
Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, escuchaba su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres… Entonces Marta dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile que me ayude». Jesús respondió: «Marta, Marta, estás preocupada y turbada por muchas cosas; pero una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará».
Lucas 10:38-42.
A lo largo de los meses de junio y julio hemos podido abrir nuestras redes sociales y encontrarnos con reels de mujeres que afirman: «Yo cedería mi derecho al voto» o «Las mujeres son demasiado emocionales para tomar decisiones políticas». ¿Qué está pasando en el mundo? ¿Es posible que estemos planteando renunciar a derechos que tanto ha costado conquistar?
Derecha e izquierda, demócratas y republicanos, liberales y conservadores: en cada titular parecen sobrar las razones para enfrentar a la gente. Siempre parece importar más tener la razón y gritar «tus verdades», moldear el mundo al antojo de lo que consideramos correcto y convencer al otro de pensar como nosotros que resolver realmente las diferencias y las problemáticas sociales y políticas.
En este caso, el «gran evento» que ha atraído nuevamente la atención hacia los debates feministas ha sido el Turning Point USA Women’s Leadership Summit 2026 (WLS), celebrado del 5 al 7 de junio de 2026 en el San Antonio Marriott Rivercenter on the River Walk, en San Antonio, Texas. Allí, Erika Kirk habló como directora ejecutiva de TPUSA y se produjeron declaraciones virales, como la de Brooke Foxworthy acerca del voto femenino.
Advierto, antes de comenzar, que esta será una lectura incómoda para todo sujeto apasionado por la política y «los valores» que no comprenda conceptos como respeto y libertad. Y ello no constituye una advertencia dirigida exclusivamente a los conservadores, sino a todos los posibles lectores.
En el intento de convertir el hecho en un análisis de las tensiones actuales y de lo que realmente recogen tanto el evento como las reacciones que ha provocado, comenzaré no por la crítica, sino por el esfuerzo de comprender y compartir la visión expresada por las asistentes a la cumbre que apoyan la ideología promovida por la asociación.
Quiero aclarar que, desde el punto de vista de quienes son ajenos a la idiosincrasia, la cultura y el estilo de vida del cristianismo, la manera en que estas mujeres conciben el matrimonio y su función dentro de la familia y la comunidad puede entenderse únicamente como dependencia o fragilidad. Para buena parte del mundo occidental constituye un absurdo renunciar a cierta autonomía para ligarse al otro y ser menos. Parafraseando a Simone de Beauvoir, sería como entregar al otro, conscientemente, el derecho de seguir siendo «un todo, entero», mientras una se reduce a lo otro.
Pero no se pueden juzgar realidades sin comprender las ideologías que las sostienen, ni establecer un debate sin interesarse por la cultura y el pensamiento que les sirven de fundamento. Constituye una negligencia intelectual semejante a juzgar culturas africanas atendiendo exclusivamente a costumbres estadounidenses. No se puede avanzar como sociedad partiendo del sesgo cultural. Además, resulta contradictorio que sectores del propio movimiento liberal, que han utilizado como bandera la consigna de que «todo es un constructo social», no se detengan a cuestionar la construcción contemporánea que ha convertido al cristianismo y al estilo de vida «tradicional» en una suerte de mito diabólico.
La cuestión es que constituiría un error interpretar este modelo matrimonial únicamente como una relación de sumisión. Desde fuera, especialmente para quien ha crecido en una cultura profundamente individualista, resulta fácil concluir que la mujer desaparece detrás de la figura masculina. Sin embargo, esa no suele ser la manera en que muchas de estas mujeres viven ni comprenden el matrimonio.
Lo que ellas describen no es, al menos en teoría, la subordinación de una persona a otra, sino la renuncia voluntaria de ambos al individualismo para construir una realidad nueva: el matrimonio, donde el «yo» deja de ocupar el centro porque ambos aspiran a convertirse en un «nosotros». No conciben el amor como la coexistencia de dos proyectos que negocian constantemente sus intereses, sino como la decisión de caminar juntos hacia un propósito común, aceptando responsabilidades distintas y trabajando en equipo.
Y es precisamente aquí donde muchos análisis externos pasan por alto un elemento esencial: estas mujeres no creen que solo ellas tengan deberes, estén subordinadas al hombre o relegadas a la cocina —en muchos casos, de hecho, sus responsabilidades diarias ni siquiera las confinan a ese espacio—. La lectura cristiana sobre la que fundamentan su vida también impone exigencias extraordinarias al hombre. El mismo pasaje de Efesios que pide a la esposa respetar a su marido ordena al marido amar a su esposa como Cristo amó a la Iglesia, es decir, hasta el sacrificio de sí mismo. No se le concede un privilegio; se le impone una responsabilidad. Debe proteger, servir, cuidar, escuchar y estar dispuesto a entregar incluso su vida por el bienestar de su familia.
Desde esta perspectiva, el liderazgo masculino no representa un derecho a mandar, sino el deber de cargar con un peso mayor. La mujer no deposita su confianza porque se considere inferior, sino porque cree que el hombre al que ha elegido responderá primero ante Dios por la forma en que la ame. Ambos se someten, en última instancia, a una autoridad superior. Él no es soberano sobre ella; ambos reconocen como soberano únicamente a Dios.
Dejando a un lado los prejuicios, no es difícil comprender el atractivo de este ideal. De hecho, en su mejor versión, cuando se encuentran dos personas alineadas en este sentido, puede lograrse una unión profundamente bella.
Desde este punto de vista, procederé a introducir la declaración de una de las participantes del evento, pronunciada durante una entrevista. Más adelante modificaremos el prisma a través del cual se analiza este pensamiento. Brooke Foxworthy se expresó de la siguiente forma ante la periodista:
- —Si mi marido es la cabeza de la familia, yo soy el cuello, y trabajamos juntos de forma muy cohesionada. Así que me imagino que, si él votara en nombre de nuestra familia, no tendría ningún problema con eso.
- —¿Crees que tu hija debería tener derecho al voto?
- —No me importaría si no lo tuviera, porque también sé que se va a casar con un hombre bíblico y que ellos también estarían en la misma línea.
- —(…) No quiero votar por un partido que le dice a mi hijo que debe cortarse el pene. No quiero votar por un partido que les dice a los blancos que no importan.
Partiendo del argumento anterior, podemos entender que, cuando Brooke Foxworthy afirma que no le importaría que su marido votara en nombre de ambos porque «él es la cabeza y yo el cuello», no necesariamente está describiendo una relación de sometimiento unilateral. Desde dentro de esa cosmovisión, puede no considerar —concediendo que habla con honestidad— que esté renunciando a su voz. Puede creer, en cambio, que ha encontrado a una persona cuya responsabilidad ante Dios consiste precisamente en protegerla, escucharla y actuar buscando el bien de ambos. Su confianza no nace —o, al menos, no necesariamente— de la ingenuidad, sino de una determinada comprensión del matrimonio cristiano, apoyada en lecturas de la Biblia que no imponen deberes únicamente a la mujer. Cuando este ideal se materializa —y ocurre en algunos casos— puede producir matrimonios extraordinariamente sólidos. Existen hombres que aman de esa forma y mujeres que eligen libremente ese modelo y encuentran en él paz, propósito y plenitud. Negarlo sería tan dogmático como afirmar que todas las mujeres deberían seguir precisamente ese modelo de vida.
El problema aparece, sin embargo, cuando otra de las asistentes declara explícitamente: «Nuestra esperanza es poder atraer a las mujeres liberales y educarlas».
El discurso de Brooke parte de una premisa que la realidad no garantiza: que toda mujer encontrará un hombre dispuesto a asumir esa responsabilidad con la misma seriedad con la que asume la suya.
Cuando expresa que no le preocuparía que su hija no pudiera votar porque «se casará con un hombre bíblico», deja de hablar del ideal para hablar del mundo real como si ambos fueran lo mismo. Y ahí la experiencia histórica obliga a introducir preguntas incómodas: ¿qué ocurre cuando ese hombre no ama como Cristo? ¿Qué ocurre cuando manipula, golpea, viola, controla o simplemente abandona? ¿Qué ocurre cuando el matrimonio deja de ser un refugio y se convierte en el lugar del que la mujer necesita ser protegida?
La historia demuestra que esos casos no son excepcionales. Han existido hombres profundamente cristianos y hombres profundamente violentos que también asistían a la iglesia. La pertenencia religiosa nunca ha sido una garantía absoluta de virtud.
No se puede convertir el ideal, la experiencia personal ni, mucho menos, una ideología disonante con la diversidad de la experiencia humana en un presupuesto universal solo porque ese sea el camino que se considera correcto. Puede vivirse; no debe imponerse.
Remitiéndonos a Pierre Bourdieu, quien observa la realidad desde unas condiciones especialmente favorables corre el riesgo de olvidar que esas condiciones no son universales. Desde una posición privilegiada, el propio horizonte puede parecer el horizonte de todos.
Erika Kirk habla desde un matrimonio que, según sus palabras y asumiéndolas como verdaderas, consistió en amor, cooperación y propósito compartido. Es perfectamente legítimo que esa haya sido su experiencia; lo cuestionable es presentar esa experiencia como si describiera la experiencia probable de cualquier mujer.
No todas las mujeres parten del mismo lugar; no todas encuentran un compañero que viva Efesios 5 con el mismo compromiso con el que ellas viven los versículos dirigidos a las esposas; no todas disponen de independencia económica, protección familiar, recursos legales o libertad para abandonar un matrimonio destructivo. Y, por supuesto, no todas desean esa vida. Entre millones de mujeres —a quienes aquí llamaremos, íntegramente, seres humanos— resulta imposible esperar que todas compartan las mismas aspiraciones y propósitos. Para todas ellas existen los derechos.
No porque el matrimonio cristiano, bien vivido, sea indeseable en sí mismo, sino porque la ley no puede construirse sobre la promesa de un cuento de hadas. Sin cambios estructurales, legales y políticos, y sin una intervención profunda dentro de la propia Iglesia, ese ideal ni siquiera sería posible hoy para muchas de las mujeres que disfrutan de su versión romántica.
Erika expresó varias ideas en su conferencia de apertura que, incluso antes de continuar investigando sobre el hecho y descubrir a las activistas que se manifestaban en el exterior del recinto con trajes de El cuento de la criada, ya me habían remitido por sí solas a esa misma imagen. En especial, cuando afirma: «Como mujeres estamos hechas para asumir obligaciones que nos trascienden a nosotras mismas. Está en nuestro ADN». También rememora la figura de su esposo al decir: «(…) Charlie solía decir que el feminismo consistía en querer que las mujeres se convirtieran en hombres y, con el tiempo, no necesitaran a los hombres». Según explica, él observó cómo el feminismo emergía en los campus universitarios de una manera abiertamente hostil hacia las mujeres conservadoras.
Y, en parte, tiene razón. El movimiento feminista, principalmente en sus sectores más radicales, tiende a excluir las ideas no radicales y a censurar posturas que no se alinean con una visión hostil hacia los hombres. Este fenómeno social recuerda cómo ciertos movimientos emancipatorios pueden reproducir contra otros los mismos mecanismos de generalización, hostilidad y deshumanización que originalmente denunciaron.
Algo similar ocurre con el feminismo radical: se presenta como un fenómeno contemporáneo que responde a la historia, el sufrimiento, la opresión normalizada, la violencia estructural, las víctimas y la memoria oral transmitida de generación en generación; además, se ve amplificado por la globalización y las redes sociales.
Esta violencia no es la respuesta. He denunciado el feminismo radical en muchos de mis trabajos y sostengo los argumentos que planteo sobre su accionar. Sin embargo, no se pueden utilizar los errores de un movimiento social que ha existido durante generaciones ni analizarlo exclusivamente desde el prisma de su corriente más radical para insinuar que el feminismo, en su conjunto, constituye un mal para la sociedad.
Erika continúa:
«Como mujeres en el mundo actual, tenemos la suerte de contar con muchas más opciones que cualquier otra generación. En cualquier otra generación de la historia hemos tenido muchas menos opciones. Pero ¿por qué el hecho de tener tantas opciones nos está dejando ahora con mucha menos claridad sobre quiénes somos y para qué fuimos creadas?»
Yo respondería: porque tenemos libertad, y cuando se tiene libertad, se puede dudar. Me gustaría, además, señalar que el problema tiene una dimensión mucho más compleja que «las mujeres en el mundo actual». Las personas en la contemporaneidad se hallan perdidas: hombres, mujeres, plantas y unicornios; todos estamos hechos un caos. Considero que las respuestas a ello se encuentran mucho más ligadas a la hegemonía, la globalización, el desarrollo y las dinámicas de las estructuras político-económicas actuales que al hecho de que las personas tengan libertad para amarse, equivocarse y existir libremente.
«Cada ola feminista, cada “ola” y el juicio de una cultura que analiza a las mujeres reduciéndolas a una ideología complican por completo algo tan simple y hermoso como la feminidad». Dejaré a un lado el argumento evidente de que el cristianismo y la tradicionalidad constituyen también ideologías con las que su propio discurso pretende encasillar a las mujeres, para remitirme a la Biblia:
2 Corintios 3:17: «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad». La libertad espiritual, entendida como una conexión de voluntad y espíritu entre la persona y Dios, dificulta presentar la coerción y la obediencia forzada como el ideal central de la vida cristiana, a menos que la interpretación de la Biblia se fundamente en el terror de arder en el infierno y no en el amor.
Romanos 14:4 y 14:12: «Cada persona responde ante Dios por sí misma». Una mujer no debe vivir exclusivamente bajo la conciencia, las decisiones o el proyecto personal de su esposo.
Gálatas 5:1: Pablo exhorta a permanecer firmes en la libertad y a no volver a un «yugo de esclavitud».
«Si una ideología deja a las personas más solas, resentidas, confundidas y débiles que antes, entonces quizás sea hora de cuestionarse si esa ideología realmente está sirviendo a las personas que dice empoderar».
Erika Kirk, quien denuncia el feminismo y parece no reconocer plenamente su necesidad histórica, nació el 20 de noviembre de 1988. Ella misma ha contado que de pequeña era muy deportista. Jugó baloncesto universitario en Regis University; posteriormente estudió Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en Arizona State University y obtuvo un Juris Master en Estudios Jurídicos Americanos en Liberty University.
En 2011 ganó el título de Miss Arizona USA y representó al estado en Miss USA. Tras su matrimonio con Kirk, empezó a participar con frecuencia en conferencias de TPUSA y hoy dirige tanto Turning Point USA como Turning Point Action.
Mientras Erika Kirk plantea que el feminismo es un movimiento innecesario y problemático que aleja a las mujeres de su propósito y de su «feminidad», Savannah Stone sostiene que las mujeres no deberían votar: «No creo que las mujeres deban votar. Si alguien me preguntara, si el gobierno me dijera: “De acuerdo, si pudiéramos tener un país más conservador, si todas las mujeres renunciaran a su voto”, con gusto renunciaría a mi derecho al voto para tener un país más conservador. Ahora bien, ¿es una causa por la que voy a luchar hasta el final, presentarme a un cargo público e intentar llevarla a cabo? No. Ese no es mi mensaje principal; es solo una de las opiniones que tengo, porque creo que sería mejor para la sociedad».
En la misma línea, Kay Elah Gardner plantea: «Si eliminaran cosas como el aborto, yo también renunciaría al voto».
Las periodistas insisten en que no fueron todas las mujeres del evento las que siguieron esta línea de pensamiento. Muchas, de hecho, parecían convencidas de que no renunciarían a ese derecho a cambio de nada, y otras estaban decididas a ejercerlo votando por el Partido Republicano en las próximas elecciones. Sin embargo, hubo también muchas dispuestas a renunciar a él en aras de una América más cristiana y conservadora. Esta disposición nos obliga a mirar directamente hacia las niñas afganas a quienes se les cerraron las universidades; las iraníes golpeadas por mostrar el cabello; las indígenas y campesinas que trabajan desde antes del amanecer sin recibir salario ni reconocimiento; las niñas entregadas en matrimonio; las mujeres violadas por sus parejas, sus ejércitos o sus gobiernos; las sufragistas encarceladas por reclamar ciudadanía; las defensoras asesinadas por exigir tierra, educación y libertad; y los millones de mujeres que todavía pagan con el cuerpo derechos que otras presentan hoy como innecesarios. También hacia las obreras textiles quemadas o explotadas en las fábricas; las sufragistas detenidas y alimentadas a la fuerza; las niñas privadas de escolarización; las esposas sin personalidad jurídica propia; las mujeres incapaces de abrir una cuenta bancaria o firmar un contrato sin permiso masculino; las víctimas de esterilizaciones forzadas; las madres obligadas a entregar a sus hijos; las presas políticas violadas como método de castigo; y las activistas asesinadas por reclamar exactamente las libertades que hoy algunas consideran prescindibles.
Quien siempre ha visto la función desde el palco puede creer que simplemente «así se ve el teatro», porque no percibe su asiento como un privilegio. Después juzga a quienes están detrás de una columna, permanecen de pie o no pudieron entrar como si hubieran recibido las mismas oportunidades.
Estas mujeres contemplan la condición femenina desde lo que Peggy McIntosh describiría como una posición de privilegio invisible: transforman las condiciones excepcionales de su propia vida —educación, seguridad económica, protección social y acceso al liderazgo— en una norma que presumen igualmente disponible para todas las mujeres.
Erika dice explícitamente: «Ten más hijos de los que puedas pagar», y habla de sumisión y maternidad desde una posición que le permite conservar educación, dinero, visibilidad pública, liderazgo y capacidad de elección. La exhortación a tener más hijos de los que pueden sostenerse resulta especialmente problemática cuando procede de una persona cuya propia vida se desarrolla bajo condiciones económicas, educativas y sociales que no comparte la mayoría de las familias a las que dirige el consejo. La inseguridad alimentaria y las privaciones materiales durante la infancia se relacionan con mayores riesgos educativos, sanitarios y sociales, aunque nunca determinan por sí solas el destino de una persona. Aun así, Erika presenta esta actitud como parte de aquello que hace grande a un país.
Creo que deberíamos estar haciéndonos otras preguntas, como:
¿Qué estructuras sociales, religiosas, culturales y económicas hacen que algunas mujeres lleguen hoy a considerar la renuncia a un derecho político? Sin embargo, al continuar pensando, surge una paradoja: al cuestionar la actitud impositiva de este grupo de mujeres y el carácter exacerbado de su discurso, resulta imposible no cuestionar también a su contraparte.
¿Por qué presentar un modelo de esposa y madre como ideal universal para todas las mujeres? Por la misma razón por la que hoy se defiende a veces un modelo de mujer independiente, soltera, laboralmente exitosa y casi nunca madre; y, en caso de serlo, alentada a «sufrir la complejidad siempre silenciada» y a quejarse de lo duro que es maternar.
Si pregunto «¿qué ocurre con las mujeres cuya vocación es otra: la ciencia, la política, el arte, el sacerdocio o, simplemente, no casarse?», tendría, por ética, que preguntar también: «¿Qué ocurre con las mujeres cuyo corazón está en el hogar, cuyos esposos las aman y cuyo sueño es ser madres?»
¿Puede existir «libertad» si la identidad se define por la relación con el marido? También podría preguntarse si se está visibilizando la coerción que experimentan algunas mujeres que desean vidas tradicionales y no las viven por la presión social que las rodea. En tal caso, la imposición del colectivo tampoco puede considerarse libertad.
En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, durante la Revolución Francesa, quedó expresado que «la libertad consiste en poder hacer todo aquello que no perjudique al otro». Más tarde, en 1791, Olympe de Gouges respondió con su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana y denunció la exclusión femenina de la ciudadanía revolucionaria: «Si la mujer tiene el derecho de subir al patíbulo, debe tener igualmente el derecho de subir a la tribuna».
Retomando la Declaración de 1789: «El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otro límite que los derechos que aseguran a los demás miembros de la sociedad el goce de esos mismos derechos».
Reconozco que queda mucho por hacer dentro del movimiento feminista y de las corrientes liberales para alcanzar ese ideal. Reconozco también que me irritan con frecuencia las brechas y las incongruencias de los discursos que proclaman defenderlo. Me opongo a la radicalidad del feminismo más extremo por una lógica social sencilla: todo cambio basado puramente en el odio, orientado hacia la supremacía e ignorante de la misma historia sobre la que se fundamenta no puede traer sino caos.
Sin embargo, debo recordar que María eligió aprender y nadie va a obligarla a abandonar ese lugar. No lo afirma una escritora liberal: Lucas lo atribuye a la palabra de Jesús.





