
La época que nos concierne, (este siglo XXI) nos amenaza con su demasiada información, su mucho internet, su poca conectividad interpersonal, pérdida desmedida de habilidades sociales básicas, y cada vez número superior de casos diagnósticos que presentan depresión, obesidad ligada a sentimientos de soledad e inconformidad con la existencia propia. Son los tiempos del absurdo. Vale lo mismo encontrarse una protesta por la necesidad de volver a “la familia tradicional”, que encontrar en una esquina a una familia de personas árbol, difícil entender que en tiempos donde se erige una batalla por normalizar la “libertad” en su máximo absurdo, y se presentan conceptos como therian, trnasespecie, transedad, mientras se abre en mil colores el abanico de la comunidad LGTBIQ+, todavía hay quien se espanta al ver a dos señoritas tomadas de la mano. Este mundo es el juego del absurdo, el mundo aquel donde vivía el conejo, la tierra que visitó Alicia; aquí hasta la reina perdió la cabeza. Los intelectuales de izquierda, no son intelectuales, y defienden las dictaduras porque su gobierno totalitario pregona igualdad de derechos (pero no lo averiguan); así que hacen activismo político en pos de gobiernos totalitarios que violan constantemente la libertad de derechos, (por las que ellos también luchan). Los republicanos, de derecha, los tradicionalistas familiares, repudian el caos y la protesta, exigen cerrar los ojos ante la guerra injusta, ante el crimen que no les empapa, voltean la cabeza, y caminan hacia la Iglesia.
Las mujeres defienden su derecho al aborto, la iglesia defiende el derecho de la criatura a nacer. Poco se discute la necesidad de implementar educación sexual de alto impacto e invertir en recursos que ayuden a los niños marginales, o a los jóvenes que habitan en sistemas de adopción.
Es el magnífico circo del absurdo.
Pero, erróneamente, se le ha otorgado una categoría que no le pertenece por completo: diferentes instituciones de salud y algunos autores contemporáneos han declarado la soledad como epidemia del siglo XXI como podemos encontrar en U.S Surgeon General (2023) en el informe “Our Epidemic of Loneliness and Isolation”. World Health Organization ha reconocido la soledad como problema global creciente, y aunque no siempre es considerada explícitamente una epidemia, sí se le trata como crisis estructural. The Lonely Century (2020) señala la soledad como fenómeno dominante del siglo XXI.
La realidad impone comprender que, pese a las contradicciones que azotan nuestra sociedad hoy y competen nuestra atención, el siglo XXI se reconoce también (en occidente) como uno de los momentos de mayor libertad individual que se ha experimentado en la historia de nuestras sociedades, donde hay un mayor acceso a los vínculos, así como también mayor legitimación del discurso emocional. Nunca antes se había hablado tanto de salud mental, ni se consideraba común expresar emociones de forma sincera, nunca antes se habían cuestionado tanto las estructuras tradicionales:
El individuo social de nuestra época se caracteriza afectiva y socialmente por una profunda ambivalencia: vive en un entorno de “modernidad líquida”, como lo definiera Zygmunt Bauman, donde predomina la fragilidad de los vínculos humanos. Emocionalmente, las personas se encuentran desesperadas por relacionarse para mitigar su aislamiento, pero, al mismo tiempo, desconfían del compromiso a largo plazo, por temor a perder su libertad o verse atrapadas en relaciones que exijan demasiado esfuerzo.
Se habla de un “aumento” en la sensación de soledad, dificultad para sostener relaciones y desconexión emocional incluso en contextos de cercanía. “Más herramientas para los vínculos y menos conexión afectiva”.
Ello conlleva a una “simplificación” de las relaciones sociales, disfrazada de “modernidad” o “mente abierta”, donde los sujetos se involucran en “conexiones” o “redes” de apego, sin determinarlas o consolidarlas como relaciones de hecho, o parejas, evitando la “presión” emocional y el compromiso implícito al acto de nombrar la categoría relacional. Se frecuentan en mayor medida conexiones virtuales, que se establecen a demanda y que se pueden disolver a voluntad, conexiones que se desarrollan desde un espacio seguro, con límites físicos concretos. Donde el sujeto sufre la distancia del otro, se encuentra siempre mediado por una pantalla, pero disfruta tener el privilegio de un tiempo de respuesta prolongado, un formato acomodado para la interacción, y, ante todo, la posibilidad de borrar la interacción o el “contacto” poniendo fin de esta manera al “vínculo”. Las personas asumen el comportamiento del homo consumens (Buman, 2003), evaluando las relaciones bajo una lógica de mercado orientada a la gratificación instantánea, donde la compañía de los demás se consume según la cantidad de placer que ofrezca y se descarta cuando exige.
Este tema se ha trabajado ampliamente por autores que señalan que la liberación de los vínculos tradicionales y pre individualistas otorgó al ser humano independencia, pero que, al mismo tiempo, lo dejó aislado, desarraigado y abrumado por un profundo sentimiento de impotencia frente a un mundo que se percibe como ilimitado y amenazador. Ante esta vulnerabilidad existencial, Esther Perel (2006) explica que las personas de hoy esperan una pareja que actúe como una “panacea”, alguien que cure su soledad existencial, exigiéndole a un solo individuo la protección y las conexiones emocionales que antes solía proveer toda una comunidad, lo cual sobrecarga de expectativas la intimidad adulta.
Sometidos a un alto grado de narcisismo colectivo, las personas buscan a otras “idénticas a ellos mismos”. (mismos gustos, pasatiempos, visiones). Anthony Giddens (1991), señala que las personas tienden a “auto secuestrarse”, aislándose del mundo y encerrándose en sí mismos.
Los jóvenes de este siglo están perdidos en una bruma que presenta, por un lado, el ferviente deseo de encontrar conexiones genuinas, intensas, en la seguridad de una unión y la solidaridad de la compañía humana, pero exige para ello estándares difícilmente alcanzados por el ser humano promedio, y bajo una ideología de “necesitar”, pero con muy poca convicción de “brindar”. La actitud se muestra en exceso egoísta. La persona “espera” un ser que cargue con todos sus sueños, que personifique sus anhelos, y “no se esfuerza, no se entrega”, por menos que ciertas atenciones muy específicas. Pero no comprenden que, sin ese esfuerzo y esa entrega, el otro podría simplemente, no querer permanecer en un sitio donde solamente se le exige. Las personas ven las interacciones sociales como un escaparate de accesorios, donde ir a servirse solo aquello que les acomode; pero ignoran completamente que, del otro lado, se haya un ser humano que, no solo “es” sino que también exige y necesita lo mismo que nosotros de él. Y, al mismo tiempo, se suma a las innumerables exigencias el deseo de mantener contacto o “lazos” lo suficientemente cómodos como para poder romper con ellos en cualquier momento, sin demasiado compromiso y sin cargo de conciencia.
Se deja escapar el tiempo a través de la tecnología, buscando encontrar en los dispositivos la ilusión de una compañía sin exigencias reales de intimidad y amistad.
Si bien todos elementos son ciertos, y requieren su análisis profundo, cabe desmitificar que la soledad constituye un fenómeno exacerbado y “nuevo” en las sociedades modernas, fruto de la tecnología y de las dinámicas relacionales que llevan a cabo los “Milenials” y “la Generación de Cristal”.
La soledad no es un fenómeno reciente ni una invención, sino un objeto profundamente humano e inmemorial que ha sido atravesado por las estructuras sociales como una constante histórica. Para comprenderla, es indispensable distinguir entre su dimensión objetiva (el mero hecho de estar solo, lo cual, en efecto, es mucho más visible en los últimos tiempos, a partir de las dinámicas relacionales y la decisión consciente de no buscar unión matrimonial, de preferir otras dinámicas de vida, o la cuantía cada vez mayor de personas que no desean tener hijos, así como la ya analizada situación de “vivir a través de los dispositivos”) y su dimensión subjetiva (el sentirse solo).
A lo largo de la historia, la soledad ha existido siempre, pero se ha manifestado, interpretado y expresado de formas radicalmente distintas. En diferentes contextos históricos, la literatura, los mitos y la filosofía han capturado el sentir alienado y solitario del ser humano: El relato del Génesis sobre Adán «No es bueno que el hombre esté solo» prefigura el problema de la soledad como una carencia de un alter ego con quien dialogar y construir identidad. Así como en la literatura épica griega, la soledad se manifiesta como un sufrimiento impuesto por el destino o el exilio. Sófocles, en su obra Filoctetes, retrata de manera desgarradora el dolor del abandono en la isla de Lemnos: «Oh mísero, mísero yo y arruinado con tantos trabajos, que voy a consumirme aquí, sin ver en delante mortal alguno conmigo».
La soledad adquiere un tono de sufrimiento espiritual, como el de Jesús en la cruz «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», o se convierte en una vía de purificación. Los místicos y los eremitas elegían voluntariamente el desierto o la celda para vaciar el alma y acercarse a Dios. Petrarca, en De vita solitaria, describe una soledad que no es aislamiento absoluto, sino la condición para un diálogo íntimo con la razón y las letras. Sin embargo, la angustia de la incomprensión persiste, tal como lo expresó Hegel en su lecho de muerte: «Nadie me ha entendido, excepto uno; y él también me entendió mal». Honoré de Balzac, en Los sufrimientos del inventor, define magistralmente el pavor intrínseco del humano a la desconexión: «el hombre tiene horror a la soledad. Y de todas las especies de soledad, la soledad moral es la más terrible».
¿Entonces por qué se persigue hoy como un problema nuevo?
Históricamente, el peligro de la soledad y la vida solitaria era una experiencia límite o marginal (como en la vejez o el destierro); sin embargo, hoy, se ha normalizado. Hoy se disfruta de libertades sin precedentes tras haberse emancipado de los vínculos primarios y tradicionales (la comunidad, la religión, las jerarquías medievales), pero esta misma emancipación lo ha dejado aislado, desamparado y abrumado por un sentimiento de impotencia.
Aquí han cambiado a la vez, la soledad en sí (su forma), y también la manera en que la interpretamos.
La soledad ha mutado estructuralmente. Ya no es el resultado de un retiro espiritual voluntario, ni de una carencia física de personas alrededor, sino que es una soledad masificada y una soledad electrónica o «vacía», donde el individuo, absorto en un narcisismo colectivo y un hiperconsumismo globalizado, está rodeado de personas idénticas a él, pero se vuelve incapaz de dejarse afectar verdaderamente por el otro.
De la misma forma, En el pasado, la soledad podía verse como un espacio propicio para la creación del genio melancólico o el reposo del alma. Hoy, en una cultura que empuja al individuo a evaluar todas las relaciones bajo la lógica mercantil (el individuo alienado como un engranaje), la soledad se experimenta como aislamiento moral, un «secuestro de la experiencia» donde evitamos el compromiso profundo por miedo a la vulnerabilidad, dejándonos con una interacción superficial y una profunda orfandad existencial.
Sin embargo, se impone necesario comprender, que, aunque la soledad forme parte de nuestros días, esté vinculada a las redes sociales, las pantallas, la ansiedad social, y los vínculos de hoy; simplificar en ello la causa total del problema y tratarlo como “una nueva aparición”, constituye un error, es necesario entender que el individuo no existe en vacío, sino que está mediado por estructuras sociales. Estructuras que definen lo aceptable, limitan la expresión emocional y establecen roles y comportamientos. No existe una expresión completamente libre del “yo” con el “otro”.
Siempre han existido tensiones entre “lo que el individuo es” y “lo que la sociedad permite que sea” esta tensión genera adaptación, autocensura, fragmentación interna. La verdadera soledad no se debe analizar como el aislamiento en el espacio físico, sino que requiere comprender la complejidad y el desajuste entre interioridad y exterioridad.
En otras épocas, la soledad no se nombraba, no se problematizaba, sino que era absorbida por las estructuras, normalizada y silenciada. No se esperaba ser completamente comprendido, ni se aspiraba necesariamente a una conexión profunda con el otro. Se esperaba que el otro satisficiera cuestiones prácticas. La esposa cumplía un rol concreto estructural, lo mismo que es el esposo. Tal como las relaciones de amistad tenían frecuentemente un motivo, una razón de ser vinculada al apellido de las familias, la posición económica, o relaciones generacionales. La soledad era una aparte cotidiana del ser, se aprendía a vivir con ello, hoy se sufre conscientemente. Ante la desconexión coexistía con la vida social sin ser cuestionada. Hoy se la considera fracaso. Este problema no emerge en el siglo XXI, sino que se transforma y se vuelve consciente. No estamos frente a ningún fenómeno nuevo, simplemente nos encontramos frente a una nueva forma de experimentar y nombrar una condición antigua. Y quizás estemos más cerca de hallar soluciones cuando dejemos de culpar al “otro” sujeto social, justificando al “yo”, cuando dejemos de ver el “culpable” en el dispositivo electrónico y en “la sociedad” (que nunca nos incluye a nosotros mismos), y comprendamos que la soledad, como muchos de los males que nos atañen, es parte de una problemática compleja, atemporal, mucho más vinculada al sistema, las estructuras y la sociedad, a nuestro papel en ella y la forma en que electivamente nos relacionamos con el otro, que a un celular. No todo problema nace con “los nuevos tiempos”, aunque sí se amplifique su complejidad. Es necesario cuestionarse, y analizar el problema, allá donde surge, y no aquí, donde en vez de hallar soluciones, solo se critica, se asume, y se sigue hacia adelante, pero sin propiciar el cambio.





