Faltan solo dos días para Nochebuena y hace algo de frío en Miami. La tarde del viernes se cierra rápida y miles de luces chiquitas ya se encienden en los árboles, en cada balcón y en los techos de las casas, anticipando la celebración.

      Dani García acaba de bajar del bus de la escuela que lo trae a su casa desde el sur de la ciudad. Camina desganado, con sus zapatillas caras, desatadas a propósito, y una mochila repleta de libros a cuestas. Va con un buzo azul que le queda enorme, de esos como de canguro, las manos guardadas en el único bolsillo central. Su cabeza cubierta por la capucha se mueve despacio, al ritmo que le proponen unos auriculares inalámbricos. Tiene poco más de 14 años y anda enojado por momentos, contento de vez en cuando y frustrado con la vida; su mamá dice que es por la edad, pero él no está del todo convencido. Se puso alto de golpe, le crecieron las manos, le cambió la voz y los pantalones del uniforme le quedan cortos desde hace rato. Usa el pelo largo, despeinado con intención y está seguro de que le gustan las chicas. Quisiera tener novia, pero le cuesta animarse.

     Como cada tarde, camina dos cuadras de más solo para pasar por el 7-Eleven y comprarse algo; una dona con azúcar y un Slurpee hacen que la vuelta a casa se vuelva más llevadera.

      “Happy Holidays!”, le dice la cajera cuando se acerca para pagar. Dani se baja la capucha, sonríe sin ganas y silencia sus auriculares por educación. No la conoce, debe ser nueva, piensa. Una señora mayor, bajita, con anteojos de mucho aumento que le agrandan los ojos azules. Está sentada en una banqueta alta, usa un collar de cuentas rojas y verdes, y una vincha con los cuernos de un reno hechos de pañolenci. No para de sonreír mientras escanea la compra y tararea la canción de Navidad que suena en los parlantes. Tres con cincuenta marca el display y ella lo señala con el dedo. Dani paga con un billete de cinco dólares y espera el vuelto. “¿Quieres donar el cambio para un niño que no tenga un regalo de Navidad?”. Dani se queda pensando por un momento, después revolea los ojos y asiente con la cabeza mirando para otro lado. Levanta el vaso con una mano y se pone la dona en la boca para guardarse la billetera con la otra. “¡Ay mi cielo, muchas gracias! ¡Qué nice!”. Dani mastica un “you’re welcome” sin mucha convicción y se acomoda la mochila saltando en el lugar. “¡Ojalá todos los niños fueran como tú! Toma, mira: un cupón de regalo para estas Christmas. Con eso te dan tres donas y una bebida. Una soda, un café, lo que tú quieras. O un sandwich de desayuno; pero a ti te gustan las donas, ¿verdad?”

     Dani agarra el cartón, vuelve a dejar el vaso en el mostrador y se suelta la mochila de un lado para correr el cierre. Lo mete entre dos libros. “Solo lo puedes usar en la mañana del día de Navidad. Ahí lo dice, hasta la 1pm. Oye, mi vida”, sigue la señora mientras le entrega el recibo, “ya que estás aquí y eres así de bueno, ¿no me ayudas con unas cajas del depósito? Son muy pesadas para mí”. Dani se acomoda el pelo, no sabe cómo decir que no. Le da un mordisco a la dona y avanza como un autómata, a la par de la cajera, que ya camina hacia el fondo del local del otro lado del mostrador.

     Se encuentran cuando termina la división y la señora es todavía más baja de lo que parecía. Dani la mira desde arriba, se tienta cuando los cuernos de reno le tocan la cara.

     “A ver, mi vida, es por aquí”. La señora sigue un poco más y dobla a la derecha, entre unos tubos de gas para inflar globos, hasta dar con una puerta doble. La música cambia y ella mueve la cabeza con cada Merry Christmas que le canta Dean Martin. Después acerca su cara al tablero digital y achina sus ojos. Dani se para a su lado y espera, le da otro mordisco a la dona, chupa el Slurpee, mira hacia arriba y resopla; quiere llegar a casa para jugar a la play y el tiempo no hace más que escurrirse. La señora marca cuatro, seis, ocho números, con infinita paciencia; la puerta zumba y la traba se libera por fin.

     “Son esas cuatro que están en el piso”, dice y se acomoda los anteojos. Se queda sosteniendo la puerta con su cuerpo, con sus manos en la cintura, los brazos en jarra. Dani apoya el vaso en un estante cualquiera y termina la dona de un solo bocado. Sacude sus manos entre sí y se agacha en busca de la primera caja.

     “¿Tienes novia?”, dispara la señora que no para de sonreír. Dani solo sacude su cabeza y avanza con la caja en brazos. “Déjala al lado de los tubos para hinchar globos. Pero ¿cómo puede ser?, ¡un chico tan handsome como tú!”, le grita para que la escuche.  “¿Y la muchachita esa que a veces viene contigo?”. “Es una amiga”, dice Dani seco. Las pocas ganas de hablar que tenía, acaban de extinguirse, y la frustración esa que le viene de a ratos, lo invade de repente. Ya tiene la segunda caja en la mano y pasa rápido por al lado de la señora. “No me refiero a la de rulos que viene en el bus contigo. Yo digo una rubia alta, muy bonita. Te he visto con ella hablando en el Starbucks.” Dani se la queda mirando, sacude la cabeza y cierra los ojos. “Mira, voy a buscarte otra dona de esas que te gustan a ti, a ver si te animas y me cuentas”. La señora sale disparada y vuelve con una espolvoreada de azúcar, envuelta en una servilleta. “Toma, mi cielo. Deja las cajas un momento y dime, ¿qué fue lo que pasó?”.

     Dani la da un mordisco, toma un poco más del líquido celeste y se apoya contra una pared. “No pasó nada. El único problema es que a ella también le gustan las chicas.” Levantó las cejas otra vez, resopló, se acomodó el flequillo y se rio sin ganas.

     “Ay, mi cielo. Y tú te habías enamo…”.  La señora se tapó la boca con las manos y no dijo más. La cara de Dani se puso roja de repente, se quedó mirando el piso, pateando una caja, mirando cómo se movían los cordones desatados. “No te preocupes, corazón. Con tanta muchacha bonita que anda por ahí. Ya verás que alguna aparece”.

     El pibe se la quedó mirando no muy convencido, comió lo que le quedaba de la dona, se chupó los dedos y fue en busca de una caja más. “Ay mi niño, disculpa que sea tan metida ¿y la morena esa que te espera aquí, sentada en el banco de cemento?”.

     Dani ya tenía la tercera caja cargada y el flequillo le tapó los ojos cuando se detuvo a escuchar. Se lo sopló hacia arriba y sacudió la cabeza para atrás para que el pelo no le molestara. “Yo no conozco a ninguna morocha”, dijo seguro. “No me pares bola, quizás soy yo la que está confundida. Estoy medio vieja, sabes; no me hagas caso. Mira, con la conversación se nos fue pasando el tiempo y ya solo te queda la última. De verdad mi niño, muchas gracias. ¿Te guardaste el cupón que te di? Ven por tus donas antes de la 1. Toma, no te olvides el vaso. Bye corazón, gracias de nuevo ¡Merry Christmas, mi cielo!”.

***

     Dani se despertó pasadas las 12 el día de Navidad. Había dejado la cortina abierta y el sol le pegaba en la cara. Toda su familia se había acostado después de las tres de la mañana. Sus hermanas dormían todavía, sus padres seguían en su cuarto hablando bajito para no despertar a nadie. “Merry Christmas”, escuchó que le decía su mamá al pasar por su puerta. Dani solo levantó la mano como respuesta y fue hasta la cocina. Se sirvió un vaso de leche fría y se lo tomó en dos tragos. Miró uno, dos videos en el teléfono, hasta que la batería se le acabó de golpe. Entonces lo revoleó arriba de la mesa y, una vez más, se sacó el pelo de la cara. Buscó cereales, pero no encontró. Manoteó un pan de la noche anterior y un poco de queso que había quedado con otras sobras. Se quedó masticando, apoyado contra la mesada de la cocina. Miró, sin querer, el reloj del microondas: 12.45pm. ¡Las donas! Un jogger, la remera del día anterior, las zapatillas de los cordones desatados. No se lavó los dientes, no se peinó, ni siquiera se puso desodorante. Buscó el cartón en la mochila y, sin mirarlo, lo dobló en dos partes y se lo metió en el bolsillo del pantalón. Salió disparado con la bici, mirando la hora una vez más, contento, pedaleando como un loco.

     Al llegar encontró el local cerrado. Un solo auto en el parking frente al 7 Eleven. “It’s Christmas”, dijo y golpeó el manubrio. “Fuck that old bitch”.

      “Are you Dani?”, le dijo una chica que estaba sentada en el banco de cemento. Un hoodie de otro color, los jeans ajustados y unas Converse azules, gastadas y también desatadas. “Abuela me pidió que te trajera these doughnuts”.  Sacó una caja blanca de cartón de la mochila y la dejó sobre el banco. “I thought you wouldn’t make it”.

     Dani dejó la bici en el piso y se acomodó el pelo por enésima vez. Sacó el cupón del bolsillo y esta vez sí lo leyó con cuidado. Las letras doradas seguían todas ahí. Era una promoción de Navidad de una casa de muebles: -50% OFF  – NO PAYMENTS FOR A YEAR- . “The GOAT”, dijo para sí mismo y sonrió fácil por primera vez en muchos días. Se sentó junto a la chica. “Merry Christmas”, le dijo ella y abrió la caja. Dani se sopló el pelo para arriba, se puso colorado como siempre y, sin sacarle los ojos de encima a la morocha, agarró una dona llena de azúcar.

 

Javier Lentino

Javier Lentino (Buenos Aires, 1969). Desde el 2002 reside en Estados Unidos. Estoriteler. Ha colaborado en Vogue Hombre, El Mundo Américas, Suburbano, entre otros medios. Sus cuentos han sido publicados en las antologías Don't Cry for me, América (2020) y Home in Florida: Latinx Writers and the Literature of Uprootedness (2021). Los Onetti es su primera novela. Actualmente mantiene un blog de cuentos, crónicas y relatos: www.javierlentino.com

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