OFF DE RECORD | Entrega 05: Cuerpos fabricados

18.

En la entrega anterior

Pérez encargó al Comanche investigar la agresión a Lester. En su casa encontró suplementos y fotografías; el entrenador Tamayo aportó datos sobre su pasado.

Lester encontró a su madre dormida en el sofá, con el televisor encendido. En Univision una mujer lloraba frente a un hombre con bigote. Soltó la mochila junto a la puerta, bajó el volumen y abrió la nevera. Había medio galón de leche, dos latas de Coca-Cola, una cebolla cortada por la mitad, huevos y un recipiente de plástico cubierto con papel de aluminio. Levantó el aluminio. Arroz.

—No te lo comas frío.

Lester miró hacia la sala.

—Pensé que estabas durmiendo.

—Estaba descansando los ojos.

—Eso es dormir.

Su madre se incorporó lentamente. Tenía puesta una bata encima del camisón.

—Calienta el arroz.

—Eso estoy haciendo.

—En el microwave no.

Ella hizo un gesto con la mano.

—Chiquito necio.

Lester sonrió, sacó el recipiente y puso una sartén sobre la hornilla.

—¿Fuiste?

—¿Adónde?

—Sabes adónde.

—Sí.

—¿Y?

—Nada. Me hicieron los análisis.

A Lester se le aguaron los ojos. Dio media vuelta antes de que su madre pudiera darse cuenta, encendió el fuego y empezó a revolver el arroz.

—¿Y qué dijeron?

—Que me van a llamar.

Su madre volvió a mirar la televisión. El hombre de bigotes ahora estaba sentado a la cabeza de una mesa, con la mujer que lloraba hacía un rato frente a él y tres niños de cabello rubio y castaño claro. Nadie se dirigía la palabra. El salón tenía techos altos y sillas de estilo colonial. En el centro de la mesa habían dispuesto fuentes con frutas y una jarra de cristal con jugo de naranja.

—La mamá de Marco llamó.

—¿Para qué?

—Para que vayas a su casa.

—No quiero ir —dijo Lester.

No le gustaba quedarse en casa de Marco. Sentía que lo acogían por pena y, desde que su madre había enfermado, cada vez que estaba lejos de ella terminaba imaginando que algo podía ocurrirle y él no estaría allí para ayudarla.

—Entonces no vayas.

Lester siguió revolviendo el arroz aunque ya estaba caliente.

 

 

19.

 

El gimnasio del Flamingo Park olía a sudor. Los espejos en las paredes daban la sensación de que era mucho más grande de lo que realmente era, y la música electrónica escapaba de los parlantes colgados en las esquinas. Lo que más había eran pesas; máquinas, pocas: acaso una prensa de piernas, un par de elípticas y un par de fajas para correr.

Las mujeres entrenaban enfundadas en sus licras ceñidas al cuerpo. Los hombres alzaban barras con discos enormes. Todos se miraban al espejo entre cada repetición. Gluteos, bíceps, tríceps. De perfil. De frente.

El Comanche golpeó la puerta de donde colgaba la placa de Personal Trainer.

Abrió un sujeto de pectorales y brazos trabajados en las pesas.

—Necesito información sobre Lester Torres —dijo el Comanche y mostró su identificación de investigador.

El tipo lo miró un segundo de más.

—… —dijo, rascándose la barbilla—. Sí…venía por aquí.

—Está hospitalizado —dijo el Comanche—. Grave.

—¿Qué pasó?

—Eso es lo que estoy investigando.

—No sé, bro… yo no me meto en la vida de la gente.

—Pero lo conoces —presionó el Comanche.

—Sí… venía. Entrenaba y se iba.

—¿Tenía amigos? ¿Venía con gente?

El Trainer se puso las manos en la cintura.

—A veces venía con un tipo.

—¿Qué tipo?

—No sé… ese… ¿cómo se llama?… Mancini… creo. Marco Mancini.

El Comanche estudiaba los gestos de su interlocutor. El movimiento de manos. De brazos. Los ojos esquivos.

—¿Siempre venían juntos?

—No… no siempre —dijo el Trainer—. Ya le dije que a veces. Y a veces también venía con una chamaca.

—¿Quién?

—Becky… Becky Ramos.

—¿Dónde la ubico?

—Trabaja en un bar… Kill Your Idols.

—¿Entre Washington y Española?

—Ese. Casi llegando a Collins.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a Lester Torres?

—Hace una semana… más o menos. Entrenó y se fue. Como siempre.

—Gracias.

—Yeah…fucking interrogatorio.

El Comanche se dio la vuelta. Antes de salir, miró hacia el fondo del local, hacia el pasillo que conducía a los vestuarios.

Todos se miraban al espejo. Se tocaban los músculos. Y la música electrónica sonaba.

 

20.

El Comanche se quedó bajo la sombra torcida de un árbol, fumando un Marlboro mientras veía ir y venir termos gigantescos, tank tops pegados al cuerpo. Cuellos hinchados. South Beach era una pasarela de cuerpos fabricados. De tetas y culos que se financiaban mes a mes.

El calor subía desde la acera.

Dos tipos pasaron junto a él hablando en voz alta.

—Brother, esa rutina sí pega duro.

—¿La de upper body?

—Te lo dije. Mira esos hombros, man.

Se tocaron los brazos entre risas.

Cada vez que alguien abría la puerta del Flamingo Gym, escapaba el mismo golpe: sudor, metal, proteína dulce, música electrónica, ansiedad. Mucha ansiedad.

Una de las muchachas en licra que el Comanche vio entrenar salió hablando por teléfono.

—No, baby, todavía no puedo comer carbs…Recién hace una semana me hicieron el surgery.

Detrás de ella apareció un muchacho flaco cargando un shaker color verde fosforescente. No tendría más de dieciocho años. Brazos todavía inmaduros, pero el cuello empezaba a crecerle raro.

El Comanche lo siguió con la mirada hasta que dobló hacia el baño público del parque. Después fue detrás. El baño apestaba a orín. Al fondo, una puerta cerrada. Respiración agitada. Luego: el sonido rápido de algo metálico golpeando el piso. El Comanche se quedó quieto. La puerta se abrió apenas unos centímetros y salió el muchacho. Se sobresaltó al verlo.

—Fuck…

Intentó seguir de largo.

—Ey —dijo el Comanche.

El chico se detuvo. Tenía los ojos abiertos de más. Nerviosos.

—¿Qué pasó ahí adentro?

—Nada.

—Ajá.

El muchacho tragó saliva.

—Nada, brother.

Dio un paso.

El Comanche entró al cubículo. Sobre el tanque de la poceta: algodón, una tapita plástica, y una jeringa todavía húmeda.

—Puta madre—dijo el Comanche.

Salió otra vez.

El tipo ya se había ido.

Afuera, Flamingo Park seguía siendo una pasarela de cuerpos fabricados.

 

20.

 

Doblando por el lateral del gimnasio, vio el local. Un letrero: Nutri-Supplements. Era la misma marca que había visto en la casa de Lester Torres. Y en el llavero. La reja, medio baja. Los del gym debían comprar en ese sitio: polvos, batidos, pastillas, pepas para inflarse y mirarse en el espejo con más cariño.

Se acercó y golpeó con los nudillos. No hubo respuesta. Volvió a golpear. Una sombra se movió adentro y la reja subió apenas unos centímetros.

—We’re closed.

Era flaco, piel pegada al hueso, ojos hundidos. Se pasó la lengua por los labios resecos antes de hablar. Llevaba una camiseta negra con manchas blancas de polvo.

—Busco a Lester Torres —dijo el Comanche.

El hombre volvió a humedecerse los labios.

—No sé de quién hablas.

—Tenía media casa llena de productos de aquí.

—Aquí viene mucha gente. Nadie viene a perder el tiempo.

—No te pregunté por mucha gente.

Echó un vistazo hacia el findo del local.

—No lo he visto —dijo, encogiéndose de hombros.

El Comanche sacó su identificación y la sostuvo apenas un segundo frente a la rendija.

—Piénsalo bien.

El tipo bajó la vista hacia la placa. Después lo encaró otra vez.

—Ya te dije que no sé.

—Joven. Pelo oscuro. Entrenaba en el gym. A veces con otro muchacho. Mancini.

La cara del tipo no cambió. Pero la mano sí: se le fue a la reja, como si quisiera bajarla de una vez.

—No sé, man.

—Ok.

El Comanche dio un paso atrás. El tipo bajó la reja. El golpe metálico sonó demasiado rápido.

No caminó ni media cuadra y regresó. La reja estaba cerrada del todo. Golpeó. Volvió a golpear.

—Abre, brother.

El eco del vacío.

Se agachó y miró por debajo. Oscuro. Cajas apiladas, un refrigerador con luces apagadas y, pegado en el vidrio interior, un afiche de un fisicoculturista mostrando los dientes.

—Hijo de la gran puta… —murmuró.

Se enderezó. Forzar la reja significaba ganarse un problema con el Officer Pérez que tendría que explicar en el Ilusiones con un café de por medio.

Siguió caminando.

Se metió por el alley. Bolsas de basura abiertas, olor agrio. El Comanche se apoyó contra la pared. Pensó en Lester Torres. En la cabeza abierta. En la sangre bajándole por la cara. En el dependiente.

Mintió.

El problema era saber qué mierda estaba escondiendo. No le cuadraba.

Salió del alley. En Alton Road: carros, ruido, gente que no miraba a nadie. El Comanche cruzó la calle.

 

 

21.

El Chamizo levantó la vista desde la mesa de billar.

—Coño. Apareció el bicho.

—Arma —dijo el Comanche dejando un billete sobre el paño verde.

El Chamizo sonrió enseñando el diente de oro. Estrenaba un taco de madera balsa.

—Te voy a romper el ojete con el taco nuevo incluido —dijo el Comanche y pidió música al Consorte.

Luego quebró las bolas y las lisas se regaron por la mesa.

En el televisor colgado en la esquina, una periodista hablaba del precio de los alquileres en Miami mientras abajo corría un cintillo de Crime Scene sobre un tiroteo en Hialeah.

El Consorte intentó cambiar con el control remoto, pero no respondió.

—Esta ciudad se fue para la verga —dijo el Chamizo alineando un tiro—. Ya ni respirar se puede.

Metió la ocho.

—Pero cualquier huevonada está mejor que Puerto la cruz—remató.

El Comanche no le hizo caso.

Seguía pensando en el suéter negro.

En Becky.

En Mancini.

En el gym.

En el flaco de Nutri-Supplements.

En Lester Torres.

 

 

22.

En la fila había un hombre de las dimensiones de Lou Ferrigno. Vestía camiseta sin mangas, cabeza calva brillante, cada pantorrilla parecía un guante de béisbol y llevaba un perro poodle blanco atado a una cadenita roja con un cascabel.

—Large, Strawberry Angel, con proteína —pidió.

—Next —dijo el dependiente.

—Estoy buscando a alguien —dijo el Comanche, dejando la identificación de inspector sobre el counter—. Lester Torres.

—What? —dijo el tipo, sin dejar de mezclar un batido espeso en la licuadora, mirando al Comanche por el reflejo del metal.

—Lester Torres.

—Ese comemierda lleva días sin dar la cara… me dejó solo rompiéndome el culo.

—¿Y tú quién eres?

—Está en el hospital. Jodido. Así que habla.

—¿Jodido? ¿Quién pinga tú eres, chico?

El Comanche no respondió. Agarró su id y lo volvió a dejar caer sobre el mostrador.

—Nutri-Supplements —dijo el Comanche— ¿ustedes usan sus productos?

—Acá no envenenamos a nuestros customers. Todo es natural.

Después escupió otra cosa sobre Lester Torres.

—Suficiente tuve con ese imbécil… alterado en los últimos días… saliendo por atrás a cada rato… por el alleyway… peleándose con alguien… no sé con quién…

—¿Por el alleyway? —lo cortó el Comanche.

—Qué es esta preguntadera, brother.

—Explícame más lo del alleyway.

—This is private property, man —dijo el dependiente, devolviéndole la identificación—. Así que te me largas o llamo a la policía.

—Con la policía voy a volver yo —dijo el Comanche y se guardó la identificación en el bolsillo de la camisa—. Y no te va a gustar nadita.

Le dio la vuelta al Muscular Arms por el alleyway.

Dos cámaras apuntaban a la puerta trasera.

Sacó el teléfono. Tenía que llamar a Pérez.

 

 


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  1. Entrega 01: Nos jodimos
  2. Entrega 02: El Silver Spot
  3. Entrega 03: La foto del carnet
  4. Entrega 04: La casa de Lester

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