
Los días en Cincinnati me hacen imaginar las palabras como líneas espaciotemporales que se curvan sobre un plano cartesiano. Aún hoy me alcanza el escalofrío de estar llenando formularios interminables y sobrevolar, de un extremo al otro, la voluptuosa cintura de Canadá, todo por una Visa. Yo, que no soy ni científico ni estoy —todavía— del todo loco, me valgo de la tecnología del lenguaje como la única máquina del tiempo a mano para presentar la vívida memoria de las calles de Ohio.
Esta vez el portal del viaje es, de nuevo, el aeropuerto de Montreal que, valga la aclaración, más bien está en la ciudad de al lado, en Dorval. Estamos en abril, pero el invierno en Quebec aún da batalla. Restos de nieve decoran el paisaje y la primavera parece un mito que cuentan los abuelos que se mueren esperando el calor. El abrigo de invierno, afuera necesario, me estorba dentro del aeropuerto, cargo literalmente un cordero argentino, no me cabe ni en el bolso de mano ni en la maleta. Solo le falta balar. Tengo la impresión de que irá a pasear de gratis a la primavera de Cincinnati. Según Weather Network, allá están ahorita en 21 grados, chubascos ocasionales, pero templado y con flores, eso sí. Mi cuerpo se estremece de solo pensar en el cambio de estación. Para mí la primavera es cosa de películas de Disney.
Es revelador cuánto cambia el aeropuerto cuando se ingresa a las salas de los vuelos con destino marca USA. Hay más tiendas fancy, más comodidades en los restaurantes, más zonas de teletrabajo, mejores promociones de licores y colonias. El consumo se transforma en otro personaje dentro de la estética del movimiento. Happy Clinic en remate me guiña un ojo. Aprovecho para comprar una fragancia que me envalentone el día que me toque realizar mi ponencia en el 43.º Congreso de Lenguas, Literaturas y Culturas Romances y Árabes de la Universidad de Cincinnati.
El avión hace una breve escala en Filadelfia. A través de la ventanilla, vislumbro la tierra natal del Príncipe del Rap, viajando “siempre tranquilo, sin prisa ni nada”, aunque, valga la aclaración, el programa no se grababa aquí, sino en los estudios de NBC en California. Despegamos de nuevo y hacia las ocho y media de la noche aterrizamos, finalmente, en el aeropuerto de Cincinnati. Medio dormido y sin saber exactamente qué hacer, tomo el tren subterráneo o People Mover hasta desembocar en la puerta de salida. Pero como les sucedió a la Comunidad del anillo a las puertas de las Minas de Moria, me falta pronunciar la palabra mágica, “amigo”, para traspasar el umbral de esta nueva aventura. He aquí que mi compa Mau se materializa en la entrada del aeropuerto, me abraza y me da la cálida bienvenida.
Mau es, entre tantas cosas, un gran amigo poeta costarricense, traductor al inglés de la poesía de Eunice Odio, profesor universitario experto en cine, literatura y café. Además, es parte de la organización del Congreso y tutor en el Doctorado de Escritura Creativa. Lleva varias décadas viviendo en Estados Unidos, pero guarda intacta la gentileza propia de la Zona de los Santos en Costa Rica. Como buen tico, habla hasta por los codos. En el carro no para de contarme datos, chismes e historias, mientras gira sus manos sobre el volante y sonríe.
—¿Sabés que el aeropuerto no está realmente en Cincinnati?
—¿Al chile?
—¡Al Chili Willy!
—Entonces, ¿dónde está?
—En Kentucky.
—¿En Kentucky… el estado?
—Sí. Aquí las ciudades se conectan gracias al Río Ohio. Tenemos que cruzar dos estados para llegar a tu Airbnb.
—Pasa similar en Costa Rica: el aeropuerto Juan Santamaría no está realmente en San José, sino en Alajuela. Nos bailamos a los turistas.
—Pero ya ves, ¡pegaste dos pájaros de un solo tiro! Ya conociste un estado que no estaba en tus planes y, uno de estos días, te voy a llevar a comer unas baleadas hondureñas que hay en Dayton.
De pronto me acuerdo de que no me dieron comida durante el vuelo y empiezo a sentir como si un agujero de gusano me creciera en la panza.
—¿Cuál es nuestra ruta?
—Pues en esta autopista se conectan muchas líneas interestatales. Al salir del aeropuerto, agarramos la ruta interestatal I-275 que, si se sigue derecha, hace un bucle por tres estados: Indiana, Kentucky y Ohio. Pronto vamos a cambiar a la ruta I-71 que toma hacia Covington y Newport, las ciudades de Kentucky que están frente a Cincinnati. Vamos a cruzar el Brent Spence Bridge y ahí no más Cincinnati nos espera.
—¡Qué tuanis! Hasta ahora solo conocía las rutas interestatales por Kerouac o por las canciones de Stone Temple Pilots.
—¡Te va a encantar la ciudad! Se come muy rico.
—Qué dicha porque me voy descosiendo del hambre.
—Tranquilo Cirilo. Cerca de tu Airbnb hay un mexicano que está en todas, Gómez, atendido por afroamericanos. Una sabrosa muestra de la interculturalidad de Cincinnati.
Al momento de decir esto, a Mau le brillan los ojos y su barba se pone del color de las direccionales. Justo llega el momento de cambiarnos a la ruta I-71.
—¿Sabés que la historia de Ohio se conecta con la de Canadá, el país donde vivís ahora? Por aquí pasaba el “ferrocarril subterráneo” durante el siglo XIX. No se trataba, valga la aclaración, de ningún tren real, sino más bien de una vía de rutas clandestinas por donde los esclavos se escapaban de los estados sureños antes de la Guerra Civil. Cincinnati era la puerta de entrada hacia la búsqueda de la libertad, procuraban llegar con bien a los estados abolicionistas del norte o al Alto Canadá, donde no corrían peligro, pero era un camino peligroso. Los esclavistas no lograban descubrir cómo hacían para desaparecer tantos esclavos, solo conocían el fenómeno como el “underground railroad” porque se usaban metáforas de trenes para hablar de los medios de escape. Cincinnati es una ciudad de una historia muy interesante y maravillosa.
En mi interior, agradezco tanto contar con Mau en esta nueva aventura. Voy a aprender tanto con él y es, además, tan gentil y hospitalario, que ya valió completamente la pena haber activado esta máquina del tiempo, la escritura, para recobrar aquel momento de mi viaje.
Finalmente llegamos a Gómez Salsa. Me compro un burrito enorme y una michelada para llevar, confiado de que el agujero de gusano en mi estómago se va a estabilizar con tanta masa engullida y no me costará trabajo dormirme. Mau me deja en la entrada de mi Airbnb en Kenton Street. Le agradezco desde el corazón y nos despedimos. Echa a andar el carro, pero se detiene, echa para atrás, baja la ventanilla y me suelta:
—Mañana vamos por una cerveza con los estudiantes del doctorado en Escritura Creativa.
Arranca de nuevo y lo veo perderse en la esquina. Me quedo picado y me entusiasmo como si estuviera allí mismo, otra vez, libre y pleno, y no en esta ficción de viajes en el tiempo que, por esta noche, termina su episodio.




