
Fermina Ponce escribe Todo este silencio como quien vuelve a la superficie después de una larga inmersión. En estas páginas, la autora transforma una experiencia marcada por la hospitalización psiquiátrica, el diagnóstico y el tratamiento en un testimonio íntimo donde la escritura no solo narra, sino que sostiene: es refugio, es memoria, es una forma de no perderse. Con una voz honesta y sin concesiones, Ponce se adentra en la familia, el cuerpo, la culpa, el miedo y la esperanza, mientras cuestiona los estigmas que aún rodean a la salud mental y reivindica la complejidad de quien vive con un trastorno sin quedar reducido a él. Esta entrevista busca acompañar esa misma pulsión: escuchar lo que el libro dice —y lo que también calla—, explorar cómo la autora construye su relato y comprender por qué contar, a veces, es la manera más radical de seguir viva.
En el libro mencionas que, tras una hospitalización, lo primero que sentiste fue la necesidad urgente de escribir. ¿Qué papel cumple la escritura en tu proceso de sanación y en tu vida cotidiana?
Decía Virginia Woolf que la escritura es una lucha constante entre la realidad y la ficción, y mi estadía en el psiquiátrico fue justamente eso: descubrir que, a veces, la realidad supera a la ficción. La escritura se convirtió entonces en un grito de realidad, en una forma de mantenerme centrada, de no diluirme entre los efectos secundarios de los medicamentos, de no perder la cordura.
Esos días —como los describo en el libro, monocromáticos— peleaban con el rayo de luz que se colaba por la cortina. Era una lucha casi a muerte con la esperanza, pero también el lugar desde donde nacían las razones para querer salir y empezar a contar. Necesitaba escribir en mi diario, hacer anotaciones sobre sensaciones, pensamientos y palabras que en ese momento no lograban salir de otra manera.
La escritura fue mi escape, mi catarsis, mi forma de reconectarme con lo cotidiano. Me dio la certeza de que seguía viva a pesar de todo. Hoy continúa siendo mi refugio —aunque suene cursi—, porque en los momentos en que me siento ansiosa o un poco deprimida, o simplemente cuando necesito procesar mis emociones, puedo volver a ella con la tranquilidad de saber que no seré juzgada, sino, por el contrario, validada.
A lo largo de estas páginas afirmas: “No soy bipolar. Tengo un trastorno bipolar”. ¿Qué impacto crees que tiene esa distinción en la forma en que la sociedad comprende las enfermedades mentales?
Hay un abismo de diferencia entre decir “soy bipolar” y decir “tengo un diagnóstico” o “tengo trastorno bipolar”. Las enfermedades no definen a las personas; nadie dice “soy diabetes” o “soy hipertensión”. Hablamos de tener una condición, de haber sido diagnosticados con algo.
Con la salud mental debería ocurrir lo mismo. Yo no soy la enfermedad: soy una combinación de atributos, pensamientos, emociones, aprendizajes, experiencias y muchas otras capas que me conforman. No puedo permitir que un diagnóstico me reduzca a una sola palabra.
Decir “tengo un trastorno bipolar” es una forma de recuperar la humanidad y la complejidad de la persona. Implica reconocer que existe una condición con la que debo aprender a vivir, pero también afirmar que eso no es todo lo que soy.
El relato está lleno de escenas íntimas: la vida familiar, el cuerpo, el miedo, la culpa. ¿Cómo encuentras el equilibrio entre contar tu experiencia personal y proteger tu intimidad?
Encontrar ese equilibrio ha sido un aprendizaje constante. Escribir sobre mi vida personal me permite ser honesta y dar testimonio de lo que significa vivir con un trastorno bipolar, pero siempre con respeto hacia mí misma y hacia los demás que aparecen en mi relato.
No se trata de exponer cada detalle, sino de elegir lo que aporta verdad y resonancia, lo que ayuda al lector a comprender sin vulnerarme innecesariamente. A veces omito nombres, transformo escenas o dejo silencios que dicen más que las palabras.
La intimidad no desaparece al escribir; se transforma. Elegir qué compartir y cómo compartirlo me permite contar con autenticidad y, al mismo tiempo, protegerme y cuidar de los demás. Es un acto de equilibrio delicado, pero necesario para que la experiencia sea útil, sincera y respetuosa.
Hablas con honestidad sobre los efectos físicos de la medicación y cómo esto influye en tu autoestima. ¿Consideras que estos aspectos del tratamiento psiquiátrico se abordan lo suficiente en los espacios públicos o literarios?
Creo que no, no se abordan lo suficiente. En muchos espacios —especialmente en la literatura— las enfermedades mentales tienden a romantizarse, y no hay nada romántico en vivirlas. La realidad es dura, como también lo son muchos de los efectos secundarios de la medicación: la pérdida de la libido, el aumento de peso, los movimientos involuntarios de las extremidades —como la discinesia—, la resequedad en la boca, entre otros.
Existe todavía un gran tabú alrededor de estos temas. No hablar con claridad sobre los tratamientos psiquiátricos funciona casi como una forma de negación del diagnóstico, como si nombrar los efectos físicos fuera admitir una verdad incómoda.
Si realmente queremos contribuir a la eliminación del estigma, es indispensable abrir conversaciones honestas sobre el diagnóstico y el tratamiento, sin edulcorarlos ni maquillarlos. Solo desde esa verdad completa es posible construir comprensión, empatía y dignidad.
Si una persona que nunca ha vivido un trastorno mental leyera Todo este silencio, ¿qué te gustaría que se llevara consigo al cerrar el libro?
Me gustaría que, al cerrar el libro, esa persona se llevara una mirada más humana y compasiva sobre la salud mental. Que entendiera que los trastornos mentales no son una rareza ni un rasgo de carácter, sino experiencias profundamente humanas que pueden tocar a cualquiera.
Ojalá también se lleve la certeza de que detrás de cada diagnóstico hay una persona que siente, ama, duda, sueña y lucha por sostener su vida cotidiana. Que comprenda que no se trata de “arreglar” a nadie, sino de acompañar, escuchar y no juzgar.
Si Todo este silencio logra que alguien mire con menos miedo, con menos prejuicio y con un poco más de empatía a quien atraviesa un trastorno mental, entonces el libro ya cumplió su propósito.







