Los músicos

Músicos de jazz junto al Café du Monde, Nueva Orleans
Fotografía: alaina buzas / Wikimedia Commons, CC BY 2.0. Tratamiento pop vintage con IA y recorte: Suburbano.

Un grupo de músicos toca en la esquina del Café du Monde, en el French Quarter. Un trombón, una trompeta, un bajo, un bombo grande, un redoblante. Tocan como si estuvieran en un escenario elegante, pero están en la calle, bajo la lluvia, a unos pasos del río Misisipi y de la iglesia de San Luis. La gente pasa y se detiene. Algunos escuchan atentamente. Uno de los músicos se va hasta la mitad de la calle cuando lo favorece el semáforo. Se adueña de la calle. El que toca el trombón también canta. Lo hace sin micrófono y su voz se torna ronca al elevarla para ser escuchado en el bullicio de la mañana.

Están en el barrio donde el jazz casi es obligatorio. Unos pocos turistas pasan y dejan monedas, otros toman fotos.

Pienso en este instante en el destino de los músicos a la hora de la noche. El barrio cambia de fisonomía. A las 18 h reina la oscuridad en invierno, cierra el French Market y los transeúntes disminuyen, las adivinas que se apostan en la iglesia aumentan en número y los gatos transitan por los techos del vecindario.

Los músicos se suben al bus y parten a sus casas. Comen algo antes de dormir. Quizás toman el jugo lavado, sin gusto, ese que compran en Family Dollar, el súper económico para la clase baja. Y duermen, duermen un poco antes de volver a la misma esquina y repetir el mismo número de payaso para los visitantes distraídos. El circo abre de nuevo, los predicadores sueltan sus lenguas o muestran en silencio sus carteles motivadores y la trompeta suena a pesar del hambre y del dolor. Para el dolor están las adivinas o los oráculos, el llanto del cuervo colgado en los cables mojados o la música tenue que se escucha de soslayo en los tranvías mientras el conductor fuma solo al lado de la vía y se ríe frente al banco Hancock Whitney, ya que sabe que el dinero que está guardado no es para él, es de los otros, los que se suben al barco de tres pisos detenido en el puerto de Nueva Orleans. El barco asciende por las aguas marrones del Misisipi y los deja en el tren que los lleva a su hogar de Chicago o Nueva York.

Los músicos tocan de nuevo y comen y duermen y sueltan esa música festiva y triste cuando ya no queda nadie entre las baldosas.

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