«Y la ciudad, ahora, es como un plano de mis humillaciones y fracasos», dice Borges en el célebre poema «Buenos Aires». Uno de los tantos que dedicó a su querida ciudad, pero también uno de los más abstractos. En este Buenos Aires no hay referencias explícitas a la Plaza de Mayo ni a la esquina del Once ni al Obelisco. En este poema hay otra cosa, la abstracción y el desgarro de Borges presenta a su ciudad como si fuera una dimensión corporal, que tendría la facultad de sentir tan visceralmente como el poeta. Remata Borges: «No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto», en un verso que fue reactualizado por el músico Pedro Aznar cuando convirtió este poema en canción para el disco «Caja de Música» (2000).

Siempre he pensado que el espanto en la ciudad de Borges, es el mismo espanto que acecha a Violeta Parra en «Santiago penando estás»; ese de la metamorfosis de una ciudad que antes caminaba el presidente, y ahora ya no. Para encontrar el Santiago que añora, la cantautora chilena tendrá que ir a la Biblioteca: «…Santiago del ochocientos, para poderte mirar, tendré que ver los apuntes del archivo nacional, te derrumbaron el cuerpo y tu alma salió a rodar, Santiago, penando estás».

La ciudad es el todo de los creadores: nostalgia, deseo y sufrimiento. Prejuicios de ellos como caminantes y soñadores citadinos también. La importancia de las calles está definida por la propia experiencia del sujeto con su vida urbana, asociada a pequeños momentos y grandes acontecimientos que quedan escritos en letreros imaginarios, paralelos a los que nos indican los nombres de las avenidas, cuando no han sido destrozados por un ciudadano iracundo.

¿Qué son los lugares de una ciudad sino la eternidad de un derrotero? La abstracción poética de Borges es paradójica para referir el pasado y el presente en la ciudad: «Aquí el incierto ayer y el hoy distinto», dice. Pero con este verso da la clave para entender que el efecto de repetición, de caminar y caminar por la ciudad, nos presenta diferencias temporales y personajes de ida y vuelta gracias a la memoria. La ciudad es memoria, nuestra testigo, incluso más que algunos de nuestros cercanos, a quienes callamos nuestros fracasos. La ciudad es el testigo interminable.

Borges y el inicio de su poema porteño me lleva a recordar películas, canciones y cuentos, donde la derrota —de una mujer o de un hombre— configura un vínculo doloroso con la ciudad, la que después acecha y «pena la mente» de un personaje, con el mal recuerdo y la cicatriz del alma, como en el plan nostálgico de Violeta Parra. «Adónde está la alegría del Calicanto de ayer, se dice que un presidente lo recorría de a pie, no había ningún abismo entre el pueblo y su merced, el de hoy, no sé quién es».

Pero seamos justos, también podemos apreciar el sabor de la victoria en la ciudad. Permítame el lector contar un caso muy personal. Una de las últimas veces en que caminé en (muy) larga duración por Santiago, fue cuando la selección chilena de fútbol ganó la Copa América Bicentenario, el 26 de junio de 2016, en East Rutherford, Nueva Jersey, Estados Unidos. Fue un bicampeonato, ya que el año anterior había ganado también la Copa América, realizada en Chile. La caminata nocturna duró casi dos horas, desde Las Condes hasta Santiago Centro. La definí como la caminata del éxtasis; miles de personas olvidaron sus penas ese día en las calles de la ciudad, para sacudir sus gritos de venganza por tantas derrotas en ella. Inolvidable. Aquella noche Santiago se me descontextualizó, a mí y asumo que a todos. Nadie nos iba a hacer el mal en esa madrugada, así de poético. Aunque seguro que si me pongo a escarbar, alguien rompió la regla. No es tan difícil romperlas en las ciudades sudamericanas.

Recientemente conocí la ciudad mexicana de Guanajuato, una belleza arquitectónica muy colorida que me recordó a Valparaíso. Son ciudades hermanas, le dije a un colega. Él insistió en marcarme las diferencias y tenía razón, pero en una de esas escapadas buscando comida, me encontré con una joven pareja en crisis. Quizás ambos mexicanos (no tengo certeza); los dos lloraban en una esquina guanajuatense. El oído entrenado me hizo escuchar la palabra «definitivo», y entendí que eso que veía de reojo era un «no va más». Un corte. Una patá, como decimos en Chile. Y ahí me apareció Borges y Violeta Parra, ejemplificándome que entre la coquetería, los colores y la imponencia del Teatro Juárez, se instalaba la humillación y la pena, que acompañará a esa pareja por un tiempo indefinido. Nadie olvida tan rápido en la ciudad. La memoria me llevó a asociar ese quiebre presenciado con alguna escena similar cerca de la plaza Aníbal Pinto en Valparaíso. Comenté la situación en Ciudad de México, y me dijeron: «acá puedes ver eso todos los días». No debatí, pero inmediatamente pensé que Santiago también tenía esa cualidad. Ciudades prejuiciadas por la supuesta fama de fomentar los quiebres amorosos. La literatura y el cine replican que eso también sucede en Buenos Aires y Montevideo, en La Habana y San Juan de Puerto Rico. No hay exclusividad. A veces no alcanza ni siquiera para establecer un romance, como en ese relato sabroso del uruguayo Leo Masliah, «La cita», donde una pareja no puede acordar un encuentro porque hay una esquina que no existe.

Hablando de prejuicios y ciudades, es el momento de contar que cuando comenté a otra colega (que llamaremos simplemente N) sobre mi reciente rol de colaborador en esta revista que usted está leyendo, me cuestionó los atributos culturales de Miami. Y así pasó con otros colegas que me confirmaron que cuando uno dice la palabra «Miami», se piensa en Will Smith, en playas millonarias y en cubanos antirrevolucionarios. ¿Será tan así? Que Miami no le pena a nadie por lo que era antes y es ahora. Que Miami no es la ruta de los fracasos borgianos. Que en Miami no hay quiebres amorosos porque es Miami.

Después de meditar el prejuicio, hice el ejercicio yo mismo y me forcé a pensar en lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en Miami. Para ser honesto, no pude escapar al recuerdo de Will Smith convirtiendo el día en noche por las calles de la ciudad, acompañado de chicas guapas y camisas luminosas. Pero se antepuso a eso un no single del disco menos famoso del argentino Andrés Calamaro, «El palacio de las flores», que hizo junto a Lito Nebbia en 2006, donde una canción llamada «Miami» dice: «…Hoy tengo el orgullo de tenerte, despertando juntos cada día, desde que viniste de Miami, pudimos evitar a la melancolía, salimos a jugar, mi amor (…) y vamos a olvidar los malos amores…» Calamaro confirmaría la regla de que en Miami no hay espacio para el desamor, pero me resisto, y me acuerdo del chileno tropical Américo y el videoclip del tema «Amor prohibido», que me devuelve a la idea de que, entre tanto lujo y aunque momentánea, la derrota puede asomar por Miami.

En otro intento de acercarme a esta ciudad, mi esencia de cinéfilo me recuerda las películas «Scarface» (Brian de Palma; 1983) y «Donnie Brasco» (Mike Newell; 1997), las dos con secuencias de culto en Miami. Por una cosa generacional, y aunque no es mejor que la primera, conecto más con los momentos de complicidad y fraternidad entre Donnie (Johnny Depp) y Lefty (Al Pacino), que provocan una emoción cruel en el espectador y una derrota frente a la pantalla, considerando cómo termina esta amistad. Si me pongo solemne y nostálgico debo decir que probablemente esta cinta represente algunos de los últimos grandes personajes de ambos actores, lo que no es poco, considerando que han pasado 20 años.

En fin, concluyo este texto desde un pueblo perdido a 40 kilómetros de Santiago de Chile; nada menos parecido a Miami que este pueblo, que con énfasis no quiere ser una ciudad, pero igual da pie para los lamentos borgianos y violetaparrianos. Y es que por muy pueblo que sea, y aunque en los noventa Will Smith sonaba por acá tal como en las grandes ciudades del mundo, habría que decir que la derrota y la gloria no distinguen kilómetros, número de habitantes ni burocracias de estado.

 

© 2017, Víctor Hugo Ortega. All rights reserved.

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*Víctor Hugo Ortega es periodista y escritor chileno, autor de los libros «Al Pacino estuvo en Malloco» (2012), «Elogio del Maracanazo» (2013) «Relatos Huachos» (2015) y «Las canciones que mi madre me enseñó» (2016). Es profesor en la Plataforma de Formación General de la Universidad de Chile, en la Escuela de Cine de la Universidad Mayor y Director del proyecto de formación de audiencias Barravento.