Gabriel Rimachi: “Somos historias que necesitan ser contadas”

En «Todos los muertos de mi felicidad», Gabriel Rimachi explora las zonas más oscuras de la experiencia humana: la culpa, el deseo, la violencia y las heridas que el tiempo no consigue cerrar. 


Los personajes de Todos los muertos de mi felicidad habitan un territorio donde el afecto convive con la culpa, la violencia se instala en la cotidianidad y los silencios pesan tanto como las palabras. En este nuevo libro de cuentos, Gabriel Rimachi construye una galería de seres marcados por decisiones irreversibles, traumas persistentes y emociones que desbordan cualquier intento de control. Lejos de ofrecer respuestas simples, sus relatos invitan a mirar de frente las contradicciones humanas y los monstruos que cada individuo lleva consigo. Conversamos con el escritor sobre el largo proceso de gestación de estas historias, los temas que atraviesan su narrativa y su interés por explorar las zonas más complejas de la experiencia humana.

Los cuentos de un libro rara vez nacen todos al mismo tiempo: suelen ser textos que acompañan al autor durante años, que se corrigen, se abandonan y luego regresan transformados. En el caso de Todos los muertos de mi felicidad, ¿cómo fue ese proceso de convivencia con las historias? ¿Hubo cuentos que tardaron mucho tiempo en encontrar su forma definitiva o que cambiaron radicalmente desde su primera versión?

Eso es lo que hace más difícil el armar un libro de cuentos: que todos ellos estén atravesados por una misma intención, sentimiento o eje. Porque los cuentos se escriben (casi) siempre en un lapso de tiempo muy amplio. En mi caso, “Sérpico sin Al Pacino” fue escrito en 2010 y entonces tenía 20 páginas. La versión final que ha salido publicada en este libro tiene apenas 5 páginas. El último cuento que escribí para esta entrega fue “La vergüenza de los ahogados” y lo hice este año. Cuando uno lee un cuento escrito en 2010 y uno escrito en 2026 asimila que el tiempo transcurrido ha transformado tu mirada, tu lenguaje y tu reflexión sobre los dramas humanos. Entonces el proceso de corrección uniformiza lo anterior. Le da ese nivel que entonces no tenía. Y en el proceso de corrección se van eliminando páginas y páginas hasta que quedas satisfecho. Eso ha pasado con los cuentos de Todos los muertos de mi felicidad.

En varios cuentos parece haber una tensión entre la degradación moral y una sensibilidad estética muy trabajada. ¿Cómo decides hasta qué punto embellecer una escena brutal sin que pierda su capacidad de incomodar o herir al lector?

Siendo honesto con la escena, con la moral del personaje y con la fidelidad de la ficción. No pienso en el lector. Hemingway aconsejaba no crear personajes sino “personas”, es decir: que tengan una dimensión que alcance al lector. Si pensara en la incomodidad del lector o en que quizá alguna escena pueda herir su susceptibilidad, seguramente habría abandonado la literatura hace mucho tiempo, y seguramente viviría amargado por la frustración que supone el limitarse en lo que uno hace por la corrección política. La vida no conoce de estas correas, de estas contenciones. La literatura no debería tampoco permitirlas.

En relatos como “Ciudad solitaria” o “Monsieur Hernández” los personajes parecen cargar culpas que nunca terminan de verbalizar del todo. ¿Te interesa más explorar el remordimiento íntimo que el conflicto externo? ¿Qué encuentras narrativamente fértil en esos silencios?

Que la forma en que el conflicto llega al lector es más efectiva, le permite participar del drama, acompañar al personaje. El lector no es un espectador más. Entonces ocurre la magia: la reflexión. Ese momento en que la conexión entre la ficción y la realidad es apenas distinguible porque el dolor o la emoción conecta con el lector. No se trata —en el caso de mis ficciones últimas— de mostrar la anécdota, sino de exponer las emociones y, a partir de ahí, alcanzar una dimensión más profunda.

Muchos personajes de este libro parecen incapaces de separar el afecto de la culpa, el deseo o la violencia. ¿Qué te interesa explorar en esa forma conflictiva de vincularse?

Me interesa mostrar personajes que sean más humanos, es decir: que sin esperarlo sean víctimas de las consecuencias de sus acciones y decisiones, tal como ocurre en la vida real. Me interesa en ese sentido al conflicto psicológico, el drama interno, y la toma de una elección (no siempre correcta) que lleva la escena a un plano mayor: acercarse a algo que podría ser real, cercano, que podemos relacionar con algo que nos pasó o que conocemos que le pasó a alguien o que podría simplemente pasar. Esa transición es la que me interesa manejar en este libro.

Muchos personajes masculinos de este libro parecen emocionalmente incapacitados para amar sin destruir algo en el proceso. ¿Dirías que tus cuentos intentan retratar una crisis de masculinidad contemporánea o más bien una tradición afectiva latinoamericana heredada?

Creo que los hombres en mis ficciones no tratan de mostrar ninguna «crisis de masculinidad», son seres humanos que toman decisiones cuyas consecuencias los marcarán a fuego para siempre, como el niño que desobedece la orden de su madre y se acerca a ver el cadáver de su tía ahogada dentro de un ataúd. El trauma le durará siempre. O el muchacho que acompaña a su novia universitaria a que aborte en una clínica clandestina, con la conciencia de que quizá no quiere que eso suceda pero el temor al qué dirán es más fuerte que la energía que necesita para asumir un cambio radical en su vida y convertirse en padre.

Esto pasa en todos lados. Y en estos tiempos en que el hombre se ha convertido en una suerte de enemigo al que hay que combatir desde un sector del feminismo activista, muchos han decidido ceder o callar o simplemente rendirse sin dar pelea, evitarse problemas, pero cada una de estas decisiones tendrá también una consecuencia. Y mi literatura busca explorar esos espacios.

En varios cuentos el horror no aparece como una anomalía, sino como algo que ya habita en la vida cotidiana y en los propios personajes. ¿Crees que la violencia, la crueldad o lo monstruoso forman parte mucho más natural de la experiencia humana de lo que solemos admitir?

Sí, todos llevamos un monstruo dentro. Algunos muchos más terribles que otros. Muchos de ellos extremadamente violentos, otros extremadamente sutiles. En algún momento de la vida muchas personas pierden el control de sus monstruos y los liberan. Y sus vidas cambian para siempre.

El abuso, la violencia y sus múltiples formas de expresarse conviven con nosotros. Desde el hecho mismo de golpear a alguien hasta que muera hasta el que —conscientemente— permite la corrupción política para beneficiarse económicamente a costa de la vida de los demás, todas esas formas las vemos, vivimos y padecemos a diario. Y el Perú no es la excepción: nuestros últimos seis presidentes de la república están presos y todos ellos por corrupción, una que —por ejemplo en el caso de Martín Vizcarra— costó la vida de 250 mil personas durante la pandemia. Somos en realidad la suma de todas esas vivencias. Somos historias que necesitan ser contadas. Y esos son los temas que me interesan en esta parte de mi vida.

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