No recuerdo con exactitud, pero Jorge tendría unos tres meses de haber nacido y yo tres años. En vivo, no tuve la oportunidad de ver el gol, ni dentro de la cancha ni a través de la televisión. Fue hasta años después, cuando apenas cumpliría ocho años, que mis ojos fueron deslumbrados por los regates de Diego Armando Maradona en el Mundial de Italia 90.

Bien es cierto que la memoria se forma con fragmentos y que uno prioriza las emociones negativas y las positivas, para luego encasillarlas en los recuerdos, porque siendo de tal manera, la primera vez que vi el Gol del Siglo, narrado por Víctor Hugo Morales, el cronista y escritor uruguayo, apareció el asombro y la gestación de un sueño: ser futbolista. Un niño de un pueblo marginal de México, desde luego no tiene muchas oportunidades de trascendencia. Jugar en canchas en la llanura, atiborradas de polvo en verano, en otras ocasiones hechas zoquete por las intempestivas lluvias, no representó nunca una limitante; pertenecer a un equipo ignoto, incipiente o fundado por algún señor amante del balompié, jamás significó la derrota antes de algún cotejo; y competir contra otros infantes de secundaria, ocasionaba temor y a la vez ímpetu. Yo estaba entre el cuerpo de un niño que apenas comienza la vida, formando los músculos, pero también ilusiones. A veces, cuando íbamos mi hermano y yo “a patear” al campo de la colonia, me imaginaba que alguna vez estaría en otro escenario, de noche, con los faroles encendidos y a punto de comenzar un partido de primera división. Correr, en este sentido, significaba apelar a manifestaciones supremas, incluir a Dios en el propósito de cada día para que me tomara en cuenta y así tuviera una mínima oportunidad de debutar… pero “calma”, eso pude haberme dicho a mi otro yo, aquel de tan solo ocho años, y después de doce y quince… “calma”. ¿Por qué la vida te pone tantos finales posibles y solo hay uno, ese del pitazo final? Lo cuento con bastante nostalgia, tratando de escarbar en mi memoria aquellas sensaciones que me hervían en la sangre, queriendo manifestar de manera fidedigna mis sentimientos. Hoy, desde luego, no soy futbolista, soy escritor, pero conservo la ilusión de un balón y una portería, con los muchachos compañeros alentando desde el centro del campo o el marco para anotar los ansiados goles que dieran el triunfo; también contengo los gritos de las personas que, ocasionalmente o no, acudían a la cancha para ver jugar a un equipo de niños. Sí, eso éramos, eso seguimos siendo, como Maradona cuando se la jugó en aquel partido contra Inglaterra. Solo un niño puede imaginarse una situación tan complicada y darle un remate tan imaginativo, una reinvención de la vida, una pertinaz bocanada de irreverencia. Sí, solamente un niño.

Por eso, cada vez que alguien se acobarda en un juego cualquiera, me da bronca y le grito a la televisión, al video por el que se emite no solamente un juego de futbol, sino una historia, porque este deporte incluye los mismos argumentos que la vida cuando llega el momento difícil, la encrucijada fatal.

Las palabras de Víctor Hugo Morales

Imaginemos el escenario. El 22 de junio de 1986, en el triunfo de la Argentina sobre Inglaterra por 2-1, con dos goles memorables de Diego Armando Maradona, el mundo vio la grandeza a través de un jugador de futbol en el Mundial organizado en suelo mexicano; pero no solamente vio, sino que trascendió hacia otras esferas del pensamiento, pues culturalmente se formó una relación más allá de la anécdota. Sin hacer descrédito del hecho, es decir, de la obra consumada como gol, el relator uruguayo magnificó con maestría y ritmo la hazaña del astro argentino. Transcribo aquí la fascinante narración que, sin afán de competir con los mejores bardos de nuestro tiempo, es emoción pura, proferida en once segundos: “La va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja el tendal y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… Gooooool… Gooooool…”. Bastaron once segundos, que representan una eternidad. Once segundos en donde utiliza seis verbos, cuatro conjugados y dos perífrasis verbales geniales, cargadas de acción y las cuales demarcan situaciones que inmediatamente refieren a la situación que al instante sucedía. Imaginen lo siguiente: ¿puede un narrador seguir la velocidad de lo que acontece en el campo? Es difícil en circunstancias normales, pero ahí, en ese momento, irrumpió el asombro, combinándose con una invención narrativa prolija, desprovista de adornos, pura, conmocionante, poderosa y sutil al mismo tiempo. Cuando presencié aquella portentosa voz, enloquecí, y la repetía siendo infante en cada partido de los sábados, como un intento inútil de engendrarla con nuevos matices.

¿Podremos revivir lo que sucedió inmediatamete luego del gol? Sí, aunque en la memoria pervive el grito agónico que realmente se le arrojó de la entraña, el rápsoda uruguayo dijo lo siguiente: “¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 – Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona. Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0”.

Dos frases me abren paso para este artículo: Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste…? Del mismo en que estamos… pero pareciera que Maradona se encontraba en estado de gracia, volando por la pradera derecha del Coloso de Santa Úrsula, recorriendo y batiendo uno a uno a cada inglés que salía con hachazos de carne y con la mirada iracunda, e imposibilitada por tanta destreza de “El 10” albiceleste, impotentes porque no pudieron hacer nada por detenerlo. Y es tanto el dilema de los ingleses que participaron ese día y fueron actores secundarios en la obra de Diego, que el arquero Peter Shilton jamás le perdonaría “La mano de Dios” antes del otro fantástico gol.

Tal situación, repito, yo no la presencié en vivo. Tenía tres años y mi primo Jorge acababa de nacer. Lo refiero en este artículo porque crecimos juntos jugando al futbol, tratando de entender el mundo a través de la pelota y el juego en cada tarde, rememorando la vida a través del balón y sintiendo el atroz calor de nuestro pueblo, el querido Ciudad Mante, lugar donde nace el agua y también los sueños.

De ese tiempo a la fecha ya se han cumplido treinta y dos años, pero no deja de sorprenderme cuánto ha cambiado el mismo deporte en el aspecto tecnológico, desde la hechura del balón y hasta los uniformes con sensores para atrapar cada acción de los futbolistas; creo, no obstante, que la magia no reside en eso, sino en la capacidad innata de las personas por hacer que la imaginación sea un caballo desbocado, un poeta que desea encontrar el sueño donde solo hay desolaciones y aridez; donde la invención es un asunto de sed por ir hacia lo desconocido, de emprender el viaje inhóspito que se comba en el horizonte y no podemos ver qué hay más allá de las montañas; donde los tachones rotos y las calcetas descombinadas con el uniforme son un recordatorio de quiénes fuimos, dónde estamos y qué estamos haciendo en el mundo. Por eso, conservo el gol de Maradona como una de las obras cumbres de la naturaleza humana, no como arte, sino como un propio arte, que crece y se reconstruye en cada paso recorrido por el argentino, avanzando en tenso peregrinaje hacia la valla rival, con la mirada de Argos en todos los poros de la piel, viendo todos los movimientos de los contrincantes para amagar, regatear y gambetear con la cintura y la zurda argentea. Eso me cuadra, eso me basta. En este momento en que escribo, no sé si soy poeta o me valgo solamente de las palabras para tratar de comprender como las emociones son más fuertes que la razón, que el uso del lenguaje es un instrumento que Dios me ha dado para contar algo que ya se relató… y, desde luego, jamás podré igualar, pero sí entender a través del futbol.

© 2018, Luis Estrella. All rights reserved.

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Luis Estrella (Ciudad Mante, Tamps). Es escritor y poeta, licenciado en Letras Hispánicas por la UANL. Figura en el libro de cuentos Calidoscopio (2005), publicado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, con el cuento “La muerte de Emilio”. En poesía con La vida que pasa (Diáfora, 2013). Ha publicado las novelas Después de la niebla (Nómada, 2015) y Los 70´s después de Cristo (Resolana, 2016). Trabaja en su tercera novela. Ha colaborado en diversas revistas y periódicos, así como en diversos proyectos culturales que difunden la lectura; fundó la revista literaria La Llave (2014-2015). En la actualidad es redactor editorial en la revista Diario Cultura, donde mantiene una columna. Labora en Playful, una agencia consultora de business innovation como Copywriter creativo y redactor de contenidos.
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