
Para ir del aeropuerto al hotel espero un shuttle. Hay siete paradas con carteles luminosos numerados. En la vereda hay al menos veinte personas esperando.
Es la noche fría en Atlanta, Georgia. El aeropuerto está ubicado en medio de un bosque frondoso. La oscuridad se expande como una nube negra.
Los choferes se bajan para estirar las piernas y los pasajeros preguntan por los destinos. Uno de ellos ofrece llevar gratis a los pasajeros que van a otros hoteles.
Finalmente aparece el que tiene como destino el hotel en el que me hospedo. Solo habla inglés. Con dificultad me comunico.
Paso la noche entre las sábanas frías de una habitación en penumbras.
Por la mañana llega la hora de la salida del hotel. Espero en el áspero lobby.
Un hombre rengo entra y anuncia su periplo al aeropuerto. Es el chofer del shuttle. Tiene la cara gastada por el trabajo: en los ojos está guardado el cansancio, en la cara se puede ver el cuerpo de la monotonía. El hombre rengo repite los viajes como un Sísifo desencantado. Me mira y me dice: “airport”. Lo miro y le digo: “not now”. El hombre no agrega nada ni sonríe. Solo corre la cara y sigue su recorrido con dificultad. Mueve la pierna más corta con esfuerzo hasta la puerta. La arrastra.
Sube al ómnibus y se va sin pasajeros.
Por la noche irá a su casa. Abrirá la puerta y se recostará en su habitación. Vive solo. Cruza el umbral de la puerta y enciende la televisión. Saca una cerveza de la heladera. Traga un sándwich con la misma parsimonia con que maneja el shuttle. Se duerme en el sillón del living. La televisión sigue encendida.
El departamento es estrecho y está asediado por la calefacción rumiante. El hombre rengo se despierta sobresaltado por la bocina de una camioneta que cruza el semáforo en rojo.
Sube al ómnibus. Llega al hotel y anuncia su viaje al aeropuerto.





