Afganistán es el resultado de una concatenación de malas decisiones que se tomaron en el pasado y resume en su territorio asolado por veinte años de guerras el fracaso de todo intervensionismo. Por mucho que nos repugne un régimen basado en una interpretación estricta del Corán y que relega a la mujer a la cárcel del hogar y al burka, no podemos desde nuestra posición imponer un modelo cultural ajeno y menos instaurar una pretendida democracia en un país tan complejo y tribal como es Afganistán, contra el que se estrelló la Unión Soviética, primero, y Estados Unidos, luego, mucho siglos después de que lo hiciera Alejandro Magno o el Imperio británico (ahí está la excelente El hombre que pudo reinar de John Huston basado en un relato de Rudyard Kipling). Los talibanes, vencedores absolutos del conflicto, se han encontrado con el inestimable regalo de un copioso botín de armamento norteamericano (tanques, aviones, helicópteros) que les ha legado el inexistente ejército afgano que se ha evaporado en cuanto los integristas pisaron Kabul.

         Afganistán es un país estratégico por muchas razones, aunque nadie daría un dólar por ese secarral polvoriento a vista de pájaro. En su pedregoso territorio atesora un sinfín de materiales preciosos y codiciados como cobre, bauxita, hierro, litio y tierras raras, y por su superficie pasan gaseoductos, además de ser el mayor productor de heroína del mundo, una droga a la que los talibanes no le harán ascos. De ninguna de estas riquezas va a lucrarse Occidente, que marcha con el rabo entre las piernas, pero sí posiblemente Rusia y sobre todo China, un país que está ejerciendo su influencia global de una forma muy inteligente, sin disparar un solo tiro ni lanzar una sola bomba.

        El régimen talibán, que se está vistiendo con piel de cordero porque necesita el reconocimiento internacional, tiene un reto ante sí, el mucho más intransigente y violento Estado Islámico, derrotado en Irak y Siria, que busca hacerse fuerte en ese país y medrar entre el caos reinante. Para su supervivencia, los talibanes deberán combatir a sangre y fuego a esa milicia que les tilda de moderados y puede conseguir muchos adeptos entre una población desesperada. Así es que los talibanes pueden ser, por mucho que nos pese y los detestemos, un dique de contención contra ese terrorismo ciego que representa el Estado Islámico y cuyas fuentes de financiación económica e ideológica se encuentran, como vengo diciendo una y otra vez, en un país aliado con el que Occidente debería haber roto relaciones desde hace muchos años: Arabia Saudita. Pero Arabia Saudita, que conculca todos los derechos y descuartiza periodistas, tiene petróleo que deberá, en los próximos años, beberse cuando globalmente se opte por prescindir de los combustibles fósiles. ¿Qué harán entonces?

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