Clarice, Coelho, Bolsonaro

Vivimos en un pedazo de tierra que convencionalmente se llama América Latina. De los 21 países en esta porción de tierra, 19 hablan predominantemente español. A excepción de la mitad de una isla perdida entre otras 12 en el Caribe que, con encanto, tiene el francés como lengua materna, y sin tener en cuenta las más de 500 lenguas indígenas repartidas en los casi 20 millones de metros cuadrados de este parque infantil, resta Brasil.

El Brasil.

Colonizado por los portugueses,  pueblo sui-generis, que nos dejaron como legado este idioma llamado… portugués. Tan útil, tan extendido, tan cartesiano, tan consistente con los colonizadores y colonizados.

El portugués. El portugués brasileño es un dialecto español excéntrico; es el simulacro del castellano hablado por un ruso borracho; uno más entre los tantos instrumentos de percusión para el samba de exportación. Y esto se refleja en nuestra cultura escrita. ¿Cuáles son los dos máximos exponentes de la literatura brasileña fuera de nuestros dominios? Clarice Lispector y Paulo Coelho.

Clarice.

Quizás el mayor genio literario brasileño de todos los tiempos. Tan atormentada como hermética. No entender sus textos es parte de entender su trabajo. Casi imposible de descifrar en su propio idioma, imagino el arduo trabajo de sus traductores y lectores en todo el mundo.

«La pasión según GH», su obra maestra. No hay nadie que la entienda, nadie que la critique.

Coelho.

El más subyugado de los autores sobreestimados. Sus detractores dieron en el clavo: Paulo creó una vasta obra de más de 20 libros que cuentan la misma historia que, por cierto, no fue creada por él. Por otro lado, la mejor faceta de su talento aparece en las muchas letras de música compuestas para genios como Raul Seixas y Rita Lee, máximos exponentes de la contracultura local que se hicieron famosos en parte gracias a la lujosa asistencia de Paulinho y sus delírios.

Un Bob Dylan sin el beneficio de un Nobel.

Moraleja de la historia.

La cultura brasileña que prevalece en todo el mundo es ignorada o despreciada por los propios brasileños, quienes, a su vez, también ignoran y desdeñan la cultura de sus vecinos geográficos.

¿Por despecho? Probablemente. ¿Ideología? Lo dudo. ¿Limitación intelectual? No seamos tan simplistas.

Este es un plato completo para toda una vida de terapia basada en más de 500 años de sentirse inadecuado. El portugués es un idioma lleno de sutilezas, tierra fértil para las ironías finas, sinónimos que están hechos de antónimos, donde el no significa sí. O no.

Un idioma culto e ilimitado…  condenado a la extinción. ¿Extremista yo? Ni tanto. A ver: el mercado editorial brasileño se contrae por sexto año consecutivo, un promedio de 10 millones de dólares menos cada año. El imperio más grande de revistas en Brasil entró en un acuerdo judicial exactamente hace 2 años, extinguiendo el 90% de los títulos del país.

Grandes cadenas de librerías cerraron sus puertas; y la lectura llegó a ser vista como una transgresión política por parte del gobierno actual. Nunca tantos libros traducidos llegaron a los estantes con tantos errores de revisión.

¿A quién recurrir?

¿A los dispersos compatriotas portugueses, africanos y chinos que todavía insisten en hablar el mismo idioma que el nuestro como Quijote luchando contra los molinos? Es mejor inscribirse en un curso de idiomas y leerlo en el original. Y no solo Quijote, sino también Cien años de soledad, El Aleph, Conversación en la Catedral, Bestiario y tantos otros que nuestra vana filosofía tropical ni siquiera sueña.

Porque, obviamente, nuestros tan queridos recuerdos póstumos de Brás Cubas, Grande Sertão: Veredas, Morte e Vida Severina, A Hora da Estrela … se han convertido en una envoltura de pescado hace mucho tiempo.

Después de 520 años, puedo decir categóricamente: ustedes, hermanos latinoamericanos que hablan este español fluido, este esperanto ventoso, este idioma tan extendido, extrovertido, hermoso, que se entienden tan bien, que pasan su recreo juntos excluyendo al compañero de clase extraño quien habla todo con ese irritante sufijo «inho», han sacudido la autoestima de una nación entera de una manera irreversible.

 

Y para colmo, el mejor escritor brasileño de hoy es argentino. Pero ese es un tema para otra conversación.