Tiempo

A man waits for his family as they ride the carousel in the carnival Saturday night at the Sheridan County Fairgrounds. The Sheridan Press|Justin Sheely.

Cuando regresaron del cine, no hablaron de la película que habían visto. Salvador estaba encerrado en un silencio de hielo que Sara no pudo romper a pesar de todas las preguntas que le hizo. A la mañana siguiente, durante el desayuno, él solo se tomó una taza de café negro. Antes de pararse de la mesa, dejó los cubiertos sobre el plato con el tocino y los huevos con salsa y tostadas. Su esposa lo miró en silencio, tenía la taza apoyada en sus labios. Al cabo de unos segundos, regresó a su crucigrama. Salvador todavía llevaba la bata de dormir de cuadros que ella le había regalado.

Era un día fresco de otoño, las cortinas de la sala estaban abiertas y había mucha luz en el interior de la casa. Él se dirigió al garaje donde guardaba las herramientas. Del cajón de una gaveta, sacó el único álbum de fotografías que había conservado de la secundaria. Lo miró por más de media hora, hacía mucho tiempo que no lo abría. Cuando acabó de pasar sus páginas, lo dejó sobre la mesa.

Estuvo pensativo por el resto de la mañana. Al mediodía salió al porche de la casa con La voz de Texarkana en la mano. Sara estaba a afuera levantando las hojas secas del árbol que estaba en la calle.

–¿Vamos a la feria? –le preguntó Salvador.

El sol era brillante, frío.

–Déjame sola –respondió Sara, y continuó levantando hojas secas.

Salvador no dijo nada más en ese momento. Entró a la casa, se sentó con las piernas estiradas en el sofá de la sala, al lado de la radiola que todavía funcionaba. La prendió. Pensó en la primera vez que visitó la feria. Había ido con su padre, un hombre que había muerto alcoholizado antes de llegar a los cincuenta. En aquel entonces a Salvador le gustaba pasar las tardes manejando la camioneta que había comprado después de encontrar su primer trabajo, como mecánico, en el taller de Ramón Silva, un viejo amigo de la familia. Salvador permaneció allí sentado mirando el abanico del techo de la sala que se movía con lentitud, tal como las agujas del reloj sobre la puerta del baño.

Antes de las dos de la tarde se levantó, subió a su habitación, se colocó la camisa a cuadros, se calzó las botas, tomó la chaqueta de jean y el sombrero que había comprado en un bazar y salió a la puerta de la casa.

–¿Vienes? –le preguntó a Sara que estaba sentada en una silla del porche.

–Pensé que estabas enfermo –dijo ella.

–Quiero pasar la tarde contigo, afuera –afirmo Salvador.

Sara miró la calle vacía. Cambió de parecer y entró a la casa.  Desde allí dijo:

–Espera a que busque mi bolso.

Salvador encendió el auto. Observó su rostro en el espejo retrovisor, se cubrió las entradas pronunciadas con un mechón de pelo. Mientras esperaba, escuchó una canción en la radio. Era la misma que oía con sus amigos cuando estaba en la secundaria. Hacía muchos años que no escuchaba “Oye como va”. Cayó en la cuenta de que había pasado todo ese tiempo desde que la escuela acabó, más de treinta años.

 Cuando Sara salió y se subió en el auto, lo encontró con los ojos cerrados, la radio a todo volumen.

 –¿Te sucede algo? –preguntó ella.

Él abrió los ojos, le agarró la mano.

 No dijo nada, apenas sonrió.

Había una fila larga de autos que se habían estacionado al lado de la carretera. Salvador condujo lentamente buscando un espacio libre. Al final, parqueó el auto, entre dos camionetas viejas. Muchas familias caminaban hacia la entrada principal. Vio algunas caras conocidas, las mismas de siempre. Otras eran de gente que nunca había visto, familias que habían venido de todo el estado.

Comieron en la cervecería. Cuando acabaron, el ánimo de los dos mejoró. Después de mirar el desfile de las comparsas de disfraces, entraron a ver una carrera de cerdos. Antes de que se acabara el show, Sara lo tomó del brazo, y le pidió que caminaran un poco. Anduvieron entre la multitud. A las ocho de la noche decidieron hacer la fila para subir a La rueda de Chicago. Salvador dirigió su atención a los precios del letrero del restaurante alemán, que estaba al lado de la rueda, y vio al lado del letrero, una mesa, y sentada frente a esta, a una mujer.

La observó detenidamente.

 –¿La conoces? –preguntó su esposa.

Salvador parecía no escucharla.

–¿La conoces? –repitió Sara.

Una niña trigueña la acompañaba; un hombre canoso, de piel oscura, se tomaba una cerveza a su lado. La niña tenía dos globos verdes que con seguridad había ganado en un juego de la feria. Sara se volteó para mirarla con detenimiento. Después de unos segundos, dijo:

–Es la misma mujer que mirabas anoche en el teatro.

–¿Cómo puedes saberlo? –dijo Salvador.

–Veo mejor que tú. Desde anoche estás callado, desde que la viste.

–Estaba cansado. Trabajé todo el día. ¿Quieres otra cerveza? –preguntó Salvador.

 –No quiero nada. Actúas extraño desde anoche –respondió ella.

–Voy a comprar una cerveza –dijo él.

–En la cervecería bebiste mucho, el médico te lo prohibió.

–De algo me voy a morir –afirmó Salvador, se cerró la chaqueta de jean y salió de la fila.

Caminó hasta un puesto de Budweiser y compró una botella. La guardó en el bolsillo. Cuando regresó, su mujer estaba cruzada de brazos. Salvador intentó tomarle la mano, pero ella lo rechazó. La fila avanzó. Ella se paró con las manos en la cintura, mirándolo.

–Párala ya, fue suficiente –dijo él, y avanzó unos metros. Sara no se movió.  Cuando llegó la hora de subir, el taquillero le pidió los boletos; Salvador volteó a mirarla.

–Vamos a perder nuestro turno, vamos –dijo Salvador, se acercó y apoyó la mano en el hombro de Sara. Pero, ella le quitó la mano de encima. Dio dos pasos adelante. Miró al taquillero y sin esconder su enojo sacó los boletos de su cartera y se los entregó.

–Podemos hablar en la casa –dijo él.

Sacó la botella de cerveza de su bolsillo e iba a tomar un sorbo. Pero ella se la quitó y la derramó en el piso. El taquillero los observaba.

 –¿Qué te sucede? –le recriminó Salvador.

–Estas alcoholizado. –dijo Sara.

–Me has hecho el día imposible –afirmó él.

–No sé qué te sucede desde que viste a esa mujer –dijo ella.

Finalmente entraron a la cabina. No tenía ventanas. Era una canasta pequeña en donde apenas había espacio para estirar las piernas. El taquillero aseguró la puerta y entró en la cabina de los controles. Después de unos segundos la canasta empezó a ascender. Ella se cerró el saco de lana que había comprado en la feria del año anterior. Poco a poco, se empezaba a ver todo Texarkana. En el centro del pueblo estaba la estación de buses, los dos edificios del Banco de comercio, la corte y la fuente de agua. Más allá se podía ver la carretera y los camiones que atravesaban el estado. El viento golpeaba y mecía las canastas de la rueda. Quedaban pocos vestigios del día, al final del firmamento una línea roja suturaba el cielo y la tierra.

Juntos dirigieron su atención a una comparsa de músicos que avanzaba por la calle principal de la feria.

 –¿Quién es la mujer del restaurante? –volvió a insistir Sara.

–¿Tienes celos? –dijo él.

–Merezco una explicación –dijo ella.

Salvador tomó aire, le sostuvo la mano. Tosió.

 –¿Recuerdas a Ana Méndez? –dijo él.

–¿Ana Méndez?

–La hija del militar que enviaron a Japón hace veinte años –dijo él.

–No la recuerdo –dijo Sara.

 –Te he mostrado el álbum de la secundaria mil veces. Está en la primera página. Después de la escuela se fue a vivir a Los Ángeles.

Sara permaneció en silencio por unos minutos, frunció las cejas y sacó un espejo de su bolso de cuero.

–Es ella, –dijo él.

–¿Por qué ha regresado? –preguntó su esposa.

 –¿Cómo lo puedo saber?, dijo Salvador.

–Se iban a casar, ¿no? –afirmo Sara.

Salvador se rio.

 –Fue hace mucho, a principio de los años ochenta.

Después de unos minutos la cabina empezó a descender lentamente. Cuando se detuvo, el taquillero abrió la puerta; juntos bajaron y avanzaron entre la multitud hacia la salida de la feria. Al llegar a la plazoleta principal, Salvador se percató de que había olvidado el sombrero.

–Espérame aquí –dijo, y fue corriendo hasta la rueda.

El taquillero tenía el sombrero en la cabina de los controles. Salvador lo tomó y le dio dos dólares. Miró la mesa del restaurante de nuevo. Se acordó de la última vez que vio a Ana Méndez en la estación del tren, el día que ella abandonó el pueblo. Quedaban pocos vestigios de la adolescente de aquella época. Salvador encontró un trozo de su juventud reflejado en aquel rostro envejecido. Por un segundo se cruzaron las miradas, ella no lo reconoció. Con su sombrero en la mano, Salvador continuó su camino hacia la salida de la feria. Su esposa estaba sentada en una banca cerca de la plazoleta. Miraba al cielo, había encendido un cigarrillo. Salvador se acercó a ella, corrió el bolso y se sentó a su lado. Se quitó la chaqueta, la colocó sobre los hombros de su esposa y le dijo:

 –Vamos a casa.