Y si vas a la derecha
y cambiás hacia la izquierda, adelante
Es mejor que estarse quieto,
es mejor que ser un vigilante
Charly García, Raros peinados nuevos (1984)

En Estados Unidos estos últimos años hemos visto una reescritura de la historia, una vuelta al pasado, una nostalgia por el odio, por el deslinde racial y por una esencia obscenamente violenta como vehículo principal de su ser nacional. A finales de los años noventa, en Reno –para poner un ejemplo– distante de la presente avaricia exacerbada y del oportunismo creciente del odio racial, se le conocía por ser un pueblito que apenas se le podía llamar ciudad.
En esos años ya existía una actitud negativa y solapada hacia otros idiomas, en especial al español. El cambio al nuevo siglo causaba un temor a sucesos absurdos e ingenuos como el Y2K, que hizo que muchos renoitas fueran en busca de botellones de agua y todo tipo de enlatados y comidas que duraran ante lo que se avecinaba, el abominable siglo XXI. Un común denominador ha sido y sigue siendo el miedo al cambio, a la ruptura, al quiebre con un pasado que se pretende olvidar, pero que lleva una carga de raza, cultura y maltrato generacional.
Hacia esos últimos peldaños de aquel siglo ya se conocía a los Ruptatoides: sus contradicciones, sus referentes y esa esencia malsana que giraba en torno a la distinción de razas. El español siempre ha representado un monstruo oculto que amenaza la pulcritud racial del país. De vez en cuando aparecía el comentario que, desde entonces, ha servido para minimizar la importancia del otro.
La desmemoria es un rasgo que los aficionados a la ruptura han preservado como una careta de inmovilidad moral, aun degradándose hacia un pasado idílico, inexistente, imposible. Los Ruptatoides llegan a ser un simulacro de ruptura, un ciclo de fractura que los lleva a los escaños más bajos del odio, a las manos de sus dioses, el primero: el dólar –verde, como la envidia y añoranza simbólica–, el segundo: Jesús redentor, que, con su intermitencia conveniente, los perdona a ellos y condena como mejor les parezca a sus enemigos. Así, su versión de Dios es vil y aparenta más un culto a sí mismo, sin aceptar ninguna condición de error.
Siempre me ha impresionado cómo la Segunda Guerra Mundial nos regaló Rosie the Riveter, pero nunca pudo concebir simbólicamente hablando, a José el Bracero. La cultura popular prefirió llenarnos de horas de un ratoncillo con un sombrero desproporcionado que no paraba de correr: la representación del servilismo perpetuo. Siempre a prisa, en un eterno trabajar, resaltando los prejuicios, el odio y la culpa de todos los males del proyecto Ruptatoidial. La cultura pop nos ha mostrado una y otra vez cómo insultar, ridiculizar e incluso sexualizar para enfatizar una línea fantasma que renace en un destino manifiesto que no busca democracia ni libertad, sino que las utiliza para cazar, amedrentar y condenar a todo aquello que no cumpla con el ciclo de la ruptura, de una cultura norteamericana que cae en abismos ideológicos-raciales. Ahora, somos presos del olvido de una historia que nos advirtió este presente tan atropellado por las élites de Ruptatoides, que, bien pensado, podría haber llevado cualquier otro término, pero el axioma sigue siendo el mismo.
En 2025 vivimos en un mundo anómalo, donde las máscaras han caído y hemos visto el horror. No vale la pena cavilar en las historias en primera persona, sino más bien en lo que sucede en el escenario mayor. Aunque se sabe que muchas editoriales, revistas, promotores culturales, ferias del libro y otros actores del ámbito cultural han perdido fondos, becas y apoyos gubernamentales por el simple hecho de ir en dirección opuesta a una versión más wasp, aun después de retirar esos fondos quedó claro que había una apuesta mucho mayor: toda esa cultura, la música, el cine, el teatro, es la pólvora que avanza en contrapelo. Esa chispa aparece en la punta del iceberg como un faro que nos dirige a costas más navegables. Hoy, ir en contra de la corriente se ha transformado: ser parte de un movimiento trendy como el reggaetón —que ahora reafirma la permanencia del español en los Estados Unidos bajo el imperio Ruptatoide— es, paradójicamente, lo más punk del 2025. El reggaetón en el Súper Tazón amenaza otra religión menor: la NFL.
Otro evento que intentó llenarnos de horror fue el más reciente homenaje a Mary Shelley a manos de Guillermo del Toro con su Frankenstein. La nueva versión que aparece en Netflix es una joya visual: el baile entre un verde lorquiano —vida/muerte— y el tejido en rojo anuncia la tragedia desde los primeros cuadros. La historia gira en torno a la paternidad y a la violencia que se hereda de generación en generación hasta desembocar en la abominable creación. Sin arruinar la película, puede decirse que allí la violencia se normaliza, se acepta, porque está justificada por el contrato tácito que firmamos al encender el televisor: sabemos que veremos un filme de horror, aunque presenta un giro que humaniza a sus personajes. En la vida real no siempre es así. El horror se presenta como una violencia disfrazada de justicia. Al crear su propio monstruo, el Ruptatoide comprende (o cree comprender) que el enemigo es el repartidor de pan, el carnicero, el jornalero agrícola, el conserje, todo aquel que ha ayudado a construir este país y está alejado de su concepción del mundo perfecto. Esa es la visión de la violencia que ahora sostiene: la mano de obra extranjera es criminal porque ya ha sido demonizada y violentada de antemano. Esa es su ideología actual.
Slavoj Žižek, en su documental La guía perversa de la ideología (2012), comenta la película Están vivos (They Live, 1988), donde el protagonista, gracias a unas gafas, puede ver la ideología que sostiene al mundo moderno; un claro paralelismo con la Caverna de Platón. Žižek describe a John Nada como un personaje que accede a una realidad distinta, y que al intentar compartirla con otros incurre en un acto violento. Nadie sale de la cueva sin un forcejeo, una irrupción, una explosión. Convencer de la existencia de “la luz verdadera” es un acto explosivo.
En estos primeros veinticinco años del siglo, somos presos del olvido de una historia que nos advirtió este presente tan atropellado por las élites de Ruptatoides, que, mejor pensado, podrían haber llevado cualquier otro nombre, pero el axioma se sostiene.
Seguimos en esa cueva de Platón, encerrados en una ideología que, aunque comparte una apariencia de pacifismo, no cambia nada. El poder vertical es ahora la norma mientras esperamos que la democracia nos haga justicia y que los Ruptatoides bajen del poder.







