La rioplatense

Alejandra Correa nació el 12 de abril de 1965 en Minas, capital de Lavalleja, República Oriental del Uruguay, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Estudió Periodismo. Es Comunicadora Social egresada en 1986 del Instituto Grafotécnico. Efectuó en 2005 el posgrado de Políticas Internacionales en Comunicación y Gestión Cultural en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Entre 2002 y 2004 se desempeñó en el Área de Arte y Comunicación de la Comisión por la Memoria, en la ciudad de La Plata, integrada por organismos de Derechos Humanos. Participó en mesas de lectura, festivales de poesía, seminarios y foros internacionales de Gestión Cultural y Poesía en Paraguay, Bolivia, México, Ecuador, Uruguay, España y en varias localidades de la Argentina. Ejerció el periodismo gráficoen diarios y revistas. Desde 1998 publicó los libros de poesía “Río partido”, “El grito”, “Donde olvido mi nombre”, “Cuadernos de caligrafía” (1ª edición, 2009; 2ª edición, 2014), “Los niños de Japón”, “Maneras de ver morir a un pájaro”, “Extranjerías” (con dibujos de Florencia Fernández Frank, edición artesanal numerada) y “Si tuviera que escribirte” (1ª edición como libro-objeto y con ilustraciones propias, en Madrid, España, 2015; 2ª edición con ilustraciones de Cecilia Afonso Esteves, en 2017).

Estuve en numerosas localidades uruguayas y en varias oportunidades. Pero no en Minas. El gran Buscador me orientó. 

Nací en esa ciudad en 1965, en el sitio y el mes en los que, si se diera el caso, Dios elegiría bajar a la tierra. Al menos, eso dice una canción del lugar: “…si Dios baja a la tierra / por el altar de la sierra / baja en Minas, y en abril”. Y nada la ha desmentido aún. Minas queda en el departamento de Lavalleja, una suerte de provincia de Córdoba a escala uruguaya.

Hasta los tres años anduve cruzando el cerro desde la casa de mis abuelos a la que mis padres construían. El recuerdo es de una profunda noche perfumada por mentas y salvias, ranas lloronas y una atmósfera suspendida donde flotan las palabras.

¿Y tu relación con “la vecina orilla”?…

Mi relación con Uruguay es uno de mis “temas”. Cuando cumplí los veintiún años decidí adoptar la nacionalidad argentina. El decir, el gentilicio que mejor me define sería el de rioplatense. Siempre pensé que mi nacionalidad se reúne en un punto impreciso del Río de la Plata. Desde 1987, también soy ciudadana argentina, sabiendo que para la ley de Uruguay (y para mí) siempre seguiré siendo uruguaya. En mi poesía estuvo el Río de la Plata. Este año y en este mes de diciembre, se cumplen dos décadas de la edición de mi primer libro de poemas. Allí, pero también en “El grito” y “Cuadernos de caligrafía” retomé la infancia y los mitos que fue construyendo. Son tres momentos diferentes de esa mirada sobre el pasado. En “Cuadernos de caligrafía” se trata de dialogar con mi padre, yo adulta, él detenido en sus 33 años. Soy más vieja que él. Hablamos de la vida, del pasado, de los hijos, de la escritura.

A través de los años volví a Uruguay a visitar a familiares, sobre todo a mi abuelo Juan Pablo. Cuando él murió, Minas dejó de ser un destino. Con los chicos pequeños pasamos muchas vacaciones en Cuchilla Alta y Solanas. Era conectar con ese espacio desde un lugar nuevo, menos doloroso. Y en los últimos seis años, empecé a ir a leer poesía, a participar de ciclos, a construir una nueva red, esta vez con otros poetas y artistas. En 2013, uno de mis libros obtuvo la mención Mariposa de Plata en la primera edición del Concurso Internacional de Poesía Premio Marosa Di Giorgio y ese mismo año, expuse una obra en Salto, en una bienal de Arte, en la tierra de Marosa (la obra era un homenaje a ella).

En 2014, presenté dos obras al concurso que realiza anualmente el Ministerio de Cultura y Educación: Premio Nacional de Literatura de Uruguay. Y las dos obras merecieron premios: “Si tuviera que escribirte”, el Primer Premio de Literatura Infantil y Juvenil, y “Maneras de ver morir a un pájaro”, el Segundo Premio de Poesía Inédita. Viajé a recibir estas distinciones y fue para mí, en lo personal, algo así como un cierre de capítulo. Volvía al país que había expulsado a mis padres, y volvía de la mano de la poesía. Se cumplía un “plan” que había sido bastante impensable.

La segunda edición de “Si tuviera que escribirte” fue premiada por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina.

 Sí, la Asociación ALIJA, que pertenece a la International Board on Books for Young People (IBBY), cada año tiene una edición de “Destacados” que se realiza en el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en base a todo lo editado en Argentina para chicos y jóvenes el año anterior. Y en 2017, “Si tuviera que escribirte”, en la edición del libro que publicó Ediciones de la Terraza de la ciudad de Córdoba, recibió dos de estas menciones: Mejor ilustración (por la obra de Cecilia Afonso Estéves) y mejor edición (valorando al libro en su totalidad). ¡Fue una enorme alegría para un trabajo en equipo, muy artesanal, laborioso y cuidado que nos llevó dos años!

“Si tuvieras que escribirle” a Marosa di Giorgio, ¿qué le dirías, contarías, preguntarías, dibujarías, escribirías?…

Sería un diálogo en un Jardín de las Delicias, pero ambientado en el Río de la Plata. Hablaríamos de amores imposibles, de animales que se comportan como seres humanos, de plantas que tienen capacidades intuitivas. Yo ilustraría para ella alguno de sus versos, así como bordé para una muestra sus palabras sobre mi vestido de Comunión: “Yo parecía una pastora guiando, en cambio de una oveja, a un lobo”. Pero… todo eso lo hicimos, a pesar de que ella esté muerta. Porque ¿qué es “leer” sino la posibilidad de encontrarnos con alguien en un mismo universo de maravillas? Te puedo asegurar que, más de una vez, Marosa ha respondido a mis cartas.

“…(¿y por qué no agregar que la poesía / es una abreviada forma personal de la ansiedad?)…”, leo en un poema del entrerriano Alfredo Veiravé (1928-1991). Alejandra, ¿la poesía es una abreviada forma personal de la ansiedad?

No, no para mí al menos. De ansiedad, nada. De por sí, no soy una persona ansiosa. Por supuesto que a veces me pongo ansiosa con algunas situaciones, pero no me considero ansiosa y menos aun cuando escribo poesía. Más bien todo lo contrario. La poesía requiere de una tranquilidad específica, de una suspensión de lo que va a suceder o está sucediendo que anularía toda forma de ansiedad. Tampoco soy ansiosa al momento de editar. Confío en que siempre se alinearán los planetas y que las opciones que se presenten, serán las indicadas. Tal vez es que no tengo un “a priori” en todo esto. Me gusta pensar que el camino se va armando y solo requiere de mí un acompañamiento, estar dispuesta. No hay un sitio al que quiera llegar. Confío en que donde estoy —sea cual sea ese lugar— es el sitio en donde debía estar.

¿Luchás con las palabras? ¿O es otra cosa lo que te ocurre con ellas? ¿Cómo definirías lo que con ellas hacés?

No, no lucho. En el principio lo que hice fue luchar conmigo para que ellas pudieran hacer lo suyo. Pero a las palabras con las que voy a escribir tengo que amarlas. Y tanto como para poder crearles una casa, escenografía o escenario… Me gusta pensar un libro de poesía como un hábitat con sus propias dinámicas. Y me parece que lo que hago es construir ese hábitat primero y después escribir allí. Universos, digamos. Uno es el universo de “Cuadernos de caligrafía” con un padre que practica letras al llegar de su trabajo y una hija que le habla a través de los años y la muerte, proponiendo un diálogo imposible. Otro universo es el de “Maneras de ver morir a un pájaro”, una suerte de distopía donde los pájaros caen como bombas sobre las cosas del mundo. Otro universo es en el que vive la voz que habla en “Si tuviera que escribirte”. Por supuesto que a veces escribo porque tengo que ponerle palabras a algo que me ha conmovido en un momento determinado. Pero tal vez esos poemas no van a los libros. Tengo muchos poemas sueltos. El libro para mí sigue siendo una apuesta hacia esos universos posibles. De todos modos, ampliando la respuesta: creo que hay una relación primigenia de una persona que escribe (que respira o habla, incluso) con la palabra. Algo así como un temperamento que está en el ADN de la lengua, como si en ese cuerpo que es el lenguaje hubieran quedado marcas relacionadas con la fuente que las dio a luz. Y en mi caso, mi palabra siempre estuvo relacionada con la necesidad de alzarse sobre el mundo que parecía querer aplastarla debajo del zapato del poder y sus prácticas. En mi palabra poética está la pobreza y la rabia, está el éxodo y el destierro, están la oscuridad y la necesidad de buscar nombres a todo lo que no se dijo para poder olvidar. Está el enfrentarse a la muerte —una lucha que sé perdida de antemano, pero que sigo creyendo que vale la pena dar—. Hay una rebeldía allí, hay crudeza, hay pelea no “con” la palabra, sino “desde” la palabra como posible “arma” de resistencia, de testimonio y denuncia. En muchas oportunidades, comprobé que esta cuestión aparentemente sutil, prescindible y que suele promocionarse como algo inútil y menor, y que anida en el terreno de la fragilidad del mundo, va dejando su voz entre las voces. Y se hace escuchar aun en su aparente pequeño registro. Qué sería de nosotros sin las palabras y los universos poéticos. Sería una completa pesadilla. En la poesía hay refugio, hay palabra que contrasta con los discursos alienantes, hay posibilidad de subversión del orden simbólico que se nos propone desde los poderes que nos dominan y moldean nuestras humanidades. En la poesía aún hay espacio para respirar.

¿Con la piel de gallina, poner ojos de carnero, ver en alguien a una dulce palomita, esperar que las vacas vuelen o a que cada chancho le llegue su San Martín?

Más bien escuchando la canción infinita con la piel que habito y los ojos atentos de una lechuza, viendo a ese alguien en sus posibilidades y contradicciones, creando estrategias para que vuele todo lo que —aun terrestre— pudiera echar vuelo, sin apuro ni venganza.