Intimidad bajo control

 

Para Christian

 

¿Realmente se puede analizar o plantear como hecho una «idea» no sustentada en términos y demostraciones académicas, sin caer en la pseudo-intelectualidad?

Este texto nace a raíz de un debate sobre la cuestión llevada a cabo con un amigo que asegura, no se pueden escribir artículos o tratar como hechos aquellos argumentos u opiniones no verificables desde el campo de las ciencias.

Desde mi punto de vista, las vivencias y las opiniones individuales no pueden omitirse ni considerarse innecesarias de análisis cuando se vuelven sentir público y generalizado, cuando pasan a ser parte de la historia, identidad y pensamiento popular de determinadas comunidades. Su sola existencia, y la innegable realidad de ellas las convierte en algo digno de prestarle atención, de cuestionar por qué ocurre, y de prestar escucha a los procesos psíquicos y reacciones que provocan en los grupos implicados.

Bajo este prisma vale la pena analizar el sentimiento de insatisfacción que vive el inmigrante al enfrentarse a la socialización y la dinámica de vida sexual a la que se enfrenta, principalmente, en Estados Unidos.

«CAROLINA: Eso. Eres libre, pero no puedes fumar en casi ningún lugar. Si te metes en la calle con una mujer te pueden llevar a los tribunales por acoso sexual. Yo estoy loca porque alguien me acose. Tengo ganas de que me digan una grosería en la calle. Dime una grosería.

ADRIÁN: No sé

CAROLINA: Tú eres cubano, coño, dime algo

ADRIÁN: Algo como qué

CAROLINA: Métete con mi culo, dime que está rico, que soy un mango, que me comerías completa. ¿Sabes desde cuándo no me singan? Sí, así, vulgarmente, porque lo que me hace el americano ese que tengo de marido, no es singar, es sex. El sexo para ellos es más corto que para nosotros, solamente tiene tres letras: sex…»

Fragmento extraído del libro Pasaporte de Junior García Aguilera.

En el que se resume un sentimiento expresado (frecuentemente con formas de humor y choteo) por inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, entre los que destaco principalmente a los cubanos. Se trata de una narrativa colectiva que se muestra recurrente en contextos migratorios, en redes sociales, encontramos grupos de Facebook (Cubanos en USA, latinos en USA), reels de Instagram/Tik Tok, comentarios de foros, y opiniones expresadas en el espacio público que muestran patrones reiterativos claros con frases como:

“Aquí la gente es fría”, “En Cuba con una mirada ya resolvías” “Aquí hay que hacer cita hasta para un beso” y algunos más explícitos o referentes al intercambio íntimo, el fenómeno suele expresarse en forma de memes, reels exagerados y humor sexual, sin embargo, la cuestión es que el humor y la trivialidad del tema no debe anular el hecho que esconde detrás, aquí el humor juega un papel muy específico, como procesador de las frustraciones que el sujeto en pleno proceso de cambio, adaptación, y tensiones propias del proceso migratorio y la diferencia cultural no confronta directamente.

En ciertos casos se expresa una frustración más explícita:

“No logro conectar con nadie”, “Aquí todo es complicado” “Las mujeres/hombres aquí son raros” “Todo el mundo está en lo suyo”. Donde se revela el choque con una dificultad estructural de adaptación y conexión íntima. Existe una crítica cultural directa que plantea que en Estados Unidos “Todo es acoso” “La gente tiene miedo a hablar” “Todo es muy frío y calculado”, las personas suelen volver a sus orígenes y comparar con las interacciones sociales en Cuba “En Cuba todo era más natural” “Allá la gente sí sirve” “Aquí todo es estrés y trabajo”.

Es necesario declarar que, por supuesto, estas opiniones no recogen a la totalidad de los inmigrantes cubanos, muchos de ellos consideran que “Aquí hay más respeto” “En Cuba había mucho abuso normalizado” o “Allá todo era muy invasivo”. Hay muchas personas que aprecian el cambio y se adaptan mucho mejor a la cultura estadounidense. Sin embargo, ambos discursos, expresados en espacios digitales donde interactúan los inmigrantes, y observado en conversaciones informales en el espacio público, muestran dificultad de acceso al otro, cambio en las reglas del deseo, pérdida de espontaneidad, y expresan la frustración que ello conlleva.

En anteriores trabajos ya hemos analizado cuestiones como la soledad en la era moderna, las implicaciones de la tecnología y las redes sociales en la misma, así como en la dificultad de crear conexiones genuinas, y la dinámica social que viene del mercantilismo estadounidense, fenómenos no limitados a Estados Unidos, pero exacerbados en el contexto económico y cultural del mismo, principalmente cuando el punto de comparativa se encuentra en Latinoamérica.

Podemos, por lógica, inferir que esta realidad afecta en mayor medida a quienes no están pre-condicionados a ella, sino que se encuentran en pleno proceso de choque y adaptación cultural. No es un secreto que el proceso migratorio, así como la inserción en la sociedad estadounidense generan profundas transformaciones en la forma en la que los inmigrantes latinoamericanos experimentan la intimidad, las relaciones afectivas, y la sexualidad.

La dificultad para conectar y la consecuente menor frecuencia de interacciones íntimas tienen una raíz fuertemente vinculada a las condiciones de vida del inmigrante. La migración impone factores estructurales y ambientales severos, tales como las largas separaciones familiares, la pérdida de las redes de apoyo social y un profundo aislamiento en el país receptor (Castañeda, Díaz & Nemeh, 2015). Las condiciones de vida del inmigrante presuponen segregación socioeconómica, barreras idiomáticas, y frecuentemente horarios de trabajo extenuantes que privan del tiempo de ocio y energía necesarios para participar activamente en el intercambio social.

Estas condiciones explican el acceso limitado al intercambio, sin embargo, la percepción de una menor “calidad, calidez e intimidad” en las relaciones sexuales y afectivas se puede explicar con mayor precisión a través de las teorías de aculturación. Afable-Munsuz y Brindis (2006), explican que, al emigrar, los latinoamericanos experimentan un abandono paulatino de normas tradicionales que en sus culturas de origen fomentaban la cercanía humana. El entorno estadounidense provoca transformaciones en los valores fundamentales de socialización latina: La simpatía que el latinoamericano relaciona con calidez, naturalidad, humor, cercanía, se enfrenta a la “amabilidad” estadounidense que se impone como sistema de normas y cortesías intrínsecas con gran respeto a la individualidad y el espacio del otro.

Al desvanecerse estas dinámicas culturales que aportaban calidez y seguridad emocional, las nuevas interacciones pueden percibirse como frías o instrumentales. A lo cual se suma la vulnerabilidad psicológica; las presiones económicas, el estatus migratorio y el choque cultural que, en conjunto, actúan como detonantes del estrés y la depresión, constituyendo factores que socavan directamente la calidad de la vida íntima y la capacidad de disfrute sexual (Kim et al., 2019).

Esta sensación se muestra exacerbada en Estados Unidos, la percepción de frialdad es más aguda cuando el emigrante choca con los paradigmas relacionales de la sociedad capitalista avanzada de Estados Unidos. El sociólogo Zygmunt Bauman (2003) desarrolla la idea de que en el mundo moderno los vínculos humanos padecen una profunda fragilidad: las personas anhelan relacionarse, pero al mismo tiempo huyen de los compromisos a largo plazo por miedo a que se conviertan en una carga. Bauman reflexiona sobre una sociedad donde las relaciones profundas han sido sustituidas por “conexiones” o relaciones virtuales que son de fácil acceso, pero también de desechar con solo “oprimir la tecla delete”.

Los latinos han expresado esta compleja transición íntima más allá de las redes sociales y no limitado a los último años, sino que, por el contrario, han vaciado sus impresiones o relatado las experiencias en uno y otro en la crudeza de sus testimonios en la literatura contemporánea, revelando un choque profundo entre la calidez de sus países de origen y la hostilidad estructurada de Estados Unidos. En la literatura escrita por autores latinos, la sexualidad en sus países de origen suele describirse de manera muy viceral, espontánea y deshinibida.

Pedro Juan Gutiérrez, en novelas como El Rey de la Habana (1999) y Trilogía sucia de la Habana (1998), describe una intimidad donde el sexo funciona como un instinto primario que se mezcla con el sudor, el calor tropical y el intercambio crudo de fluidos, operando como un escape vital y a veces cínico frente al hambre y la miseria cotidiana. En esta misma línea, la escritora Zoé Valdés (1995) en La nada cotidiana ilustra la naturalidad de los vínculos en el trópico, donde casarse, divorciarse y alternar parejas se asume con la misma cotidianeidad que “tomarse un vaso de agua”. La misma escritora relata en su obra cómo el exilio y la hostilidad gélida del nuevo país congelan la pasión y marginan a las inmigrantes, afirmando con crudeza que “una cosa es putear en verano y otra bajo una nevada que pela”, homologando el frío climático al aislamiento emocional y la alienación.

Las reiteradas expresiones que circulan entre migrantes — y se expresan desde diferentes formatos y a lo largo de los años— no corresponden a un humor insólito, sin respaldo de realidad o problemática, sino que representa formas condensadas de nombrar una experiencia concreta: la dificultad de traducir el deseo en encuentro dentro de un sistema que lo regula, lo mediatiza y, en no pocas ocasiones, lo aplaza indefinidamente.

El problema no es la ausencia de sexualidad, sino su desplazamiento hacia un modelo donde el impulso ha sido sustituido por el procedimiento. En ese tránsito, el deseo no desaparece, pero pierde inmediatez. Se vuelve cauteloso, negociado, casi administrativo. Y cuando todo debe ser evaluado antes de ocurrir, lo que se pierde no es solo la espontaneidad, sino también la intensidad.

Desde ahí se entiende mejor la incomodidad del sujeto cubano —y, en general, latinoamericano— ante este tipo de entorno. No se trata únicamente de frecuencia, sino de forma. Al menos en Cuba, la sexualidad no es un episodio aislado, sino una energía que atraviesa la vida cotidiana: se habla, se insinúa, se exagera, se ejerce. Funciona como lenguaje, como escape, como afirmación. No necesita demasiadas condiciones para existir.

En cambio, en contextos altamente regulados, el exceso de conciencia termina produciendo un efecto paradójico: cuanto más se piensa el deseo, menos se encarna. La prudencia, elevada a principio organizador de la intimidad, no solo reduce el margen de acción, sino que introduce una distancia entre el cuerpo y la experiencia.

No es casual, entonces, que en la literatura cubana contemporánea —particularmente en el realismo descarnado de autores como Pedro Juan Gutiérrez— el sexo aparezca como algo urgente, físico, incluso desesperado, en contraste con otras tradiciones donde se vuelve introspectivo, problemático o mecánico. No se trata de una superioridad moral ni cultural, sino de una diferencia en la forma de habitar el cuerpo.

Cuando el deseo deja de ser impulso y pasa a ser trámite o apéndice de estabilidad en la construcción social de la familia, no solo se reduce su frecuencia, sino que también se transforma su cualidad. La experiencia se vuelve correcta, pero no necesariamente viva; no necesariamente intensa.

Dicho de otro modo: hay formas de intimidad que garantizan el respeto, pero enfrían el fuego; y otras que, pese a todos sus excesos y ambigüedades, o quizás por sus excesos y ambigüedades, hacen que uno quiera volver a su país.

 

 

 

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