Mientras yo dudaba, la maldita máquina se puso a escribir

A las tres de la madrugada me paré de la cama, me acomodé en la silla del escritorio frente al monitor y, con solo oprimir una tecla, la ventana de Word se abrió. Vencido por el insomnio, decidí escribir este ensayo, pero aun después de quince años de andar escribiendo ensayos y cuentos, las manos permanecieron inmóviles sobre la mesa, como si esperaran en vano la orden de mi cabeza. El Word en blanco siguió siendo el Word en blanco. La flechita del cursor  también siguió esperando.

Pasaron los minutos hasta que, a tropiezos, pude escribir un par de párrafos, pero cuando los leí, pensé que hubiera sido mejor no haber escrito nada. No los borré, pero mi mirada quedó clavada en ellos como si me costara creer que después de tanto tiempo me costara escribir dos simples párrafos. Batallé más y cuando miré la hora ya eran las cuatro y seguía atrapado en las mismas líneas, que no solamente empezaban a parecerme malas, sino de mal gusto.

Fue entonces cuando la pestaña de ChatGPT empezó a robarme la atención. Primero la ignoré, porque estaba tan concentrado en esos benditos párrafos, que sentí que la pestaña no era más que un estorbo en el borde de la pantalla. Pero, luego, casi sin darme cuenta, puse la flechita del mouse sobre ella y ChatGPT apareció sobre Word. Allí estábamos los dos, de nuevo, frente a frente. Yo tenía la luz del monitor clavada en los ojos, y la máquina, muda pero disponible, me observaba mientras el refrigerador zumbaba por todo el apartamento.

Hello, le escribí. Hello, how can I help you today?, respondió.

Me conocía de memoria esa pregunta que se había vuelto parte de mi día a día. Al principio mis dedos no se movieron, tal vez porque seguía pensando en cómo mejorar esos párrafos que me esperaban en Word. Pero, al final sucumbí y escribí algo así como, okay, llevo una hora tratando de escribir un ensayo…pero cuando iba a enviar el mensaje mi dedo índice quedó suspendido sobre Enter.

Si lo mando, me jodí, pensé.

Sentí una punzada en la nuca como si me hubiera picado una abeja. Me masajeé el cuello, consideré apagar la computadora e irme a dormir, pero para entonces estaba más despierto que recién levantado, con el corazón latiéndome a bombo de brigada. ¿Qué significaba, exactamente, confesarle mi bloqueo a la máquina? ¿En qué momento pedirle ayuda se convertiría en delegar mi escritura y en renunciar a aquello que durante años había sido lo único que me había sacado del hueco oscuro de la soledad?

Borré el mensaje oprimiendo el backspace con fuerza y saqué la libreta y el bolígrafo y empecé a darle vueltas a mis dos párrafos a mano, como en los viejos tiempos. Los miré al derecho y al revés, taché, reescribí y volví a tachar. La hoja amarilla se llenó de flechas y paréntesis, pero yo seguía igual de bloqueado que al principio. Las letras se volvieron unos mamarrachos y al final ni siquiera pude leerlas. Cuando cerré la libreta y volví la mirada al monitor, allí seguía ChatGPT abierto, casi que impaciente y solo le faltó que me preguntara que al fin qué había decidido. Tal vez lo que más me jodía no era no poder escribir, sino tener al frente de mí esa máquina que podía destrabarme en segundos, como si toda mi lucha interior fuera un capricho. Después de varios minutos, vencido por una mezcla de curiosidad, cansancio y vergüenza, copié mis párrafos, los pegué en la ventana de ChatGPT, le di gas al Enter y escribí, necesito ideas para desarrollar estos dos párrafos.

Claro, por supuesto, respondió.

Y se puso a escribir la maldita, como Cervantes.

Las palabras empezaron a organizarse en la pantalla, una tras otra, con una seguridad por la que yo hubiera pagado. En menos de veinte segundos, ¡bum!, tenía frente a mí un ensayo completo del carajo. Sentí un vacío o una especie de vértigo en el estómago. Mierda, pensé, y yo acá sin poder escribir una página decente. En su mundo no existían el dolor de nuca, ni los tachones, ni el insomnio, pero solo las palabras bien ordenadas. Su texto me hizo sentir inútil, reemplazado e innecesario.

El vacío en el estómago se me convirtió en un nudo de cabo porque ahora la decisión de qué hacer con ese texto recaía sobre mí. Me quedé leyéndolo y releyéndolo, y preguntándome y volviéndome a preguntar si todavía algo de eso me pertenecía o no. ¿Usaría los párrafos que la máquina había producido? ¿Los reescribiría hasta hacerlos irreconocibles? ¿Los borraría y haría como si esto nunca hubiera ocurrido? Al final me di cuenta de que, si lo copiaba y lo retocaba un poco, nadie lo notaría y fue precisamente la posibilidad de que nadie se diera cuenta la que más me llenó de terror.

Me levanté y me serví un vaso con agua en la cocina. Me lo bebí apoyado en el lavaplatos mientras miraba la luz azul del monitor al otro lado de la sala oscura, como si allí no solo hubiera un computador encendido, sino un organismo vivo respirando en forma de chat.

Recordé el centro de escritura de la universidad, donde pasaba tardes enteras pidiendo ayuda para mejorar mis frases confusas en español y también recordé los talleres de posgrado donde siempre hubo discusiones, consejos, colaboraciones, y también pensé en los colegas que me ayudaron a desbloquear mis textos con sus comentarios escritos en lápiz rojo. Siempre escribí acompañado, pero nunca tuve la sensación de que alguien había escrito por mí y ahí estaba la diferencia.

Pensé a quién le pertenecía el texto que estaba en el chat esperándome. ¿Le pertenecía al algoritmo que había calculado las frases, a la empresa que lo entrenó, o a mí, que había dado el primer impulso y ahora dudaba frente al resultado? Lo que me pesaba no era solo la duda, sino la certeza de que esos párrafos, ajenos pero brillantes, me jalaban en todas las direcciones.

Los pájaros empezaron a cantar detrás de la ventana. El cielo aún no aclaraba, pero afuera, la vida pajarrunia ya empezaba de nuevo y en mi departamento, en cambio, yo seguía atrapado entre mis dos párrafos, torpes y entrecortados, y los de la máquina.

Cuando regresé al escritorio, vi en la pantalla la pregunta:

¿Quieres que continúe con el siguiente párrafo…?

Antes de terminar de leer su oferta, cerré la ventana del chat. El monitor parpadeó un segundo y quedé con la ventana de Word al frente de mí y mis dos párrafos originales. No eran de García Márquez, pero me pertenecían y su imperfección era la prueba de que todavía yo era el que escribía.

 

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