100 años de Negroni

Sentado en el asiento trasero del automóvil Ford modelo T, el conde Camilo no conseguía retirar los ojos de la piel del pecho acaramelado de la princesa Sofía. Ella miraba muy interesada por la ventana. Lo lógico hubiera sido que del Palazzo Ridolfi, tomaran la vía de Maggio y atravesaran el rio Arno por el ponte Santa Trinitá, pero Camilo, que siempre tenía un plan cuando se trataba de faldas, ya tenía instruido al conductor de cruzar por ponte Vechhio.

– Me disculpa princesa, me tomé la libertad de elegir un camino más largo al Café Casoni. Me encanta cruzar por Ponte Vecchio y quería compartir eso con usted. Cruzar un puente es algo memorable.

-Le agradezco Conde. Ha sido una grata sorpresa verlo de vuelta en el Palazzo. ¿Cómo supo usted que era mi cumpleaños? No recuerdo haberlo comentado con nadie acá. Estaba resignada a pasar la velada sola. Si no reaparecía esta tarde para invitarme a conocer la ciudad, ya estaría durmiendo.

-Pues digamos que mis cualidades se basan en eso, las relaciones interpersonales y las celebraciones, por eso vine a buscarla. Me parece una falta grande que nadie la haya invitado ¿Tal vez sea por temor a su prometido, el conde Friedrich?

-No tendrían por qué. El conde Friedrich es una persona tranquila. Créame conde Camilo que repudio la violencia. Estos años han sido terribles para mí. El asesinato de mis padres y todo lo que eso desencadenó para mí y para el mundo… la Gran Guerra. Ahora solo quiero mirar para adelante y olvidarlo todo.

-¿Y cómo es que una princesa, se casa con un conde? De haber sabido que eso era una opción, me hubiera presentado antes en su vida…

Sofia respondió subiendo y bajando sus largas pestañas dos veces y dibujando media sonrisa. El conde Camilo, sintió un cosquilleo en sus pantalones.

-Me decepciona, conde, pensé que sabía todo de relaciones interpersonales y celebraciones. Mi padre era el archiduque Franz Ferdinand, príncipe de Austria, Hungría y Bohemia. Él era el legítimo heredero al trono Austro-Húngaro, pero al elegir casarse con mi madre, una simple duquesa, mis hermanos y yo quedamos fuera de posibilidad de heredar ningún trono. Cuando asesinaron a mis padres quedé huérfana; pero en compensación libre para disfrutar los títulos y la riqueza.

-Presumo entonces que su matrimonio es por amor.

Nuevamente la duquesa respondió con dos movimientos verticales de pestaña. Esta vez, al sonreír de lado, Camilo tuvo la ilusión de ver un pequeño pedazo de lengua humedecer sus labios.

Al llegar al Café Casoni, el conductor abrió la puerta del automóvil y el conde Camilo descendió detrás de ella aprovechando para inspeccionar el trasero redondo de la princesa. Al entrar, una mirada a Fosco bastó para poner su rutina en acción.

-Buenas noches, conde Camilo, veo que goza de buena compañía esta noche, déjeme acompañarlo a su mesa de siempre- los recibió Fosco con su elegante traje blanco y negro. Lo siguieron y se sentaron.

-Mi nombre es Fosco Scarselli, soy el Barman del Café Casoni, podría ofrecerle un coctel a la…- ahí Fosco, siguiendo el protocolo italiano, dejó que aclararan el título a utilizarse.

-Princesa-, interrumpió Camilo. Nada más insultante que llamar a alguien de señor o señora, implicando que no tenía titulo alguno en la vida – Es la princesa Sofia Hohenberg y hoy es su cumpleaños.

-Que honor tener sangre real nuevamente en esta casa. ¿Va desear un coctel, me permite hacerle unas sugerencias?

Sofia asintió con la cabeza.

-En la línea clásica le recomiendo un campari o vermut. Como especialidades de la casa tenemos el Americano y por supuesto el Negroni.

La princesa abrió los ojos redondos y volteo a ver al conde Camilo.

-Déjeme comentarle que el Negroni, es una creación de la casa en conjunto con nuestro más celebre cliente, El conde Camilo Negroni. Este es una versión mejorada del Americano, que el Conde encontró un poco soso, como los americanos.

Ahí hizo una pausa para buscar el amén del conde. Continuó:

-El Negroni tiene más cuerpo e intensidad, como la vida en Florencia, por eso ha sido tan bien reconocido. No tiene más de un año de creación y ya se sirve en los bares de los hoteles de lujo en Florencia, Roma y Milano. Hace poco escuche que lo incorporaron a la carta del Hotel Ritz en Londres. Tiene que probarlo.

La princesa asintió y Fosco fue detrás de la barra. Sofía se giró, siguiendo al barman y Camilo aprovechó para observar cómodamente su delicada figura, su cabello color cognac y su elegante vestido color tabaco que reposaba sobre el sugestivo sillón de cuero rojo. Del otro lado de la barra, Fosco mezcló Ginebra, Campari y Vermuth rojo en una coctelera, sacudió dos veces y la dejó aun lado. En dos vasos cilíndricos de corte clásico, colocó dos grandes pedazos arredondeados de hielo, esculpidos con deliberada torpeza. Adorno con piel de naranja, no sin antes exprimirla, para dejar salir el aroma dulce amargo. Sirvió. Salió de la barra, se acercó y los dejó delante de los dos, mencionando sus títulos: – princesa, conde…¡Prego!-

La princesa dio un sorbo y miró a los ojos al conde Negroni:

-Nuevamente me sorprende conde. Parece que si tiene ese don para las relaciones interpersonales.

Confiado por el comentario, el conde Camilo arremetió -Sigo a la espera de esa respuesta, ¿se casa por amor?

-Pues eso está por verse. Hoy cumplo 19 años. Aunque he vivido cosas inusuales, ¿qué podría saber yo del amor, de la pasión?… ¿no cree conde?

-Solo hay una manera de aprender de la vida y el amor y es experimentando. Ya no estamos en el siglo XIX, estamos en 1920 y la gran guerra terminó, yo creo que es momento de celebrar la vida. Al mismo tiempo entiendo que su situación requiere discreción… Si usted me lo permite, le podría enseñar algunas cosas que aprendí durante mi estancia en América y en mis frecuentes viajes a Londres, le aseguro que la coctelería es solo una de las aristas del conocimiento que vivir intensamente me ha dado.

-No deja de sorprenderme conde. Sabe bien que mi visita obedece a intereses diplomáticos, no de placer. Voy camino a Roma a reunirme con el rey Vittorio Emanuele III. La guerra me despojó de algunas propiedades en Bohemia y estoy tratando de recuperarlas… intercambiando favores, usted comprende, relaciones interpersonales.

Luego dio otro sorbo al Negroni y ahora si con claridad, dejó que su lengua humedezca sus labios. Continuó:

-Es una pena que Florencia ya no sea la capital Italiana. Tal vez si eso no hubiese cambiado, podría tener el tiempo de permitirme dejarlo enseñarme algunas cosas más.

-Mi padre, siempre me motivo a hacer algo trascendental princesa. A estudiar el pasado y vivir para el futuro. Él quería que el nombre Negroni quedase registrado en la historia y pasó su vida tratando del lograrlo. Yo solo quiero vivir intensamente, como el Negroni. Cuando la gran guerra comenzó, yo no dude en huir de ella e ir a Estados Unidos… mi interés no es la posteridad, es el momento. Esa decepción y una bala en el campo de batalla, mataron el alma y cuerpo de mi padre. Pero no a mí.

Entonces el conde cogió su vaso y lo ofreció antes de hacer un brindis. La princesa levantó el suyo correspondiendo el llamado y el conde brindó:

-A la posteridad que otros buscan y al momento que algunos anhelamos.

Bebieron como sellando un trato. Entonces el conde continuó:

-Permítame darle como presente, “el presente”. Entiendo que mañana toma el tren a Roma temprano. Eso nos deja con mas de nueve horas, tiempo suficiente para presentarle los placeres de la vida que el verano florentino esconde.

La princesa terminó el Negroni. Miró a alrededor, inhalo profundamente y asintió. Estiró su mano hacia el conde Camilo quien la tomó deprisa, la ayudó a levantarse y caminó con ella, cogiéndola firmemente, por si el efecto del alcohol hubieses sido mayor del deseado. Se subieron al coche y se enrumbaron al Palazzo Negroni.