Música en las alturas


A Gastón Virkel, Hernán Vera y Pedro Medina León

En el downtown de Miami un tren corto circula a la altura de las nubes. Ronda entre edificios y palacios de cemento. Desde el tren se ven las moles que inundan de lujo, el parque en la bahía y los escarceos del mar que ingresa a la ciudad como una sombra turquesa.

Al subir en el primer tramo veo un hombre ubicado en la zona delantera del breve tren. Está sentado en una silla de ruedas y lleva en la mano una antigua radio negra. Cuando el tren asciende por una especie de loma aérea el ruido del motor aumenta y el anciano sube el volumen del aparato pequeño. La radio transmite una música pop que inunda el estrecho espacio del tren. Estridente, emite un desajuste ruidoso, propio de las radios analógicas. Por momentos el chirrido se impone y la música parece un fantasma sonoro.

A la distancia se ve la enorme copia del cuadro “La mujer de la perla”, de Vermeer, estampada en la fachada de un edificio alto. El paisaje se puebla de cristal, cemento y formas modernas. Atrás están la embajada cubana, con un edificio que desentona, y los bancos, el museo de la ciencia, el Brickell Center, el mar y los barcos blancos que apenas rozan la superficie marítima.

El hombre de la radio es grueso y su piel es oscura como la noche de Miami. Con el ritmo de la música menea su cuerpo en la silla de ruedas, como si quisiera salir a caminar por la ciudad. No sé qué le impide transitar con sus piernas y no me animo a hablar con él. Me da un poco de pena pensar que la tecnología no puede ayudarlo. El tren lo lleva a las nubes y la música le ayuda a olvidar que no puede moverse. De alguna forma el tren, ese artefacto de cristal y plástico moderno, es un lenitivo extraño para quienes viven con limitaciones físicas.

En un instante la música me contagia el ritmo y yo también meneo mi cuerpo. El hombre aparta la radio —lleva el aparato pegado a los ojos— y me mira. Una mínima sonrisa le cambia la cara. Sospecho que le agrada que me mimetice con su música. Noto que él también sigue moviéndose y la radio es el puente involuntario entre los pasajeros azarosos.

Antes de bajarme lo saludo. El anciano no responde. No sé si ha escuchado mi voz. Desde el andén aéreo sigo su silueta hasta donde me da la perspectiva cuando el tren se va. La música pop suena en el aire hasta que desaparece.

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