
Hace unos meses, esperando en una parada de bus en Detroit cerca del edificio de General Motors, bajo una nevazón, recordé una tarde en Dallas, donde también esperaba el bus, con la diferencia de que no tenía las manos entumecidas entre los bolsillos de mi abrigo, sino los cien grados del verano metiéndose por la camisa y sintiendo el asfalto caliente derritiendo la suela de los zapatos. Aquella tarde en Dallas llevaba una camisa de manga corta y unos pantalones de lino, y el sol me quemaba el cuello a pesar del bloqueador solar. Aquella tarde en Detroit llevaba bufanda, un gorro y ya se me empezaban a entumecer los dedos de los pies.
Esperaba el bus entre el viento y la nieve para ir a una cita importante y llevaba más de treinta minutos esperando a que llegara el bendito servicio, pero todo lo que pasaba eran carros, docenas de automóviles que se detenían en el semáforo de la esquina, esperaban a que la luz cambiara a verde y continuaban por la calle levantando la nieve mezclada con barro. Observaba las marcas de los carros, daba dos pasos hacia adelante para mirar si venía el bus, daba media vuelta y volvía al mismo lugar, y a veces mi mirada se encontraba con la mujer que había estado sentada en la parada antes de que yo llegara, comiéndose una hamburguesa y tomándose una soda.
Por la calle caminaban solitarios y grupos, muchos con la cabeza hundida entre los hombros; salían del trabajo, entraban por las rampas de los edificios de parqueaderos y después reaparecían sonrientes, conduciendo sus coches para irse a descansar. Mi atención se detuvo por un instante en una pareja que salía en un Ford Mustang negro por una rampa y pasó por el frente de la parada de bus sin siquiera darse cuenta de que el carril estaba destinado para el bus. Los vi perderse cuando el Mustang cruzó el semáforo en verde.
No estoy seguro de por qué empecé a pensar en aquella otra tarde en Dallas, y aquel recuerdo también vino acompañado de esa incomodidad que aparece cada vez que pienso en mi decisión consciente de no haber comprado un carro desde que llegué a este país, y es que en más de una ocasión me vi caminando por debajo de puentes, en vestido y corbata, entre fogatas de neumáticos de adictos, o metido debajo de un árbol para cubrirme del aguacero antes de llegar a la oficina. En las épocas de lluvia, me acostumbré a cargar con un par de medias extras para no andar con los pies mojados desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde en la oficina.
Ni siquiera cuando trabajé vendiendo seguros de vida sucumbí a esta tentación, así tuviera que andar con un spray de pimienta por las calles para ahuyentar a los perros que me ladraban, mostrándome los colmillos al verme caminar con la maleta llena de pólizas por las calles solitarias del vecindario al mediodía. No olvido aquel pitbull blanco que, siempre que me veía pasar, salía corriendo detrás de la reja hasta que llegaba al final del jardín y se cansaba, o ya no me veía al pasar la calle, y volvía a acostarse a la sombra de un árbol hasta el siguiente día, cuando empezaba el mismo show.
Mientras espero, vuelvo a mirar el reloj, como de costumbre, y me doy cuenta de que el bus no se ha retrasado, pues pasa cada cuarenta minutos y solo llevo veinte esperando, y vuelvo a pensar en lo mismo que he pensado desde que empezó el invierno, que debería haber comprado un carro y así habría solucionado el problema, ya habría cumplido con mi cita y ahora estaría sentado en el sofá de mi departamento viendo la nieve caer detrás de la ventana. Me pregunto hasta cuándo seguiré con esta lucha incansable, pues más de una cita perdí, por esta berraca situación de andar en bus. Todavía recuerdo un par de citas que se evaporaron, porque llegué tarde y ya no había nadie, o porque me tocó confesar que no podía ir sin decir que el bus no llegaba hasta allá.
Cuando vivía en Suramérica, el no tener un carro me daba la libertad de salir a bailar hasta las cinco de la mañana, meterme unos buenos rones y regresar a la casa a pie o en bus, o salir de casa por la mañana sin la preocupación de dónde iba a parquear. En Bogotá, los viernes me encontraba con mis amigos en el centro de la ciudad a las seis de la tarde, hacíamos un tour a pie por los bares; después, a la una de la madrugada, ya torilongos, tomábamos un colectivo hasta la cincuenta y siete y nos metíamos a algún amanecedero hasta las cinco de la mañana, de donde salíamos como de una cueva y cada cual agarraba para su casa en el primer bus de la mañana.
Pero no acá. El solo pensamiento de tener que cargar con esa responsabilidad de lunes a domingo me da dolor de estómago. Me he negado con todas mis fuerzas a comprar así sea un Chevy básico de segunda mano, y a veces me pregunto el motivo. ¿Es un principio innegociable de no dejarme vencer por la maquinaria capitalista que obliga a cada ciudadano de este país a gastar su dinero hasta en lo más básico, la movilidad? ¿O es más bien un capricho, y hasta terquedad?
Vuelvo a observar el reloj, la calle y a la mujer envuelta en mantas que ha estado sentada en la parada del bus. Ya se ha terminado la hamburguesa y ahora solo le queda la bebida en su vaso de Popeyes. Tiene las manos gruesas y secas y el pelo sin arreglar, lleno de nudos. Se muestra tranquila como si le diera igual si el servicio llegara a tiempo o no, mientras yo sigo dando pasos de un lado a otro y estirando el cuello para mirar si al final de la calle por fin aparece el bus.




