Bolsonaro y la fe

En el desayuno, hay una diversidad de propuestas. Mis hijos se sientan juntos. Busco las frutas y el café mientras mi esposa trae la leche chocolatada para la nena.

Me ubico en el lugar de siempre. Es fácil generar rutinas en los hoteles. El cambio de turistas es frecuente. En esta época del año, entran y salen a toda hora. Al costado se sienta una mujer canosa. Al principio, sólo me mira y sonríe. Hablo con mi esposa sobre los planes del día. Tomo un segundo café y reviso la agenda de Buenos Aires. La mujer de al lado escucha Buenos Aires y me pregunta si somos argentinos. Se interesa por los barrios y por la carne asada. Le pregunto por el camino al aeropuerto. En un papel, traza las líneas del subte que debemos tomar para llegar al aeropuerto de Guarulhos. Suspira y dice que por fin va a descansar. Levanto mi taza de café y sigo el recorrido de mi hija desde la sala hasta el patio. La mujer habla en un portugués lento, pausado. Puedo seguir sus palabras parsimoniosas. Comenta que vive en San Pablo y que se viene un tiempo de paz. Supongo que se refiere al año nuevo y al descanso veraniego. Ella carraspea y aclara que habla del presidente. Como me suele ocurrir, cada vez que alguien habla de política, escucho con una dedicada atención. La mujer levanta su vaso con jugo y mira hacia adelante, como si le hablara a otro. Es un poco tímida. “El Jair es nuestra esperanza”, dice. “Nos ha prometido luchar contra las enfermedades sexuales y contra la ideología de género”.

De reojo, le pregunto a mi esposa si vuelven al cuarto. Noto rápidamente que ella también quiere escuchar. La conozco. Mi hijo se aburre y se une a la nena en el patio. Se entretienen con un caballito de plástico. Ponen los pies en el agua y chapotean un rato.

La mujer canosa suelta algunas frases sobre el pronóstico del tiempo. Mientras habla se toca la nariz: tiene un tic. Luego dice que Bolsonaro ha sido votado por la mayoría de los brasileños y que Brasil debe salvar a Latinoamérica. Le digo que en Argentina está la crisis económica. La mujer apenas escucha. Quiere seguir su perorata. Mi esposa le pide lugares de referencia en la ciudad. Envalentonada, dice que el Jair (así le llama) es un hijo de Dios, un salvador. Mira el reloj; mueve la cabeza como si esperara a alguien. Nos recomienda subir al Morro de Maulf. “Dónde es”, pregunto. “En Pitangueiras”, agrega. Vuelve su cabeza hacia nosotros y engancha: “Jair va a luchar por la vida y las buenas costumbres. La plaga del comunismo está haciendo mucho daño”. Yo sólo la miro. Creo que su idea es un poco anacrónica pero no quiero interrumpir. La mujer sostiene que es un soldado de Dios, un hombre recto y que ayudará a que vuelva la moral, que tanto les hace falta. Dice que Dios quiere a todas las personas, que los gays están enfermos, que Dios puede ayudar a que se curen. Le digo que Bolsonaro ha dicho que prefiere un hijo muerto a un hijo gay. Ella entiende al presidente: “es un hombre moral y lo único que importa es la moral”.

Mi esposa insiste. La mujer dibuja un croquis en el papel. Indica con la mano un montículo de tierra. “Si suben, verán la ciudad desde el ojo de Dios”.

“¿Está segura de lo que viene?”, pregunto. Ella dice: “Bolsonaro quiere el bien para los hombres de fe”.

Estoy un poco resfriado. El sol intenso me ha provocado un catarro de verano. Hago sonar mi nariz. La mujer me ofrece un pañuelo de papel. Lo tomo. Su pelo enrulado refleja el río de luz que llega por la ventana. Reconozco que es simpática. Como un ademan de cortesía, comenta que hay una iglesia cerca, que no puedo irme sin entrar al templo.

  Por alguna razón, se levanta. Aún no ha terminado el café. Aparece una chica joven, con vestido largo, muy maquillada. Le pide que salga. La mujer le dice algo sobre la playa. Antes de alejarse, me da la mano. Le doy las gracias. Ella me devuelve la lapicera y el papel sobrante. Le digo que no hace falta. Sonriente, agrega que está esperanzada, que Brasil renacerá.

Mi esposa sube a la habitación. Salgo a la pileta. Mis hijos rozan con los pies el agua turquesa. Las ondas líquidas son un espejo suave. Me siento al borde del agua. Desde mi posición busco el Morro de Maluf y pienso en el templo que me espera.