La historia de un barrio abandonado a su suerte

Es fácil asociar la delincuencia y la Mina, asumir el estigma de ese barrio construido con prisas por el desarrollismo para esconder las barracas del Campo de la Bota y otras zonas vergonzantes de la ciudad. ¿Cuándo un terreno sin edificar, a medio camino entre municipios, tierra de nadie entre administraciones, se convierte en el pozo de la delincuencia de la ciudad? ¿Cuándo una promoción de viviendas sociales para erradicar el barraquismo y dotar de servicios a inquilinos que por tanto tiempo no los tuvieron se transforma en un gueto para esconder aquello que no gusta, y después en un supermercado de los estupefacientes? Porque eso es La Mina, el típico lugar del que se cuentan leyendas, un barrio al que se relacionaría pronto con las bandas de delincuentes, con los quinquis: Ugal Cuenca, el Torete o el Vaquilla, con los camellos y los yonquis, con el jaco, las anfetas o la metadona.

Y, sin embargo, es un lugar que también tiene su historia, no siempre delictiva. Existen libros de los que echar mano, los del historiador Josep Maria Monferrer i Celades, fundador del Archivo del Campo de la Bota y La Mina, que inició sin saberlo su interés por ayudar al prójimo el día en que lo perdonaron a él. El alumno conflictivo de los Escolapios de Sarrià, el interno que había abandonado su pueblo en Castellón, que se hacía expulsar, que lo suspendía todo y traficaba con cigarrillos y puros con los otros niños, se confesó al padre Pelegrí. Estaba condenado, o eso creía, por el simple hecho de haber bebido agua, pero hacerlo antes de una Primera Comunión que en el nacionalcatolicismo franquista debía hacerse en ayunas. Ese “pecado” le atormentaba desde hacía cinco años. Todo eso dijo en el despacho del padre, que lo había enganchado fumando en su cuarto. Pelegrí lo engañó. Afirmó que tenía un permiso especial del Papa que le otorgaba poderes para borrar su pasado y renacer. La liberación que sintió Monferrer fue tal que le impelió a dar lo que había recibido. Se hizo escolapio y se dedicó a tratar de borrar el estigma del pasado de otras personas y darles nuevas oportunidades. Después de formarse en magisterio, pedagogía y teología, de pasar por tres centros de enseñanza en Olot, Barcelona y Hospitalet, recaló en las Escoles Pies de Pequín, ubicadas en el Camp de la Bota, de la mano del padre Francesc Botey, seguidor de la pedagogía del oprimido de Paulo Freire. Corría 1966. Monferrer tenía veinticuatro años, y el Camp de la Bota ya no era el barrio de pescadores y trabajadores que había conformado Pequín. Se había vuelto un espacio de barracas insalubres, muchas de ellas sin agua corriente, habitadas por emigrantes de otras zonas de España.

La escuela desapareció en 1972, cuando se la sustituyó por el centro público Manuel de Falla, al que se trasladaron muchos de los maestros que trabajaban en Pequín, entre ellos Monferrer. Para entonces se había empezado a edificar el barrio de La Mina. Los vecinos de aquellos chamizos fueron abandonando sus viviendas para incorporarse al barraquismo vertical. Eso acabó conllevando el cierre de Manuel de Falla, al final con muy pocos alumnos. Se proyectó la apertura de dos nuevos centros en La Mina: las escuelas Jacinto Benavente y Tirso de Molina, de la que Monferrer sería director en 1975. Es desde esa posición de compromiso desde donde narra cómo la especulación y el tráfico de drogas han sido los motores que han hecho fracasar las reformas en el barrio, como la del Pla de Transformació de La Mina que, con motivo del II Fórum de las Culturas, incluía una serie de actuaciones que tampoco han supuesto la regeneración de un barrio abandonado a su suerte.

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