Cómo matar la literatura con buenas intenciones

Uno de los géneros literarios más antiguos es sin duda el de la fábula, siendo las más conocidas las de Esopo, esas que siempre terminan con una enseñanza moral. Y se entiende que ese es el objetivo fundamental del género. Lo comprendemos y aceptamos desde el momento que leemos la primera línea. De la misma manera en la que comprendemos y aceptamos que el resto de la literatura, o por lo menos gran parte de la narrativa, la poesía o el ensayo, es un arte que pretende remover lo más profundo del alma humana. Aunque en los últimos tiempos, parece que no todos están de acuerdo.

Hace unos años, una reconocida escritora de cuentos realizó una conferencia sobre la obra de Gabriel García Márquez vista desde el feminismo. No podía asistir porque me encontraba lejos, pero de haber podido, tampoco habría ido. Filtrar la literatura desde un punto de vista ajeno al mismo arte es restar la importancia a un oficio que, si por algo se ha distinguido a lo largo de los siglos, es por su libertad.

Esta libertad le ha otorgado una enorme capacidad para sacudir conciencias y romper esquemas. En la narrativa es común ver personajes cínicos, machistas, perversos, asesinos, sádicos. Cierta poesía podría tomarse como apología al suicidio. Y la lista podría ser infinita, pero esto no quiere decir que la obra en sí misma promueva este tipo de actitudes o de acciones. Al contrario, la literatura confronta al lector, le presenta acciones, en ocasiones, completa y absolutamente condenables y permite un cuestionamiento sobre los motivos que pueden llevar a los seres humanos a cometerlas. Y el cuestionarse es parte fundamental del desarrollo de la mente humana.

Durante la época soviética, varios escritores fueron represaliados porque sus escritos no se ajustaban a los principios de la revolución. En Estados Unidos, Lolita de Nabokov fue censurada en gran parte del país. Incluso Werner Fuld, en su Breve historia de los libros prohibidos, asegura que la nación norteamericana es el país que más obras ha censurado en la historia, incluso por encima del Vaticano. Y si por algo se prohíben los libros es precisamente por la libertad que representa y que choca con las visiones limitadas, surgidas a partir de una moral o de una ideología.

El problema de los últimos tiempos es que parece que estas morales, estas visiones, estas ideologías (que los son, aunque muchos temen a usar esta palabra) están por encima del arte: cuentos infantiles mutilados, adaptados o prácticamente prohibidos en algunos colegios; peticiones de retirar libros de ciertos autores de bibliotecas o librerías porque no se ajustan a la moral en turno o porque el autor cometió un delito o dijo algo que a un grupo de personas escandalizó; prohibición de libros de anatomía en algunas cárceles para evitar tentaciones a los presos. Y así, cada día surgen noticias donde las buenas intenciones se convierten en mecanismos de censura.

Pero quizá el límite se cruzó hace algunas semanas cuando varios traductores se retiraron o fueron retirados de su trabajo porque no se ajustaban a los criterios impuestos por la poeta, y ahora estrella de la literatura estadounidense, Amanda Gorman, quien exigió que dicho trabajo sólo debería ser realizado por mujeres que, si no eran de raza negra, por lo menos fueran activistas.

Y es así como la literatura y los libros no necesitan de odio y una cerilla para arder. Las buenas intenciones se convierten en el fuego que consume las ideas y el pensamiento. Las buenas intenciones como arma de censura. En resumen, las buenas conciencias pretenden convertir la literatura entera en una fábula de Esopo.

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