CRÓNICAS ILEGALES: Un tatuaje en el kuloski…

gino»Tanto el capitalismo, cuanto el comunismo, son  sistemas socio-económicos funestos, pero si no te gusta el capitalismo, puedes mandar todo a la mierda y largarte a dónde te dé la regalada gana; mientras que en el comunismo, eres un pobre y triste prisionero que, para escapar, tiene que jugarse la vida…»

Así hablaba -en broken English–  Delfín Kitorán, artista ruso del tatuaje -una de las estrellas del salón de tattoo Miami Blue- mientras repasaba con tintas de colores un alegre dibujo en la turgente nalga derecha de Sibrinka, bailarina ‘teibolera’ kasajistana. El maestro trabajaba bajo la atenta mirada de Yegor, novio de Sibrinka, y guardaespaldas del Belyye Zadnitsy, puticlub clandestino de Miami Beach, manejado por un expolicía soviético asilado.

Por ese entonces me había ganado el puesto de ‘manager’ del Miami Blue, un día en que fui con un camión de mudanzas, llevando muebles y enseres, y leí en voz alta unos afiches escritos con los caracteres cirílicos del alfabeto ruso -que justamente decía ‘Aquí se habla ruso’- como practicando lo poco que aprendí de mis profesores comunistas, durante el gobierno militar, en mi país. Inmediatamente capté la atención de Alberto Murillo -brasileño, pelón de bigotito, dueño del taller- a quién no solo le agradó mi gracioso ‘portuñol’, sino que vio la posibilidad de que pudiera ayudar a Delfín y a sus clientes, que no dominaban del todo el alfabeto occidental. Quedé como una especie de traductor, entre los dos alfabetos.

‘Manager’ resultó un título demasiado pomposo, ya que mis tareas eran, en su mayoría, llegar temprano, abrir y cerrar el taller, comprar los cafés y los refrigerios, botar la basura y encargarme de que cada puesto de los maestros tatuadores esté quirúrgicamente limpio y con todas las herramientas y los materiales necesarios para su labor.

En pocos días, mis habilidades con el dibujo, y en especial con la caligrafía, hicieron que me dieran algunas tareas de confianza y se animaran a contratar a Bambi, una joven cajera miamense, muy atractiva -a pesar de que tenía tatuajes hasta en el clítoris- con el fin de que también me ayudara en las labores domésticas, y así yo pueda empezar a dar mis primeros pininos diseñando tatuajes, pero solo en el papel de calcar.

Esperando turno estaba Mateo, un chileno auto-exiliado desde la caída de Allende, quien hablaba de las bondades del comunismo (y vivía en USA), usando lemas trasnochados y augurando que »el fuego purificador encendido en Venezuela se expandirá por todo el Edén de las Américas» y cojudeces de esas, secundado por su exalumna y actual novia, Marcela, quien tenía la ‘fuerza combativa’ en plena efervescencia, pues acababa de terminar su bachillerato en sociología, recién a los cincuenta y cuatro años, luego de quince  años de estudio en una universidad de Florida. Marcela andaba ‘en pie de guerra’, como cuando todos éramos ‘cachimbos’ (freshmen), allá por los setenta…

Mateo, licenciado en literatura y profesor de secundaria jubilado,  quería retocarse el antiguo tatuaje del Che Guevara que llevaba en el hombro y su chiqui-vieja quería ponerse un piercing revolucionario en el ombligo. Escuchar a esta pareja anacrónica, contando sus ‘planes futuros’ de regresar a su país y colaborar con la causa, una vez que se expandiera el socialismo en las Américas, me hizo rejuvenecer por unos instantes, llevándome a las épocas de mis estudios universitarios en San Marcos, cuando cantábamos Que la tortilla se vuelva y huevadas por el estilo. En un principio me enternecieron, pero a los pocos minutos me llegaron al pincho…

Yegor, con su metro noventa y sus 120 kilos de peso, cortó la emoción revolucionaria, con su tremenda voz de barítono: »Ustedes los intelectuales de izquierda, charlatanes de cafecito burgués, no creen en la igualdad. Lo que quieren es que todos los demás sean igualmente sufridos, mientas ustedes se enquistan eternamente en las cúpulas del poder, como viejas cortesanas, hablándoles al oído a los dictadores de turno e instruyéndoles sobre la mejor forma de manejar las mentes de la borregada, y que esta no se atreva ni siquiera a desear un centésimo de las comodidades y lujos que ustedes piensan compartir con las cúpulas dirigenciales… todo lo demás es jarabe de lengua. Con gusto los exterminaría a todos y le haría un bien a la humanidad…»

Todos miraron al piso y yo sentí una brisa de placer malsano: ya no me apenan los falsos igualitarios, ni los cacasenos, ni los mesías, ni los vendedores de sebo de culebra.Yo soy del club de Yegor.

Delfín sonreía complacido, como al desgaire, para quedar bien con sus cuatro clientes. En realidad estaba de acuerdo con lo que decía su compatriota, pero no podía reventarle cohetes para no incomodar a su clientela bermeja. Me llamó amablemente para que limpie las manchas de tinta alrededor del tatuaje con una solución especial y lo cubra con celofán, asegurándolo con cinta adhesiva para conservar el tatuaje por dos días, hasta que la tinta secara completamente.

Bajo la mirada algo amenazante de Yegor, apoyé mi mano izquierda, con el mayor cuidado, sobre la zona izquierdo-lumbar-baja de Sibrinka, aplicando el líquido disolvente sobre el tatuaje y empezando a frotar con algodón, con la mano derecha, procurando sacar solo los sobrantes superficiales de tinta, sin atacar la que fuera introducida bajo la piel por las agujas y sin perder el pulso por estar en contacto con ese hermoso par de glúteos kasajistanos. El tatuaje era muy bonito: una alegoría de nuestras playas, bikinis, yates y palmeras, con una cinta, tipo pancarta, que decía »Miami Beach», cuya leyenda yo mismo había dibujado sobre el papel Canson, con letras cursivas de estilo inglés y sombra excéntrica inferior, a pedido de Delfín… Al develar el tatuaje, sentí el mismo escalofrío que sentí la primera vez que salté de un avión Antonov, con un paracaídas canadiense tan viejo, que parecía de la Segunda Guerra Mundial. En vez de coger el dibujo con la leyenda ‘Miami Beach’, Delfín había agarrado un borrador inicial del día anterior (que debería haber estado en el basurero), donde, jugando con los tatuadores chicanos del taller, le habíamos puesto una leyenda que decía »Miami Bitch» (La PERRA de Miami) y ningún soviético se dio cuenta. Estuve a punto de decírselo, pero temiendo que no haya arreglo y considerando el físico, el temperamento y la trayectoria de Yegor, preferí callar cobardemente, como el Colegio Médico, cada vez que un doctor comete alguna salvajada. Mientras Yegor pagaba satisfecho y Sibrinka salía feliz, moviendo el culo al compás de sus tacones número doce, yo, aprovechando mi hora de refrigerio, seguí de frente, sin hambre ni sed, hasta donde estaba mi viejo Volvo. Puse mi celular en la consola y vi la imagen de Bambi, que me llamaba desde el Chalán On the Beach, recordándome que la había invitado a almorzar. Me disculpé como pude, prometiéndole buscarla en unos días, con una mejor invitación, cortando la llamada a mitad del ‘fuck you’ de respuesta. Puse primera y arranqué, y, esa misma tarde, empecé los trámites de mi mudanza a Kendall Lakes…

Ginonzski.

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