Conversación sobre libros y literatura

Marco García Falcón (Lima, 1970) es uno de los escritores peruanos más reconocidos en la actualidad. Ha publicado París personal (2002), El cielo de Capri (2007), Un olvidado asombro (2014), Esta casa Vacía (2017), La luz inesperada (2018). En el 2018 obtuvo el Premio Nacional de Literatura.

Hay quienes consideran que ser escritor es más que publicar un libro. ¿Qué es un escritor para Marco García Falcón?

En un primer nivel un escritor es alguien que escribe y que por lo general lo hace por una necesidad interior, a veces inexplicable. Bueno o malo, brillante o mediocre, un escritor encuentra en las palabras un medio ineludible para expresarse y comunicar. De una manera nada romántica, Philip Roth dice que un escritor es alquien que se encierra en un cuarto a trabajar toxicomaniacamente con las palabras. Y es verdad. Lo hace como un minero y, a veces, como un orfebre. Es cierta también la definición que hace Rosa Montero. El escritor no se maneja bien en el mundo, algo le falta, y construye en la escritura un esqueleto exógeno, una estructura que lo sostiene y que muchas veces es lo único que le permite expresar sus emociones. Tiene también una sed de absoluto, un afán de trascendencia, y lo asiste esa fe misteriosa de que mientras escriba la muerte no lo alcanzará. Para mí a los escritores se les ha perdido algo, quizá en el pasado, quizá en la infancia, y lo buscan en las palabras. Esa búsqueda tiene que ver con el sentido de la existencia, algo que toda persona se plantea en algún momento, y es por eso que la escritura literaria ha tenido y tiene un valor.

A partir de todos los autores que has leído, ¿quiénes serían los referentes que han marcado el camino de tu vocación literaria?

Ribeyro, Borges, Nabokov, Roth, Calvino. Tienen todo lo que a mí me gusta en la literatura: exactitud en la palabra, cierta sabiduría de la experiencia, y una inventiva que se alimenta por igual de la emoción y la inteligencia. También valoro mucho los libros “escritos desde la oscuridad”, como los de Joan Didion, Natalia Ginzburg, Piedad Bonett, Hainif Kureishi, Julian Barnes, entre muchos otros. Son libros con nervio y con verdad, que sus autores “han tenido que escribir”, es decir, se los han sacado de encima como quien se despoja de un cuerpo que ya ha crecido demasiado y reclama un espacio propio para existir y cuyo distanciamiento les ha permitido, a estos autores, seguir llevando una vida propia.

En tus libros no solo se narra sino, además, se reflexiona. ¿Por qué la literatura necesita un espacio para la reflexión?

Es una opción. En literatura lo fundamental es mostrar o sugerir, hacer preguntas, no dar respuestas o promover enseñanzas. Si un texto narrativo, además de entretener o conmover, te hace pensar, es un valor añadido. A mí me interesa eso que se llama el pensamiento literario: observaciones, comentarios, la presencia de detalles que, paradójicamente, son muy significativos o metáforas que condensan la experiencia humana. Es una de mis búsquedas literarias: narrar y, a la vez, reflexionar.    

Recibiste el Premio Nacional de Literatura en el 2018. ¿Qué ha cambiado en tu vida desde entonces?

Creo que uno siempre escribe medio ciego, a tientas, y que los lectores son los que finalmente te dicen lo que has hecho. Un premio es, en el fondo, la aprobación que te dan ciertos lectores especializados. Recibirlos es un estímulo, pero tengo claro que un premio no crea ni destruye a un escritor. A mí el PNL me ha dado una mayor visibilidad. Pero es algo externo. Frente a la página en blanco sigo sintiendo la misma ilusión y el mismo miedo de siempre.

Los espacios digitales han permitido la publicación de literatura con mayor difusión que antes. ¿Eres de los que cree que los espacios virtuales terminarán desplazando a los libros en físico?

Creo que no. Lo virtual es más accesible y te permite tener miles de libros en una pantalla. Esa es una ventaja clarísima, pero los que amamos la literatura necesitamos ese vínculo sensorial con el libro. La textura, el olor, incluso el peso. Como todos los amores intensos, pasionales, el de los libros demanda el contacto físico. Eso se puede ver en las comunidades literarias virtuales, cuyos miembros reclaman en serio y entre bromas no quedarse en el PDF. Ahora mismo, que se han liberado muchos libros virtuales, no son pocos los que esperan que las librerías vuelvan a operar y te lleven un libro físico a la casa.

Eres escritor y docente, y además estás en constante actividad cultural. ¿Qué experiencia con el desarrollo de talleres de escritura en estos años?

La mejor. Nos reunimos con la idea de que se puede enseñar a escribir. Y pienso que, si alguien tiene una necesidad profunda, verdadera, de comunicar algo, claro que se le puede enseñar a usar ciertas técnicas y a interiorizar herramientas para desarrollar una sensibilidad y una mirada personales. Pero en mi caso es algo más que eso. Es la posibilidad de conversar sobre ciertos textos particularmente valiosos e iluminadores y, a partir de ellos, reflexionar sobre nuestras experiencias como personas y como miembros de una sociedad. Los talleres se convierten, entonces, en grandes espacios para el diálogo y el descubrimiento.

Finalmente, a los aspirantes a escritores que leen esta entrevista, ¿qué consejo podrías darles?

Que no se queden en la imitación. Es cierto que uno siempre empieza imitando por una cuestión de admiración, pero es un momento o etapa que hay que tomar de una manera consciente y fértil. Es necesario dar el siguiente paso. Tratar de ser uno mismo y de revelar aquello único y original que todos llevamos dentro. Hacerlo nos es fácil. Supone una mezcla extraordinaria de paciencia, humildad y valentía.