Código Federer: la inspiración es contagiosa

 Federer saludando a los niños pasapelotas de Wimbledon. Foto: captura de entrevista con revista Vogue.

 

En el año 2004 escribí un guion de un cortometraje que sucedía en Santiago de Chile. En él había un diálogo que ironizaba con una situación vivida por uno de los personajes. «Eso es más difícil que ganarle a Roger Federer po». No recuerdo mucho más de ese corto, sólo que nunca se hizo y quedó como uno de esos tantos proyectos de juventud, que desde el entusiasmo pasan rápidamente al estancamiento. Lo que sí recuerdo es que mi amigo Cristóbal Prado, actor de profesión y cinéfilo de fuste, me recomendó que casarse con una referencia deportiva de ese tipo podía hacer que el cortometraje fuera demasiado prisionero de su tiempo, porque lo de Federer iba a pasar tarde o temprano.

Han pasado 15 años, Roger Federer cumple en estos días 38 y es el mejor jugador de la historia del tenis. Perdió semanas atrás una final increíble en Wimbledon contra el serbio, quien es el número 1 del mundo hace ya un tiempo. Fue una final increíble porque estuvo a dos puntos de ganar el partido, porque en semifinales le ganó al siempre difícil Rafa Nadal y porque jugó un tenis de excelencia durante todo el torneo.

Mi amigo Cristóbal Prado no sabe que siempre me acuerdo de esa disputa creativa de juventud que tuvimos sobre un diálogo del cortometraje que nunca se hizo. Tampoco sabe que mi sueño es ver en vivo a Roger Federer. Menos se debe imaginar que cuando el partido contra Djokovic se puso cuesta arriba, me comuniqué con mis fantasmas favoritos para pedir una ayuda por el suizo. Fue triste ver en el postpartido a Federer fastidiado por la derrota. Era la final que muchos querían que ganara y la perdió, aunque varios dirán que no era el favorito. Federer no es el mismo de antes, decían algunos por redes sociales, lo que no es un gran descubrimiento científico. No es un misterio para nadie; Djokovic tiene un presente con estadísticas a favor. Los años no pasan en vano y el ganador de 20 títulos de Grand Slam, dos más que Nadal y 4 más que Djokovic, ha tenido que cambiar y adaptar su juego a su estatus actual de jugador «maduro». Ahora cierra los puntos antes y falla muchas pelotas que antes no fallaba. Pero sigue ahí, en la parte de arriba del ranking. Es el número 3 del mundo con 38 años y quién sabe si vuelva a tener una oportunidad como la del último Wimbledon. Hay un morbo gigantesco en la prensa, no sólo deportiva, por saber cuánto le queda al tenista de Basilea, antes de su retiro.

Soy un chileno de la generación de Roger Federer. Estaba estudiando mi primer año de periodismo cuando el suizo le ganó a Sampras en ese partido histórico de 2001, también en Wimbledon. Estaba entre los últimos años de la carrera y los primeros de cesantía cuando el querido compatriota Fernando González, también conocido como el Bombardero de La Reina, perdió 10 partidos seguidos contra el suizo. Decidí varias veces dormir menos horas en esos años para ver transmisiones televisivas internacionales en las que Federer arrasaba con González. Más allá de la admiración que tenía por el rival, no eran derrotas gratas, por supuesto. Mi recuerdo en lenguaje simple es que el suizo era tan bueno que obligaba al chileno a improvisar y ese era un terreno incómodo para él. Pero no hay mal que dure diez partidos de tenis. Y soy de la generación que vio en vivo a González ganarle a Federer en el Torneo de Maestros de Shanghai, el 12 de noviembre de 2007.

El contraste es extraño y sacude el escaso patriotismo que me queda y que en Chile te recuerdan más de la cuenta con las banderitas multiplicadas por mil durante cada septiembre. Me pasa lo siguiente: sentí y resentí más la derrota de Federer contra Djokovic en el último Wimbledon que esas diez al hilo de Fernando González cuando la juventud me amplificaba las emociones. Pasa otra cosa: la imagen del Federer derrotado en el pasto de Wimbledon me ha quedado grabada con tanta fuerza, que sospecho que su rostro acongojado y sus palabras tristemente emocionadas costará que den paso a la del deportista imbatible que era hace una década. La culpa la tiene esa frase maravillosa que dijo luego de la final, la más larga en la historia del torneo inglés. «Espero que sea útil para creer que a los 37 años todavía se puede. Ojalá sirva como una inspiración», lanzó a los asistentes en la pista central y a todos los que estábamos viendo por televisión. La frase fue replicada en medios de prensa de todo el mundo. También en Twitter. Un paréntesis: sólo Federer puede lograr que Twitter deje de ser el infierno por un rato. Y es que este último Wimbledon hizo recordar el gran ensayo del fallecido escritor estadounidense David Foster Wallace, «Roger Federer as Religious Experience», cuando destaca «su estoicismo de la vieja escuela y su fortaleza mental; su ética deportiva y decencia fuera de serie, su consideración y caritativa generosidad.Todo eso está a la distancia de una búsqueda en Google».

«Amo mi raqueta, es una extensión de mi brazo», admite Federer. Foto: captura de entrevista con revista Vogue.

Foster Wallace tenía razón. Llevo años buscando cosas de Federer en Google y lo reconozco como un ejemplo. Es que no hay forma de que este ser humano escape al cliché de «es un grande dentro y fuera de la cancha». Hace unos días le envié a una amiga la entrevista de 73 preguntas que le hizo la revista Vogue y su respuesta fue tan honesta como chilena. «Qué hueón más simpático», me dijo. Porque Federer es tan especial que, así como contribuye al cliché antes mencionado, también tira por la borda ese otro de que los grandes talentos son genios atormentados. No hay nada de tormento en él. Sólo hay calma, belleza y pasión. Federer es el más cinematográfico de los tenistas. Tiene de Steven Spielberg la planificación y la emoción; de Agnès Varda ese inmenso amor por el juego y de Werner Herzog el fuego y el hielo para decidir la suerte de un partido, gane o pierda. Así, además, pasa a ser un antihéroe espontáneo, mucho más apreciado que esos antihéroes a la fuerza que tienen más tatuajes, más parafernalia, más marketing y gritan más de la cuenta. Hasta en la derrota hay perfección. Sólo alguien que sabe lo que pesa su lugar en el deporte puede invitar a la reflexión de millones de personas sobre la edad a la hora de conseguir cosas en la vida. Así es Federer. Su pasión es tan genuina que logra la identificación del público de todas partes del mundo. El suizo rompe la idea de las banderas y el patriotismo, quizás su figura como deportista es tan grande que se podría inventar una nacionalidad Federer, un código Federer. No quiero ser cruel ni hilar demasiado fino, pero ¿se fijaron que cuando Djokovic ganó Wimbledon miró al público con una sonrisa contenida? Tal vez esperaba un aplauso mayor.

Tenemos una conversación pendiente con mi amigo Cristóbal Prado, respecto a Roger Federer y a ese cortometraje de juventud que no se concretó. Cuando lo vea, le voy a citar el final del ensayo de Foster Wallace: «El genio no es imitable. En cambio, la inspiración es contagiosa».