
¿Qué lleva a alguien a sumergirse en las profundidades de la tierra, a someterse a toda clase de esfuerzos y trabajos para conocer los subterráneos naturales que el mundo esconde en su interior? ¿Acaso es un deseo por volver a los orígenes, por habitar el líquido amniótico de sus primeras experiencias de vida? ¿Acaso es hallar tesoros que la oscuridad conserva en su brillo opaco, para ser el primer ser humano en tocar lo desconocido? ¿Para qué arriesgarlo todo para entrar en ámbitos donde la fantasía domina, donde lo sorprendente oculta su presencia, donde lo extraño te toca con su gracia? Es difícil responder a estas preguntas si uno es un simple ciudadano de las ciudades contemporáneas, uno que se conforma con la aventura de sortear el tráfico, de lidiar con las multitudes que le salen por el camino, de mantener la mirada fija en la pantalla de su artilugio favorito. Pero hay otros, como el famoso alpinista inglés George Mallory, que cuando alguna vez le preguntaron por que tenía el afán de subir montañas, respondió: Porque están ahí. Es decir: no se necesitan explicaciones para hacer lo que uno quiere, obsesivamente, llevar a cabo. Si es escalar montañas o explorar cuevas o sumergirse en los cenotes, es porque, de una manera misteriosa, nos llaman a su encuentro.
Y lo mismo pasa con Carlos Lazcano Sahagún (Ensenada, Baja California, 1955) y su libro, Donde la noche es eterna. Memorias tomo I (Sociedad de la Antigua California, 2025) que es un himno de alabanza hacia el mundo natural y es una biografía que cuenta cómo su autor fue descubriendo de lo que era capaz con cada nuevo viaje, con cada nuevo desafío, con cada nueva exploración. Es el recuento de una vida y es, a la vez, el evangelio de una religión revelada a sus lectores: la del espeleólogo, ese indagador de cuevas y pasadizos y catedrales subterráneas y altares donde moran los dioses de la eternidad, las sombras del infinito. No se trata de convencer a los que no creen en la espeleología sino de advertir de lo que se ha vivido, vívidamente, como una comunión con la naturaleza en sus facetas más extremas y demandantes. Es interesante señalar aquí que el subtítulo de esta obra es incierto: en la página legal se presenta como Memorias de un espeleólogo y en la portadilla aparece como Meditaciones de un espeleólogo. Creo que es ambas cosas: es una autobiografía y al mismo tiempo es un libro de reflexiones personales, un tratado filosófico desde las profundidades de la mente de su autor, donde detalla los aspectos más sobresalientes de su vida tal y como se le ha presentado a este eminente historiador, fotógrafo y cronista de nuestra península, pero que con este libro nos presenta sus aventuras por todo México y algunas partes del mundo. No como el turista que busca playas bonitas y hoteles de lujo, sino como el que va por la libre y pregunta a los lugareños dónde están las puertas al inframundo.
Otro aspecto que resalta es la capacidad de Lazcano para crear imágenes prodigiosas, narrativas de suspenso, tramas bien cuajadas de momentos y episodios únicos. Lazcano sabe describir lo que cruza por su mente tanto como lo que pasa por su corazón. Sus memorias no son juegos verbales sino auténticos relatos donde la sinceridad brilla hasta en los rincones más oscuros, donde la sabiduría lo guía hasta en los lugares más escabrosos. Sus memorias son, sin duda, el relato de la voluntad humana a pesar de todos los obstáculos, la historia de las amistades que ha hecho a lo largo de su existencia como explorador, como viajero, como descubridor de maravillas y portentos. Nuestro autor tiene el don de compartir con sus lectores lo que observa, lo que siente, lo que aprecia. Y, sobre todo, es un gran cantor de la belleza en su estado más puro, de la hermosura en su primigenia verdad. Por todo ello, Donde la noche es eterna es una pieza literaria de gran calado, una literatura cincelada a base de convivencia, soledad y asombro.
No voy a contar todo lo que este libro cuenta, que es mucho y muy variado, sino que voy a detenerme en algunas aventuras que me han parecido dan el sello estilístico a esta obra monumental, que ofrecen ejemplos de la maestría de Lazcano Sahagún para relatar su vida y sus hazañas con esa anecdótica voz narrativa que otorga su testimonio sobre la espeleología como trabajo de equipo, como una sociedad cuyos miembros ponen sus vidas en las manos de sus colegas y compañeros de exploraciones, como una labor altruista sin pago de por medio y, especialmente, como un registro pormenorizado de cada expedición que realizó por las entrañas de la tierra y, en menor medida, por las cumbres que lo retaban con su sola presencia. Hay en estas memorias la remembranza por los distintos ecosistemas que ha visitado, con énfasis en las piedras, el agua y las rocas por donde ha bajado y subido. Es una larga travesía hacia las tinieblas donde anidan criaturas inconcebibles y misterios insondables. Aquí no valen los recuerdos que se cuentan desde la edad madura sobre sus tiempos de gloria. Me imagino que buena parte de este libro está conformada por sus reportajes de las expediciones en que participara por varias décadas, desde los años setenta del siglo pasado hasta el siglo XXI, y que publicara en diversas revistas, pero en especial en México Desconocido, la legendaria revista fundada por Henry Möller en 1976, de la que don Carlos fue asiduo contribuyente con sus historias de cuevas y bosques y montañas.
Hay que recordar que Donde la noche es eterna no es el primer libro de Carlos Lazcano sobre la exploración de cuevas. En su larga bibliografía están obras como Las cavernas de la Sierra Gorda (Universidad Autónoma de Querétaro, 1986), Los grandes abismos de México (Editorial Jilguero, 1987), Explorando un mundo olvidado (México Desconocido, 1998) y Privilegios de la luz. Maravillas subterráneas de México (Ceiba Arte Editorial, 2008), entre mucha otras. Pero este nuevo libro de Lazcano Sahagún es el primero que recorre todos sus andares como espeleólogo a lo largo y ancho de nuestro país, desde la península de Baja California hasta la de Yucatán, pasando por Nuevo León, la Huasteca Potosina y Guerrero, entre los muchos lugares en que don Carlos ha explorado las profundidades de la tierra. Y este recuento de andanzas lo hace desde sus experiencias personales, desde su mirada de fotógrafo de la naturaleza, desde su fervor de escalador y científico que reconoce en la naturaleza la mejor garantía de nuestra supervivencia como especie en este mundo.
Lo que realmente cuenta nuestro autor es su andar por veredas milenarias, pisadas por gentes de épocas remotas y que, sin embargo, conservan su vigencia, sus complicidades entre naturaleza y cultura humana, la fuerza de su misterio: “La naturaleza suele obsequiarnos con sitios que yo considero mágicos. Son lugares que seducen, atraen, fascinan. Y es que en ellos la vida se mantiene y se sustenta de una manera maravillosa. A lo largo de mi vida como explorador he tenido el privilegio de conocer muchos de estos sitios. No suelen estar a la vista o al alcance de una carretera o una terracería y eso los ha mantenido prístinos. Se trata de santuarios naturales, lugares sagrados que a toda costa deben permanecer intactos. Su permanencia es parte de nuestra propia existencia como especie humana”.
Si su primera exploración se da en 1972, lo importante en la vida de Lazcano Sahagún sucede cuando deja el alpinismo en 1978 y se dedica, en cuerpo y espíritu, a la espeleología. En aquellos tiempos el alpinismo da renombre internacional, pero hay pocas montañas sin conquistar; en cambio, la exploración de los abismos terrestres es otra cosa: “Contrario a esto, el mundo de las cavernas ofrecía un panorama muy distinto, lleno de retos y cosas por descubrir, especialmente en nuestro país. Con una cuarta parte de su superficie cubierta por calizas, México presenta grandes regiones de cavernas y miles de ellas, la gran mayoría, están sin explorar. Ya para entonces a México se le empezaba a considerar como el Himalaya de la espeleología, destacando por sus grandes abismos verticales, sus profundas y largas simas como Huautla y Purificación y una variedad de paisajes subterráneos que apenas empezaban a ser explorados”. De ahí en adelante, Carlos Lazcano ha entrado y salido del vientre de la madre tierra cuantas veces ha podido. ¿Qué busca en realidad? Me decanto por la búsqueda incansable por descubrir, en las tinieblas, en sitios húmedos donde apenas se puede respirar, lo excelso, lo majestuoso, lo sublime. De joven, como nuestro autor admite, le interesó “hacer grandes descubrimientos bajo tierra, encontrar las cavernas más largas, o las más profundas, o los grandes tiros”, pero con el tiempo y la experiencia, don Carlos afirma que lo que él busca hoy en día es la belleza subterránea y que a ésta “se le puede encontrar en todas las escalas. Desde las grandes simas como el caso del Sótano de las Golondrinas, hasta en cuevas pequeñas. Sin embargo, la belleza es subjetiva, depende en gran parte del observador, de su sensibilidad y de lo que traiga dentro de su propio corazón. La belleza subterránea es un trabajo de tiempo, de paciencia. Sólo así se da el crecimiento de un cristal, la entrada de un rayo de luz, el pulido de la roca caliza, o el salto de una cascada. La estética subterránea tiene su propia personalidad, no la que los exploradores le queremos dar en muchas ocasiones. Me parece que los buscadores de récords son la fuerza de los exploradores de cuevas, mientras que los observadores de la belleza son la conciencia y la sabiduría”. Y concluye con una reflexión: “Sabiduría es encontrar la belleza que todas las cuevas contienen, lo que hace única a cada una. Finalmente, el explorador sólo encontrará el reflejo de su alma”.
Lo mismo va para Donde la noche es eterna: he aquí, en este libro, un reflejo preciso del alma de su autor. Si como alma entendemos el cúmulo de sus experiencias de vida, la suma de sus exploraciones y quimeras. Ese momento infinito y efímero a la vez, donde se conjuga su filosofía andariega: “Sigamos explorando, buscando entre las montañas, en sus entrañas, las cuevas, escuchando su silencio y sintiendo su oscuridad, soñando mientras contemplamos la Vía Láctea desplegada ante nuestras visiones nocturnas, sigamos compartiendo la fogata junto con el aullido del coyote, el rumor del viento, del oleaje y el canto de las aves. Brindemos con el agua del manantial y nunca dejemos de sorprendernos de esas noches eternas que se encuentran bajo nuestros pies”. ¿Qué esperan, lectores, para entrar en las profundidades de este libro, para gozar la belleza subterránea de sus hallazgos?





