Fronteras del espectáculo: conversación con Carlos Gámez Pérez sobre Malas noticias desde la isla

En Malas noticias desde la isla, Carlos Gámez Pérez construye una novela inquietante y profundamente política que dialoga con la tradición de la distopía clásica para interrogar uno de los grandes conflictos de nuestro presente: la migración convertida en espectáculo, mercancía y mecanismo de control. A través de una estructura polifónica y fragmentaria, el libro pone en crisis la idea europea de progreso, desnuda nuevas formas de exclusión y confronta al lector con su propia posición ética frente a la violencia simbólica y real que atraviesa a los cuerpos desplazados. En esta entrevista, el autor reflexiona sobre los vínculos entre realidad y ficción, los riesgos narrativos de renunciar a una voz única, la construcción de la identidad bajo la mirada ajena y la necesidad de incomodar al lector como parte esencial del gesto literario.

En Malas noticias desde la isla la migración aparece ligada al espectáculo y al control mediático. ¿En qué momento sentiste que la realidad contemporánea empezaba a parecerse peligrosamente a la ficción que construyes en la novela?
La base principal de la novela es la distopía literaria tradicional, en la que se sustentan libros ya clásicos como 1984, Un mundo feliz o Fahrenheit 451. Por eso me centré en un aspecto de la realidad que no me gustaba, como era el rechazo que se estaba generalizando contra los inmigrantes, y lo llevé hasta sus últimas consecuencias, imaginando qué pasaría en ese caso, básicamente, porque me daba miedo que llegara a suceder. Para articular el escrito me inspiré sobre todo en Silvio Berlusconi y su espectacularización de la política. Pero tenía claro que lo mío era una ficción. El fenómeno de la extrema derecha global, y el de Trump en particular, han superado mis expectativas. El día que mi editor me dijo que en el DHS se estaban planteando organizar un reality show para dar permisos de residencia a inmigrantes me di cuenta de que lo que intuía pero temía era una realidad.

La estructura del libro se articula a través de confesiones y múltiples voces. ¿Qué te interesaba explorar literariamente con esta polifonía y qué riesgos narrativos asumiste al renunciar a un narrador único y estable?
Desde el primer momento entendí que la polifonía suponía un riesgo necesario. Mi experiencia migrante es la de un privilegiado. Cuando viví en Miami, mi visado estaba en regla. Y mi padre realizó una emigración interna en su país de nacimiento. Tuve dificultades, con algún funcionario de inmigración en América y con mi identidad en España. Pero no son comparables a las de la persona que está en una situación límite y tiene que huir de una guerra, de una persecución política o de una mara. Sabía que yo no podía falsear esas voces. Un narrador único hubiera supuesto una impostura contra la verdad literaria que contenía el tema. Por eso, cuando regresé a Europa, me entrevisté con tantas personas inmigrantes como pude, que me contaron sus experiencias personales, leí todos los testimonios de inmigrantes que cayeron en mis manos, vi los documentales sobre el tema a los que pude acceder, hablé con varios líderes de comunidades inmigrantes. Escuché de todas las maneras posibles. De ahí surgen las voces de la novela. La narradora transcribe los relatos de los personajes como yo escuché esas voces, como un testigo que después reproduce.

La novela plantea una crítica muy dura a Europa, a su idea de progreso y a su memoria histórica. ¿Crees que Europa ha aprendido algo de sus propios totalitarismos o simplemente ha cambiado las formas de exclusión?
La verdad, no creo que haya aprendido mucho. La narrativa humanista europea, desde los tiempos de la Revolución Francesa y antes, ha tenido siempre dos caras: la de aquellos que creían en los valores que estaban propagando y la de los que se escondían tras esos valores para sacar provecho por su propio interés. En esa dicotomía se basa la tan criticada hipocresía europea. Ahora que todo el mundo se está sacando la máscara, se observa que al europeo medio lo que le preocupa es su propia comodidad y no los grandes discursos, como ya ocurrió en los años 30 del siglo pasado, y eso ha dado lugar a un nuevo racismo y a otras formas de exclusión. A la persona extranjera ya no se la esclaviza pero se la quiere fuera porque incomoda.

Muchos personajes viven atravesados por la culpa, la violencia y la identidad impuesta. ¿Hasta qué punto consideras que la identidad es una construcción personal y hasta qué punto una condena social?
En mi opinión, la identidad se construye de dos formas. Desde la reflexión interna y la conciencia personal, y desde la manera en que sentimos que nos ven los demás en un proceso social. Ambas formas de construcción están conectadas. Si nos percatamos de que nos perciben de una forma que no teníamos en cuenta, tomamos conciencia y reflexionamos sobre ello, readaptándonos en el mejor de los casos, sintiéndolo como una condena en el peor. El diálogo entre ambas perspectivas es clave para nuestra salud mental y no siempre se solventa adecuadamente, de ahí que nos sea tan importante cómo nos perciban.

¿Qué papel juega la incomodidad del lector en esta novela? ¿Escribir Malas noticias desde la isla implicaba, para ti, asumir que el texto debía ser difícil de leer en un sentido ético y emocional?
El de la inmigración es un problema difícil, en el que todas las personas somos parte. No podía ser condescendiente. Es muy fácil pasar de nacional a inmigrante, que tu situación cambie de la noche a la mañana, que vivas en un Estado que creías seguro y estable y todo se acabe desmontando en cuestión de días y tengamos que dejar nuestra casa, a nuestros seres queridos y todo nuestro pasado, y más en estos tiempos volátiles, y no nos damos cuenta. Hacer un texto condescendiente con la sociedad receptora ignoraba esa realidad y conllevaba ocultar mi propia culpa. No quería escribir un texto donde tomara a las personas que emigran por “pobrecitos”, porque esa es la mejor forma de aplacar mi conciencia y dejarlo todo como está. En este mundo de prejuicios en el que nos movemos, prefería construir una historia en donde se juzgara a los personajes por sus actos. Eso suponía hacer un texto difícil en lo emocional, como me han comentado varias personas. Era un precio que pensé que tenía que pagar.

Suburbano Ediciones Contacto

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
WhatsApp
Reddit