Carta tardía a Jorge Eduardo Eielson

Lima no es una ciudad para vivir sino para morirse. Eso pensabas, Jorge Eduardo, y se nos hacía un nudo en el vientre porque te queríamos ver. Los jóvenes poetas del taller. Era marzo del 92 y César Vallejo acababa de cumplir 100 años, los últimos 50 bajo tierra. En ese tiempo habías escrito, casi en secreto, desde Italia, las cosas que entonces leíamos maravillados —dirías tú—, “como se acaricia una perla en el bolsillo”.

Un día me enteré de tu Escultura horripilante enterrada en la Plaza de Armas de Lima. Era una muñeca electrónica con ramas en el cuerpo, que recitaba toda la poesía universal, y que una vez terminada su tarea iba a estallar, según tus cálculos, en el año 2010. Si la vieras, la Plaza sigue intacta.

Sin embargo, me pregunto por qué escogiste a Lima para la única catástrofe en tu obra. Y creo finalmente que calculaste mal el año, o que la muñeca no existió, o que la desenterraste a tiempo, como un último gesto de misericordia con esa muchedumbre de peruanos cuyo color, para ti, era el gris del cielo y la arena del desierto. Yo también los vi, a propósito, y recuerdo como si fuera ayer el día que escribí mi primer poema fuera de mi país y sentí el alivio de tener lejos finalmente esa presencia intimidante.

No me fui de allá por eso, por supuesto, y (tú lo has dicho) tú tampoco. Pero esas son cosas que se ven solo de lejos, como de lejos viste también que ese arenal costeño escondía colores hermosos que peruanos anteriores tocaron y vieron con candor. Así, tu tierra no era más el suelo ni el cielo ni el mar ni sus mezquinos habitantes, sino el subsuelo y sus capas de huesos y vasijas y telares, de los que te apoderaste, así como luego conquistaste las estrellas.

 “Todos sabemos que aquí hay tumbas por todos lados”, dijiste una vez hablando de Lima, “metrópoli viva edificada sobre una metrópoli de muertos”.

Es curioso cómo nos llega la patria desde lejos, cómo te alcanzó la tuya y en lo que se transformó. En 1996 recibimos una carta firmada por ti. El director del taller la leyó en voz alta a los jóvenes poetas y en ella nos pedías cargar una escalera azul y erguirla en una plaza y que después uno de nosotros trepe hasta el último peldaño y grite algo, no recuerdo qué. Y te dijimos que no (aunque yo decía sí por dentro, solo por dentro, porque era muy tímido para esas cosas). Otra vez los peruanos, a los que acusabas de entenderte poco o mal, te dábamos la espalda. Pero supe entonces que eras capaz, por lo menos, de tocarnos la puerta.

Porque tu patria ya no era un lugar sino apenas un punto de partida, una excusa, como el Nueva York de Lorca o el París del padre César, como tú lo llamabas. El desarraigo es finalmente una forma de echar raíces.

Tu patria era tu obra, que parece infinita, y creo que esa es una manera sabia de vivir. Qué pesado es ser de un lugar, como todo el mundo. Qué pesado jugar con las palabras y nada más que las palabras y acabar borrándoles las puntas, que dañan y transgreden. O jugar con telas y nudos y terminar hablando siempre de lo mismo, de los chamanes poetas, sanadores y hechiceros, o los antiguos quipus peruanos que para algo servían, aunque nadie sabe para qué.

Me acuerdo ahora de tu Gran Quipu de las Naciones —Olimpiadas de Múnich, 1972—, la vez que ataste las banderas de todos los países del mundo en un enorme telar de colores. Esa era tu forma de hacer un nudo de ti mismo, de ser todo y declarar por fin el silencioso triunfo de la absoluta libertad.

Nunca te vi, pero aprendí de ti que vivir es una obra maestra, como decías, o que uno debe procurar que así lo sea. Escribo, toco algunos instrumentos, soy padre y no soy nada o varias cosas a la vez. Lo que sí es seguro es que compartimos el punto de partida, esa ciudad viva sobre otra sepultada, que sigue esperando que tu hermosa muñeca horripilante estalle un día de estos.