentarse sola. La cuenta del bar tuve que pagarla lavando platos (sí, aparentemente todavía se hace eso), apilando mesas y sillas y trapeando el piso del bar irlandés The Irish Rover. Esa noche y la siguiente tuve que dormir al alero de una iglesia musulmana hasta que por fin llegaron los dos mil dólares de mis padres a Western Union. Y volví a Chile. Y nunca me volvió a pasar nada digno de mención.

Del Libro Cuando éramos jóvenes – Sudaquia Editores 2012. (Descarga el ebook desde la imagen)

CUANDO ERAMOS JOVENES by FRANCISCO DIAZ KLAASSEN-2