Una lista contra las cuerdas — Primera parte

Libros y una lista resaltada frente a sombras de cuerdas de boxeo
Fotomontaje conceptual generado con IA para Suburbano.

Todos los días reviso los principales titulares de los diarios más tradicionales de lengua castellana: desde El País de España hasta El Mercurio de Chile. Lo digo sin la menor jactancia. A veces con legañas en los ojos, otras todavía anclado en esa caleta llamada somnolencia. Es un ejercicio saludable para quien se resiste a caer, una vez más, en el eterno scrolleo de Instagram o TikTok.

Esas legañas y esa somnolencia se disiparon, de un sopetón, cuando leí un reportaje del diario El País, titulado “Un crisol de novelistas para mapear la vanguardia de la literatura en español” (21 de agosto de 2026). Esta nota versa acerca de los veintiséis novelistas de hasta cuarenta años seleccionados por la FIL de Guadalajara que celebra su cuadragésimo aniversario, como una suerte de nueva hornada de la ficción escrita en español.

A medida que avanzaba con la lectura, mi escepticismo adquirió la forma de un plumón resaltador de textos y comenzó a sombrear, con color amarillo fosforescente, algunos fragmentos que me arquearon las cejas.

Absurda reducción

Uno de los puntos más controvertidos es el uso impreciso de la palabra “ficción”. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) la define, entre otras acepciones, como una “clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios”. Estamos, pues, ante una categoría bastante amplia, un predio sin linderos, que no concede privilegio alguno a ningún subgénero. En ella coexisten, sin ninguna confusión o discrepancia, el cuento y la novela.

Sin embargo, el comité seleccionador de la FIL Guadalajara decidió transitar de la definición más extensa hacia un llamativo reduccionismo: la publicación de una novela en español. Esta limitación constituye, a su vez, un criterio muy férreo de elección junto con la cuestión etaria. ¿Dónde quedó la frondosa tradición cuentística de Iberoamérica? ¿Acaso no existe una emergencia de narradores veinteañeros o treintañeros del relato breve?

Lastimosamente, esa pléyade y sus obras han sido excluidas, desterradas del selectísimo festín. ¿Alguien dijo que “las novelas se venden más rápido que los libros de cuentos”? ¿Alguien dijo “quiero más ventas que el año anterior”? Parece oírse un inconfundible susurro.

En lo que atañe al segundo requisito, léase el de contar con hasta cuarenta años, también resulta descabellado. ¿La vanguardia literaria conoce de un rígido rango etario? ¿La capacidad del ser humano para inventar historias sufre un descalabro pasados los cuarenta? Hasta el momento las ciencias cognitivas no han determinado, con tajante certeza, tan pasmoso declive. Si nos remitimos al propio canon en español para desmontar el supuesto planteado, pues, encontramos un vergel, un berenjenal de autores que publicaron libros ensoñadores en el elíxir de su madurez o enrumbados hacia la senectud de sus vidas. Para muestra de ello, solo presionaré tres botones: Del amor y otros demonios vio la luz en 1994, cuando Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, tenía sesenta y siete años de edad. Por su parte, Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, publicó Lituma en los Andes en 1993, cuando ya había sobrepasado los cincuenta años; e Isabel Allende, recientemente galardonada con el Premio Planeta 2026, engendró, allá por 1987, la novela Eva Luna, con cuarenta y cinco años a cuestas. Como verán, la literatura, a diferencia de la práctica futbolística de alta exigencia, no conoce de una edad en la cual el estado físico advierte la fecha del adiós.

¿Equilibrio geográfico?

Otro aspecto cuestionable de la lista es el criterio de “equilibrio geográfico” que el artículo menciona sin explicar ni su contenido ni su alcance. Por lo tanto, considero legítimo preguntarse: ¿qué entiende el comité seleccionador por esta pauta? Mi intuición me indica que se trataría de una elección numéricamente igualitaria de autores por cada país de habla hispana. Si aplicamos esta premisa a la lista elaborada por el comité, pues, encontramos una clamorosa asimetría.

De los veintiséis autores seleccionados, cinco son mexicanos, tres argentinos, tres colombianos, tres peruanos y tres españoles. Uruguay aporta dos, mientras que Ecuador, Venezuela, Bolivia, Chile, Cuba, Costa Rica y Nicaragua cuentan con un único representante por país. ¿Hace falta hacer algún cálculo para darse cuenta de semejante desequilibrio? ¿Pesó más la localía del anfitrión? ¿De Ecuador brotan escasos novelistas? Ah, perdón, olvidé que cuatro de los cinco miembros del comité seleccionador son… mexicanos.

Continuará…

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